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30 de Septiembre de 2026
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Flores amarillas en la ventana: 30 años después, Esquel volvió a encontrarse con la historia

Filmada en Esquel y la región en 1995, la película llevó al cine una historia ambientada en la Patagonia de 1921. Tres décadas después, cuatro protagonistas de aquella producción fueron homenajeados por su aporte a la memoria de la ciudad.

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Treinta años pueden pasar, pero hay experiencias que permanecen intactas en la memoria. Flores amarillas en la ventana es una de ellas para Esquel y, especialmente, para quienes durante casi dos meses cambiaron por un rato su vida cotidiana para convertirse en actores, actrices y extras de una producción cinematográfica.

 

Dirigida por Víctor Jorge Ruiz, la película fue rodada en 1995 y estrenada en Argentina en 1996. Su historia se sitúa en la Patagonia de 1921, en tiempos de conflictos obreros, huelgas de trabajadores rurales y una violenta represión.

 

En ese escenario histórico se desarrolla una trama atravesada también por los vínculos personales, el amor y las diferencias sociales. Entre sus protagonistas estuvieron Arturo Bonín, Katja Alemann y Carolina Fal, junto a otros reconocidos actores.

 

Pero detrás de la película que llegó a la pantalla hubo otra historia, profundamente ligada a Esquel.

 

En el marco de los 30 años de aquella filmación, en el SUM del ISFD N.º 809 se realizó un homenaje a Graciela Bonansea, Cristina Zuppa, Daniel García y Jorge Oriola, cuatro vecinos que formaron parte de aquella experiencia cinematográfica.

 

Ellos representan, además, a muchos otros esquelenses que se sumaron a la producción y que hicieron posible que escenas multitudinarias pudieran cobrar vida delante de las cámaras.

 

 

 

De las tablas al cine

 

Graciela Bonansea y Cristina Zuppa hacían teatro y fueron convocadas por Daniel García para participar de la película. A ambas les tocó intervenir en una de las escenas de la fiesta en la que se realizaba la presentación en sociedad de la hija de la patrona.

 

Graciela interpretó a una mujer gallega que conocía un secreto del pasado de la dueña de casa.

 

“Yo era una de las vecinas que sabía toda la historia que la patrona no quería contar”, recordó. Cuando su personaje intentaba hablar, la patrona intervenía rápidamente para evitar que revelara aquel pasado.

 

Su participación fue breve, pero la experiencia quedó para siempre: “Fue muy linda, rara, la primera y la única”.

 

 

 

Cristina Zuppa también recordó lo especial que resultó pasar del teatro al set cinematográfico.

 

“Fue una experiencia muy interesante porque nosotros hacíamos teatro con Daniel y en otros grupos también. Fue algo especial para nosotros, una forma distinta de encarar la actuación”, contó.

 

Entre los recuerdos aparecieron también las anécdotas. Cristina todavía se ríe al recordar el trabajo de caracterización para trasladarlas varias décadas hacia atrás: “A mí me quedaron las cejas finitas para siempre porque nunca se supo qué nos hicieron para hacernos parecer bien antiguas”.

 

Las grandes cámaras, los maquilladores, los técnicos y todo lo que sucedía detrás de escena también quedaron grabados en su memoria. Para quienes estaban acostumbrados al teatro amateur, descubrir el funcionamiento de una producción cinematográfica fue parte de aquella experiencia.

 

 

 

Daniel García y una convocatoria que movilizó a Esquel

 

Daniel García tuvo un papel central en la participación local. Al conocer al director Víctor Jorge Ruiz y a la productora Sabina Ziegler, fue convocado para realizar la coordinación de artistas de la ciudad.

 

Como hacía teatro y conocía a muchas personas vinculadas a la actividad, se realizó un llamado público para quienes quisieran participar.

 

Daniel también estuvo delante de las cámaras. Interpretó a un teniente, personaje al que recordó, entre risas, como “el malo” de la película.

 

Según relató, la filmación se extendió durante casi dos meses, entre noviembre y diciembre de 1995, utilizando locaciones de Esquel y distintos sectores de la región.

 

Sin embargo, para García uno de los aspectos más significativos fue la respuesta de la ciudad.

 

“Lo más interesante fue toda la participación de la gente de Esquel”, destacó.

 

La historia requería una importante cantidad de extras para representar las escenas vinculadas con las huelgas patagónicas. Participaron actores locales, vecinos, personal municipal y personas que nunca habían imaginado encontrarse frente a una cámara cinematográfica.

 

“Todo el mundo colaboró”, recordó.

 

Durante aquellas semanas, Esquel dejó de ser solamente una locación. Sus paisajes estuvieron en la película, pero también lo estuvieron sus habitantes.

 

 

 

Un recuerdo que permanece

 

Daniel García conserva especialmente la memoria de la presentación de la película ante el público local. Según recordó, el estreno en Esquel se realizó en el Auditorio Municipal y buena parte de quienes ocuparon las butacas aquella noche habían estado vinculados, de alguna manera, con la filmación.

 

Allí pudieron reconocerse en la pantalla, encontrar caras conocidas y descubrir lugares cotidianos de Esquel convertidos en escenarios de una película argentina.

 

Tres décadas después, el homenaje reunió a Graciela Bonansea, Cristina Zuppa, Daniel García y Jorge Oriola, cuatro nombres que forman parte de aquella historia.

 

Y al volver sobre esos días aparecieron las risas, los vestuarios, las cámaras enormes, el maquillaje, los bailes, los pequeños diálogos y, fundamentalmente, el recuerdo de tantos vecinos que hicieron su aporte.

 

Daniel lo resumió en pocas palabras:

 

“Eso es lo que te queda, en definitiva, en el corazón”.

 

A 30 años de aquella experiencia, Flores amarillas en la ventana sigue siendo mucho más que una película filmada en la región: guarda también una parte de la memoria de Esquel y de aquellos vecinos que, por un momento, se encontraron del otro lado de la pantalla.

 

 

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