Cada 8 de octubre se conmemora el Día Internacional de la Dislexia, una fecha impulsada por organizaciones de todo el mundo dentro de la campaña Unidos por la Dislexia. El objetivo principal de la jornada es visibilizar este trastorno específico del aprendizaje, promover la detección precoz y derribar prejuicios en los ámbitos educativos y sociales.
La dislexia es una condición de origen neurobiológico que dificulta la lectura, la escritura y la correcta asimilación de los textos. No está vinculada al nivel de inteligencia ni a la falta de motivación, sino a la forma en que el cerebro procesa los sonidos del habla y los relaciona con las letras. Se estima que afecta a entre un 3% y un 15% de la población escolar, lo que equivale a un promedio de uno a tres alumnos por aula.
Especialistas de la salud y la educación remarcan que el diagnóstico suele consolidarse a partir de los 7 años, momento en que los procesos de lectoescritura quedan asentados. Entre las señales de alerta en niños y adultos se destacan la confusión de letras o números, la inversión o sustitución de sílabas, una lectura lenta y laboriosa, dificultades en la orientación espacial y temporal, y problemas para seguir instrucciones o recordar secuencias.
Existen distintos tipos de dislexia según el área del procesamiento afectada. La dislexia fonológica genera complicaciones para leer palabras desconocidas o compuestas, al no poder convertir correctamente los grafemas en fonemas. La dislexia visual o superficial dificulta la lectura rápida de palabras comunes mediante la vista global. También se identifican la dislexia profunda o mixta, donde conviven ambos problemas, además de clasificaciones según su origen, como la dislexia desarrollada, que se manifiesta durante la infancia, y la adquirida, producto de alguna lesión cerebral.
Aunque se trata de una condición permanente, un abordaje profesional enfocado en la conciencia fonológica y la comprensión puede marcar una gran diferencia. Acompañar el desarrollo con intervenciones adaptadas y el apoyo del entorno escolar y familiar permite superar barreras en el aprendizaje y cuidar el bienestar emocional.
EBW