17 de Agosto de 2020
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San Martín: anécdotas y frases del gran prócer

Compartimos algunas historias personales que contaron sus allegados y sus frases célebres.

Cuando cambió el nombre de un fraile

 

Un fraile agustino había predicado contra San Martín durante el período de Marcó. “¡San Martín! ¡ Su nombre es una blasfemia!”, había exclamado. “No le llaméis San Martín, sino Martín, como a Martín Lutero, el peor y mas detestable de los herejes”.

 

Llamado a su presencia y con ademán terrible, fulminándolo con su mirada, se dirigió a él:

 

“¡Como! ¡Usted me ha comparado a Lutero, quitándome el San! ¡Como se llama usted?”

 

“Zapata, señor general”, respondió el fraile, humildemente.

 

“Pues desde hoy le quito el Za, en castigo, y lo fusilo si alguien le da su antiguo apellido”.

 

Al salir a la calle un correligionario le llamó por su nombre. El fraile aterrado, le tapó la boca y prorrumpió en voz baja: “¡No! ¡no soy el padre Zapata, sino el padre Pata! ¡ Me va en ello la vida!”.

 

 

Cuando engañó a sus visitantes con los vinos

 

Manuel de Olazábal, jefe de escolta del Ejército de los Andes, cuenta que el General lo había invitado a comer junto con Mosquera, un amigo colombiano y Antonio Arcos, jefe del Ejército de los Andes.

 

“Usted verá como somos los americanos, que en todo preferimos lo extranjero“, le comentó.

 

Con los postres, San Martín encargó unas botellas de vino mendocino y uno de Málaga. Cuando pidió la opinión a sus invitados, manifestaron su preferencia por el vino español.

 

Riéndose, contó deliberadamente que había mandado a cambiar las etiquetas.

 

 

Cuando premió a un centinela por obediencia

 

Es famosa su anécdota con un centinela de guardia, que tenía órdenes de no dejar pasar al polvirín del regimiento con botas herradas y espuelas, por motivos de seguridad.

 

Para probarlo, el mismo San Martín fue dos veces con ese calzado y, en ambas ocasiones, fue detenido por el cabo.

 

Tras ello, se presentó con alpargatas y le dio una onza de oro al soldado, quien había puesto una instrucción suya como ley, por encima de cualquier persona.

 

 

El engaño en el fuerte de Tucumán

 

Encontrándose San Martín y Belgrano en la Ciudadela, espacio fortificado que San Martín había decidido construir en las inmediaciones de la ciudad de Tucumán, el Libertador le dijo al creador de la bandera que, en esas fortificaciones, los ejércitos realizarían todos los ejercicios.

 

También le explicó que había que hacer el mayor ruido posible, para que los espías españoles vieran la gran preparación y movimiento de personas.

 

Así es que todos los días llegaban contingentes de soldados que entraban a la fortaleza, lo que llamaba la atención a todos los pobladores, que no sabían que, en realidad, esos mismos soldados eran los que salían del fortín de noche y volvían a la mañana siguiente.

 

 

El correo de las ollas

 

Esperando el momento propicio para entrar en Lima, capital del Perú, San Martín estableció su campamento en Huaral. En Lima, contaba con numerosos partidarios de la Independencia; pero no podía comunicarse con ellos porque las tropas del general José de la Serna, jefe realista, detenían a los mensajeros.

 

Una mañana, el general San Martín encontró a un indio alfarero. Se quedó mirándolo un largo rato. Luego, lo llamó aparte y le dijo:

 

"¿Quieres ser libre y que tus hermanos también lo sean?"

 

"Sí… ¡cómo no he de quererlo!" respondió el indio.

 

"¿Te animas a fabricar doce ollas, en las cuales pueden esconderse doce mensajes?"

 

"Sí, mi general, ¡cómo no he de animarme!"

 

Poco tiempo después, partía para Lima con sus doce ollas mensajeras disimuladas entre el resto de la mercancía. Llevaba el encargo de San Martín de vendérselas al sacerdote Luna Pizarro, decidido patriota. La contraseña que habían acordado San Martín y el sacerdote hacía tiempo era: “un cortado de cuatro reales”.

 

Grande fue la sorpresa del sacerdote, que ignoraba cómo llegarían los mensajes, al ver cómo el indio quería venderle las doce ollas en las que él no tenía ningún interés. Díaz tiró una de ellas al suelo, disimuladamente, y el sacerdote pudo ver un diminuto papel escondido en el barro.

 

"¿Cuánto quieres por todas?", preguntó.

 

"Un cortado de cuatro reales", respondió Díaz, usando la contraseña convenida.

 

 

"Deseo hablar con el señor San Martín"

 

En cierta ocasión y de noche, se presentó en la ciudad de Córdoba el general San Martín, sin escolta, a excepción de uno de sus ayudantes que le servía de acompañante. Nadie esperaba su visita y causó sorpresa a los oficiales de la guarnición.

 

Reunió a los jefes y anunció que, al día siguiente, pensaba revisar las tropas que se encontraban en la plaza. Luego de algunas horas, mientras se encontraba pensativo al lado de la chimenea, calentándose y secando sus ropas al mismo tiempo, le pasaron una tarjeta en la cual se le pedía una audiencia urgente “para un asunto de vida o muerte”. Sin embargo, lo que más impresionó a San Martín fue un párrafo que decía:

 

“Deseo hablar con el caballero don José de San Martín, NO con el general”.

 

Teniendo curiosidad por conocer al autor, el general accedió a la entrevista. El visitante entró y dijo:

 

"Señor don José de San Martín, soy coronel pagador de los sueldos de las tropas que revistará mañana el general San Martín. Teniendo el vicio del juego, anoche perdí a las cartas los fondos destinados a la corporación. La visita del general me sorprende, cuando aún no vuelve el correo que envié a toda a toda prisa a vender todo cuanto poseo: conforme el reglamento, tendría que ser degradado en público y fusilado a continuación. No me aterraría el castigo, que merezco, si no supiera que la misma descarga que acabe conmigo terminará también con una anciana que tiene fe en mí, por que soy lo único que le queda en la vida. ¿Quiere usted, prestarme el dinero para salvarme, seguro de que no solo repondré lo perdido y nunca volveré a cometer un acto como este, si no seguro también de que dos seres rezarán eternamente por usted?"

 

San Martín le entregó el dinero faltante y dijo:

 

"Tome la cantidad, pero que no lo sepa nunca el general San Martín. Es un hombre capaz de fusilarnos a usted y a mí, si lo supiera".

 

 

Frases del general

 

1. "Mi sable nunca saldrá de la vaina por opiniones políticas".

 

2. "Una derrota peleada vale más que una victoria casual".

 

3. "La conciencia es el mejor juez que tiene un hombre de bien".

 

4. "Cuando la Patria está en peligro todo está permitido, excepto no defenderla". 

 

5.  "Si somos libres, todo nos sobra".   

 

6. "Mi nombre es lo bastante célebre para que yo lo manche con una infracción a mis promesas". 

 

7. "Hace más ruido un hombre gritando que cien mil que están callados".

 

8. "La soberbia es una discapacidad que suele afectar a pobres infelices mortales que se encuentran de golpe con una miserable cuota de poder".

 

9. "Mi mejor amigo es el que enmienda mis errores o reprueba mis desaciertos".

 

10. "Mi juventud fue sacrificada al servicio de los españoles; mi edad mediana al de la Patria; creo que me he ganado mi vejez". 

 

 

Info: Revista La Ciudad, Facebook

 

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