Nació entre las voces de las curanderas. Nació inocente al útero que la engendró. Nació sin la ternura de la madre que la escupió.
Su madre, María, fue la única de once hermanos que equivocó el rumbo. A los quince años, la muñeca de la familia, la más bonita, la de cara de porcelana, se enamoró de Juan Bautista Pérez Baudino, único hijo del matrimonio dueño del campo lindero.
A la tardecita, cuando las tareas llegaban a su fin, María se emperifollaba, pellizcaba los cachetes, arreglaba los rizos y corría hasta el fin del alambrado a esperar a ese muchacho de cabello peinado hacia atrás a la gomina y sombrero tejano. Paseaban entre los maizales, corrían y reían, hasta que una de esas tardes en que la luna delineaba su figura, sucedió lo inevitable.
Con diez años más que ella, Juan armó su valija y obedeció la recta trazada por la familia. María volvió día tras día al lugar del encuentro para volver llorando.
Una mañana, en la cocina, mientras María se arreglaba la faja, apareció la madre y al ver ese vientre, imposible de disimular, tomó la fusta, azotó su panza y la arrastró al galpón. La tiró como tiraba la bolsa de huesos de chancho y cerró el portón de chapa con cadena y candado. La llave la sujetó al alfiler de gancho que llevaba en el bolsillo de su delantal.
A la tardecita, cuando todos regresaron de las tareas del campo, la madre por primera vez, no tenía preparada la merienda, no estaba el mantel, ni el pan casero ni el queso de campo ni las tortillas ni el agua hirviendo. Su marido se asustó al ver esos ojos desencajados y más, cuando le gritó:
—Tu preferida está preñada —corrió hacia la galería y con la fusta destrozó una a una las plantas de malvones rojos que él regaba y cuidaba como la sopera de porcelana italiana de Capo Di Monte.
María estuvo encerrada más de un mes. Las hermanas y su padre pasaban trozos de pan, agua y comida que escondían, por el hueco que habían hecho entre la chapa y la tierra.
María lloraba y gritaba:
—Sáquenme este diablo.
El padre y las hermanas fueron a buscar a la curandera, doña Gertrudis y su hermana, la matrona, las dos, muy conocidas en la zona. La madre se negó a entregarle la llave del galpón, así que el padre rompió el candado con un hacha.
—Una chancleta, linda nena, gordita —dijo la hermana de Gertrudis.
María no quiso verla, tampoco agarrarla ni prenderla a la teta. La hermana mayor, la envolvió con las mantas, se alejó por la galería en dirección al chiquero de chanchos.
—Hija ¿Adónde va? —le gritó el padre.
—Nada, Tata.
—Démela. Es preciosa, idéntica a María y a tu madre. Tres gotas de agua. Cuando la mama la vea, se va a ablandar —reafirma el padre.
Al otro día, toda la familia se reunió en la galería abierta junto a dona Gertrudis y su hermana. Disfrutaban de los mates y las tortas fritas recién hechas. La madre tejía a dos agujas una mantita color rosa fuerte. El Tata plantaba nuevos malvones en los maceteros. María lloraba sentada en la mecedora con la mirada perdida en la ventana mientras su hermana mayor acunaba a la chancleta y le daba la mamadera.