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26 de Marzo de 2022
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Rocío Paleari

La verdadera estafa piramidal: convertirse en adulto

Una nota sobre lo difícil que es convertirse en adulto… aunque a estas alturas ya todos lo sabemos, ¿No?

Cuando era chica jugaba a ser adulta. Probablemente, todos lo hayamos hecho. Recuerdo que pasaba horas en el playroom de mi casa recreando escenarios. En mi caso, siempre jugaba a que era empresaria. En mi mundo infantil ser empresaria se basaba en usar zapatos de taco con pompones de Disney, un vestido gigante heredado de mi abuela y tomar café todo el día en una oficina. Para otras de mis amiguitas, jugar a ser adultas era jugar a ser mamás. Sacudían bebotes, le daban mamaderas y los paseaban en cochecitos. Y cuando jugábamos con las Barbies, una muñeca adulta tenía veinticuatro años, dos títulos universitarios, un bebé y dormía con un Ken en la misma cama. Creanme, no les miento, cuando digo que me estoy riendo a carcajadas mientras escribo y recuerdo todo esto.

 

En algún momento, casi sin darnos cuenta, con mis amigas dejamos de jugar. Cambiamos las muñecas por ropa para salir a bailar y los Ken por chicos de verdad. Pero… Tampoco éramos adultas. Y nos moríamos por crecer, por no tener que pedir permiso para salir, por no tener que dar explicaciones de con quién andábamos o a que hora volvíamos, por no tener la obligación de ir al colegio… con esto ya no me río tanto.

 

Es cierto, ir convirtiéndonos en adultos se trata de ir ganando independencia, pero -spoiler alert- cuando nos independizamos ya no están mamá y papá ahí para echarles la culpa. Tampoco para hacerse cargo de resolver los mocos que nos mandamos. Ni hablar que ser una bussines woman no se trata de tomar café en una oficina y usar zapatos altos. En mi caso, se trata de patear las calles empolvadas de Esquel en zapatillas buscando posibles clientes que quieran mis servicios como comunicadora, de redactar notas, planificar estrategias, manejar redes sociales, y llevar adelante la parte administrativa. Aprendí que es suuuuuper importante no olvidarme de pagar ingresos brutos. Mi mamá no va a ir a la municipalidad a hacer la cola porque me olvidé de pagarla en su momento desde la comodidad de mi casa por mercado pago. No es como cuando era chica y me olvidaba la cartulina, que al rato pasaba a dejarla por el colegio.

 

Ni hablar de que a los veinticuatro estaba haciendo un esfuerzo por llegar a licenciarme… Ojalá tener dos títulos universitarios fuera tan fácil como para las Barbies con las que jugaba. Otra cosa que nadie me dijo respecto a crecer: el tiempo no es infinito. El balance de estudio-trabajo-pareja-amigos-proyectos no existe. Nadie lo vio. Es un gran mito. A veces vamos a tener ganas de hacer foco en una cosa. A veces vamos a tener ganas de poner el foco en otras. A veces vamos a poder elegir. Otras no. Y lo más importante: la mayoría de las veces terminamos haciendo lo que podemos con lo que hay. No lo que queremos.

 

Y la maternidad: que temón la maternidad. Ni yo -que nunca jugué a ser mamá- ni mis amigas que si jugaban son madres. Todavía nos estamos preguntando qué queremos. La verdad, es que cuando eramos pequeñas parecía todo tan sencillo. Ahora que nos estamos acostumbrando a esto de ser adultas, la mayoría seguimos sin tener muy en claro si queremos sumarnos esa responsabilidad o no. Es que nos parece que esto de convertirse en adultas fue una gran estafa piramidal. ¿No queríamos pedir permiso para salir? Bárbaro, ya no le tengo que pedir permiso a nadie, pero bancame que primero revise la cuenta del banco a ver si tengo presupuesto. ¿No quería tener la obligación de ir al colegio? Genial, ahora tengo que trabajar y no puedo fingir que me duele la cabeza para faltar. ¿No quería dar explicaciones? Buenisimo, no se las doy a nadie, pero al final del día me tengo que mirar al espejo y ser sincera conmigo misma.

 

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