08 de Noviembre de 2026
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Marcelo Brugo, la historia viva del maquinista del pisanieve que le hizo frente a la montaña y dedicó 40 años al trabajo en Esquel

Nació en Río Corinto y fue el primer maquinista de pisanieve en La Hoya. Vivió avalanchas, arregló motores sin estudiar mecánica y cosechó el reconocimiento internacional. La historia de un pionero.

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Por Rocío Germillac y Elisabet Blanco Wegrzyn.

 

 

Hay vidas que no se explican desde la quietud, sino desde el movimiento constante, las manos manchadas de grasa y el aire helado de la cordillera. La historia de Brugo Marcelo Huberto es de esas que marcan a fuego el sentido de la cultura del trabajo en nuestra región.

 

A primera vista, al escucharlo repasar sus cuatro décadas de servicio en la administración pública, aparece la imagen clara de un hombre que hizo de la honestidad, la maña y la resiliencia un modo de caminar la vida.

 

 

 

De las orillas de Río Corinto a las calles de Esquel

 

Marcelo nació en 1951 en Río Corinto, en la zona de Trevelin, donde pasó sus primeros años de infancia rodeado de la vida campesina. Sin embargo, un golpe doloroso marcaría el destino de toda la familia a finales de la década del 50.

 

"Nos criamos en Trevelin hasta el año 59. Tuvimos un percance ahí con dos hermanos... pasaba un arroyo y los perdí ahí a los dos. Entonces mi viejo compró una casa acá en la calle San Martín y nos vinimos todos", recuerda Marcelo.

 

En Esquel transitó sus estudios primarios entre la emblemática Escuela 38 y la Escuela 8, para luego pasar por el Salesiano, la Escuela Normal y la Politécnica. La vida técnica continuó un tiempo afuera, pero el arraigo por el suelo patagónico terminó devolviéndolo al campo y a los oficios de la tierra.

 

 

 

El primer maquinista del pisanieve en la historia de La Hoya

 

En 1986, una casualidad de la vida cruzó su camino con el de "Caqui" Arroyo y Arturo Bernardi en la Corporación de Fomento del Chubut (CORFO). Arroyo, que había sido su preceptor años atrás y conocía su manejo de maquinaria pesada tras su paso por la obra de la Hidroeléctrica Futaleufú, no dudó en llamarlo cuando llegó la primera máquina para la nieve.

 

"Yo arranqué en el año 86 como el primer maquinista de preparación de pistas en La Hoya. Lo que menos me imaginé, de ser un empleado del campo, campesino digamos, era venir a trabajar en un centro de esquí y andar arriba del pisanieve. Es fuerte", expresses sobre aquel inicio en un cerro virgen, donde la nieve tapaba rocas gigantescas y los espesores acumulados alcanzaban los cinco metros en la zona de la ola.

 

 

 

Una avalancha a medianoche y el milagro en la nieve

 

Operar en las alturas durante los inviernos de antes implicaba un nivel de riesgo superlativo. Marcelo fue testigo directo de la rudeza del clima cordillerano y de episodios límites que marcaron su memoria para siempre.

 

"Tengo una avalancha encima... En el año 87 u 88 me agarró la avalancha a las doce o una de la mañana arriba del pisanieve. La avalancha sabés lo que es, es la acumulación de caos, es un hielo. Tuvimos la suerte de que zafamos de casualidad. Yo andaba con otro muchacho; él quedó colgado sobre las orugas y yo tirado sobre las cosas, pero pudimos salir".

 

 

 

"Uno de los tres mejores maquinistas del mundo"

 

A fuerza de horas de trabajo en la intemperie y de entender los tiempos de la nieve, su destreza en el manejo de los pisanieve traspasó las fronteras de Chubut. Recorrió centros invernales emblemáticos del país como Las Leñas, Bariloche, San Martín de los Andes y Cerro Castor.

 

Esa maestría le valió el respeto de colegas y especialistas de todo el mundo. "Según uno de los directores que tuve acá, que es un español con el que hasta el día de hoy nos escribimos todos los días a las tres de la mañana por la diferencia horaria, me dice: 'Viejo, vos fuiste uno de los tres mejores maquinistas del mundo'. Buen reconocimiento, y lo tengo como un gran amigo".

 

 

 

Un mecánico mañoso y autodidacta

 

Cuando los años en la alta montaña concluyeron, Marcelo bajó al taller de CORFO, donde volcó otra de sus grandes pasiones: la mecánica de maquinaria agrícola y de transporte.

 

"Toda la vida de chiquito fui intruso. Mi viejo tenía la máquina esquiladora y de ahí arranqué. Nada viene de un libro, todo de acá arriba", dice señalando su cabeza. Con esa maña recuperó e hizo marchar vehículos, tractores e incluso los históricos pisanieve de La Trochita que parecían destinados al olvido.

 

 

 

Una familia numerosa y la mirada de su descendencia

 

A la par de su oficio, Marcelo construyó junto a su esposa una gran familia integrada por ocho hijos —siete mujeres y un varón—, 16 nietos y 9 bisnietos.

 

Una de sus hijas reconstruye con orgullo el camino recorrido por su padre y los valores inculcados en el hogar: "Mi papá nació en Río Corinto y se formó en el campo de mis abuelos. Aunque siempre se dedicó a la ganadería y la agricultura, lo que más lo apasionó desde joven fue la mecánica de los tractores y vehículos de trabajo. Después, en la Hidroeléctrica Futaleufú, adquirió su capacidad como chofer manejando maquinarias muy específicas, hasta que entró a CORFO, donde su gran pasión de corazón fue La Hoya".

 

 

 

Con emoción, recuerda el compromiso diario con el que encaró su trabajo en el cerro y en el taller: "Fue el primero que manejó durante muchos años el pisanieve, fue el autor de sociabilizar con turistas de todo el mundo y de arreglar siempre las maquinarias y medios de elevación. Mi papá no sabe no trabajar si no es con la camiseta puesta. Lo vi llorar muchas veces por la impotencia de ver malas gestiones que perjudicaban a Esquel y al Cerro, pero nunca bajó los brazos".

 

 

 

Y agrega sobre las enseñanzas familiares: "Como dijo en el discurso con sus compañeros: 'no bajen los brazos'. Esa es la enseñanza que siempre nos dio a nosotros como hijos. Es una persona que no sabe decir que no al laburo, a la responsabilidad y a la honestidad. Nos enseñaron que lo ajeno no se toca y que las cosas se simplifican y se arreglan con lo que hay. Así es en su casa, con su familia y con su vida en general".

 

 

 

El asado de despedida y un mensaje para los jóvenes

 

Rodeado de sus compañeros de taller, compartiendo un asado y una bota de vino, las muestras de afecto llenaron la jornada de jubilación. "Gracias por todo, jamás tuviste un problema para darle una mano a nadie, te vamos a extrañar horrores", le expresaron entre abrazos y bromas entre pares.

 

A sus 75 años, y aunque la jubilación le abre formalmente la puerta al descanso, Marcelo se bajó del tractor el día anterior tras realizar tareas de arado para productores en Nahuelpan, el Percy y Corcovado. Gambetea la idea del retiro definitivo porque la inquietud sigue viva.

 

"Para descansar después hay tiempo. Lo que le digo a los chicos nuevos es que cuiden esto, que le pongan pilas a CORFO y al cerro, porque es una fuente de trabajo muy grande para nuestra gente y no hay que bajar los brazos".

 

 

 

Agradecemos al Sr. Brugo por su tiempo compartiendo parte de su historia con Red43 y a su familia por facilitarnos las imágenes. 

 

 

 

 

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