RED43 opinion
11 de Octubre de 2026
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Marisa Gomez

"La viudita"

Por Marisa Gómez. 

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Hoy hay baile con orquesta en el Club Social Tiro Federal. Mis amigas y yo convencimos a mi madre para que nos acompañe, sino no nos dejan pasar. El guardia de la entrada nos cuenta: una, dos, tres… ocho y pregunta:

 

—La madre, ¿dónde está?

 

Y ahí levanta la mano mamá mientras se acomoda el chal de vicuña sobre los hombros, lista para la caída del rocío que la hace tiritar aunque el calor y la humedad le pegoteen el cuerpo.

 

Juntamos dos mesas cerca de los hombres parados en fila con una copa en la mano y cigarrillo en la otra. Nos sentamos y enseguida empieza la orquesta. Todas miramos con disimulo la fila de los muchachos, atentas al cabeceo. Ningún hombre se atreve a llegar a la mesa. 

 

Re ojeo y ahí, de golpe, de la nada, un cabezazo y después otro movimiento solo para asegurar la presa. Me levanto, acomodo la solera y camino. Él hace lo mismo. Nos encontramos en la pista. Me sorprende el bigote espeso con puntas envolventes en los extremos y al darme un beso siento el pinchazo en la mejilla. 

 

—¡Hola! Linda noche. ¿Vinieron acompañadas?

 

—¡Hola! ... Sí, con mi mamá.

 

—Ahhh… ¿Tu mamá?

 

Pega su cara a la mía para bailar el pasodoble. Después, toma mi mano, la enreda en la suya y la apoya en mi cintura para recorrer la pista con el chamamé. En una de las pasadas, su rostro recibe la luz de una de las farolas. ¡Es muy mayor, podría ser mi padre! 

 

La orquesta termina. El bigotudo me sigue hasta la mesa y saluda a mamá como si la conociera. Cuchichean, se ríen, él se va y mamá se queda pensando.  

 

No pasa ni media hora y el bigotudo vuelve, sin el bigote. Agarra una silla, la ubica al lado de mamá y conversan. Él se ríe, mamá festeja cada chiste. Mis amigas no salen a bailar, cuchichean, pero aunque me esfuerce no puedo oír lo que dicen. 

 

Las luces se encienden, la orquesta se despide, nosotras vamos al baño y al regresar no están. Por ningún lado encontramos ni a mi madre ni al del bigote, que ya no tiene más bigote. 

 

Sale el sol. Son las seis de la mañana. Vemos a mamá en la puerta del Club que nos hace señas para irnos.  

 

—¡Vamos, vamos se hizo tarde! Qué lindo fue encontrarme con mi amigo de la secundaria —dice mamá. 

 

Mis amigas caminan un poco más adelante, hablan en código, se ríen y en un instante oigo el vozarrón de Negrucha, la que se queda los fines de semana a dormir en mi casa: 

 

—¡Esta es la que todos los domingos nos levanta temprano para sentarnos en la primera fila de la iglesia y escuchar al cura dar la a misa!

 

Y después oigo la voz chillona de Marilyn mi amiga desde el jardín.

 

—Mirá la viudita… Hace un año lloraba, ahora es pura risa…
 

 

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