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24 de Mayo de 2026
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Marisa Gomez

"Nuevos vecinos"

Columna literaria por Marisa Gómez. 

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Hoy a la mañana, mucho antes que saliera el sol, se largó un aguacero de esos que no queda nada en pie. La calle de tierra pasó a ser de barro. Y yo solo pienso en los nuevos vecinos, los gitanos, que están a unos metros de casa, en el baldío de la esquina.
Ahí, hace un mes, instalaron una gran carpa azul y la llenaron de alfombras de colores. Son muchos y le escuché decir a papá que viven envueltos en oro y compran buenos autos. Ví nenas como yo, pero no tienen colgada ni una cadenita. Mamá me contó que no van a la escuela, son como animalitos, por eso me recomendaron que no hable con las nenas animaladas. Además, repite a cada rato, que roban chicos y los venden en el norte. Papá le dice que no se haga problema, que a mí me devuelven antes de entrar a la carpa.
Para mamá todo es altamente peligroso, así que después que se instalaron, no salió más a la vereda y le exigió a papá que colocara un tejido romboidal, el más fuerte y seguro.
Deja de llover, aunque el cielo sigue negro, y el calor y la humedad se me pegan en la piel y quedo más resbalosa que un sapo.  
Mamá ya me advirtió que ni se me ocurra andar por ahí, que en cualquier momento caerán rayos, que son los que te matan al instante.
Me visto. Me pongo la remera blanca con lunares y el bombacho negro, el que tiene elástico en las piernas y las zapatillas. 
Me escapo, quiero ir a la casa de la vecina, de doña Ramona que está frente a la mía. Los sábados por la mañana me espera con dos tortas fritas calentitas y la chocolatada. 
El portón está cerrado con dos vueltas de cadena. El tejido nuevo parece sencillo de treparlo. Coloco un pie, después el otro, una mano, luego la otra, y sigo hasta llegar a la cima. El aire fresco me vuela el flequillo y ahí me quedo. No puedo avanzar, sería una imprudencia, tampoco puedo volver. El bombacho quedó atascado en un rombo y cada rombo que piso lo rompe más. Miro hacia abajo y veo los caracoles que salen en grupos como si fuesen dueños de la vereda. Se parecen a los gitanos. Sí, las casitas son como las carpas que las llevan de aquí para allá. 
Tengo miedo. Grito a boca abierta, no me importa que el ratón Pérez me haya dejado sin dientes. 
–¡Doña Ramona, vení a buscarme! 
La vecina casi no puede caminar, la joroba cada día es más grande y le esconde la cabeza, además está sorda. 
Una señora con una pollera roja sangre y un pañuelo en la cabeza, viene hacia mí. Es gitana.
Tiemblo como una hoja y repiquetean mis dientes. 
Me desenreda el bombacho. Me baja. Me abraza. Aprieta mi cara sobre sus tetas, me quiere ahogar, pero después me tranquilizo porque para venderme, necesita que esté viva. Después, me separa de su cuerpo. 
–Linda, no te pasó nada –me dice y se aleja.
Me enojo y le grito.
–¿No me vas a llevar para venderme?
Se para en el medio de la calle y se ríe a carcajadas.
–No, solo llevamos a las obedientes.
Me meto corriendo en mi casa. 
 

 

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