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04 de Octubre de 2026
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Flavio Romano, el pediatra que vio crecer a generaciones de esquelenses

Fue médico de niños, pero también testigo de sus historias familiares. Flavio Romano recuerda cuatro décadas de pediatría en Esquel y el sueño de escribir que nunca abandonó.

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Por Rocío Germillac y Elisabet Blanco Wegrzyn. 

 

 

 

Antes de convertirse en médico, Flavio Romano fue un niño que descubrió muy temprano el valor de escuchar. En Valentín Alsina creció rodeado de historias familiares, relatos de inmigrantes y recuerdos que, con el paso de los años, quedaron guardados como pequeños capítulos de una vida. Quizás por eso, décadas después, sigue encontrando en cada persona una historia que merece ser contada.

 

 

 

Una infancia entre historias

 

Flavio Romano nació en 1960, en Valentín Alsina, partido de Lanús, a pocas cuadras del Riachuelo. Su infancia transcurrió en una de esas casas familiares que se construían de a poco, con habitaciones agregadas y varias generaciones compartiendo el mismo espacio.

 

“Ahí vivía en una casa de esas chorizos, viste, hecha por mis abuelos, papás de papá, italianos”, recuerda.

 

En aquella casa convivían sus abuelos, sus tías y sus familias. Cada uno tenía su propia vivienda, pero la vida cotidiana era compartida. “Cada uno tenía su casa, pero era un estar juntos todo el tiempo”, cuenta.

 

Los fines de semana tenían otro destino: Villa Fiorito, donde vivían los padres de su madre. El viaje en colectivo, la casa de la nona y los almuerzos familiares quedaron grabados en su memoria.

 

“Siempre los domingos, nos llevaban a comer a la casa de mi nona y comíamos o asado o fideos amasados, era así como una religión”, recuerda.

 

Era un barrio de inmigrantes, de historias cruzadas y de personas que habían llegado desde distintos lugares del mundo. Italianos, armenios, polacos, paraguayos, chilenos y judíos formaban parte de aquel universo cotidiano.

 

Flavio nació apenas 15 años después del final de la Segunda Guerra Mundial. Por eso, para él, los relatos de aquella época no pertenecían a los libros de historia: estaban sentados a la mesa, caminaban por el barrio y formaban parte de su familia.

 

“Para mí los cuentos esos, los relatos de la guerra y todas las aventuras y peripecias eran como lo cotidiano”, dice. “Muy cercano, muy cercano”.

 

 

 

El barrio, los inmigrantes y una infancia cerca de Maradona

 

Entre sus recuerdos de Villa Fiorito aparece también una figura que años después se convertiría en uno de los nombres más reconocidos del fútbol mundial.

 

Flavio vivía frente a las vías del tren, cerca de la canchita donde jugaba Diego Maradona con otros chicos del barrio.

 

“Maradona, Diego con los amigos, venían a la casa de mi nona a buscar uvas después de jugar”, recuerda.

 

Con el paso de los años, aquel recuerdo adquirió otra dimensión. Cuando Maradona se hizo famoso, también lo hizo la memoria de aquella infancia compartida.

 

“Mi nona era para ella el orgullo más... ¡He visto a Maradona!”, recuerda sobre su abuela.

 

Y cuando vuelve sobre aquella escena, la emoción aparece de manera inevitable.

 

“La verdad que me emociona cuando pienso... Sí, porque son recuerdos lindos”, dice.

 

Entonces resume aquella etapa de su vida con una frase sencilla: “Tengo muchos buenos recuerdos, mi infancia fue muy linda, fue muy linda con toda esa gente”.

 

 

 

Historias que quedaron para siempre

 

Pero aquella infancia también estuvo atravesada por relatos mucho más duros.

 

Su madre había vivido su infancia durante la guerra. En su familia había personas que habían sufrido directamente sus consecuencias y que habían llegado a la Argentina buscando otra vida.

 

Flavio escuchaba aquellas historias una y otra vez. Algunas hablaban de pérdidas, de miedo y de una infancia interrumpida demasiado pronto.

 

Recuerda, por ejemplo, una historia que su madre le contaba sobre un bombardeo. Ella había escapado un día de la escuela para aprender a bordar y, mientras tanto, las bombas habían caído sobre el establecimiento.

 

“En el bombardeo perdió todos sus amigos porque cayeron las bombas sobre la escuela”, cuenta.

 

También recuerda que su madre nunca volvió a escribir ni a leer de la misma manera después de aquello. Y que una muñeca que había recibido como regalo quedó asociada para siempre con la muerte.

 

“Que nunca tuvo muñecas porque la única muñeca que tuvo se la regaló el vecino que murió en la guerra, entonces cuando ella se enteró la quemó a la muñeca, no la quiso ver más”, relata.

 

Flavio entiende hoy que aquellos relatos lo formaron, pero también dejaron marcas.

 

“Esas cosas y otras, si bien me llenaron de historias, son muy fuertes y quizás en mi alma de niño eso quedó, no sé, dejó como huellas, como heridas”, reflexiona.

 

Su adolescencia no fue sencilla. Necesitó terapia y apoyo, pero aquella sensibilidad hacia las historias de los demás nunca desapareció.

 

 

 

El sueño de escribir

 

Antes de convertirse en médico, Flavio quiso ser muchas otras cosas.

 

Inventor. Arquitecto. Escritor.

 

A los siete años leyó El último mohicano, en una edición de la colección Billiken, y algo cambió.

 

“Yo terminé de leer y dije, wow, yo quiero escribir, quiero escribir esto”, recuerda.

 

Le gustaba construir casas y castillos, imaginar inventos, leer novelas y escribir cuentos. Pero, sobre todo, quería contar historias.

 

“Yo quería ser eso”, dice.

 

Al terminar la secundaria quiso estudiar Filosofía y Letras. Sin embargo, su familia decidió que ese camino era demasiado riesgoso en el contexto político de aquellos años.

 

“No me dejaron, no me dejaron, se pusieron firmes por el miedo a la dictadura”, cuenta.

 

Su padre había sido el primero de una familia humilde en alcanzar una carrera universitaria. Había estudiado para contador gracias también al acompañamiento de amigos, vecinos y familiares.

 

“El barrio apoyaba a la persona para que estudie, los ayudaban de alguna manera”, recuerda Flavio.

 

Aquella historia familiar también quedó como una enseñanza sobre el esfuerzo, la solidaridad y la integridad.

 

 

 

Un camino que terminó en la medicina

 

Como no pudo estudiar la carrera que quería, recurrió a una psicóloga recién recibida para realizar un test vocacional.

 

El proceso duró meses.

 

“Tuve todo el mes de octubre y noviembre yendo y haciendo todo tipo de pruebas”, recuerda.

 

En ese momento también tenía otra idea: irse al sur, vivir en el bosque, ser guardaparque y escribir novelas.

 

Y Esquel ya aparecía en su imaginación.

 

Había visitado la zona junto a su padre y quedó impactado por algo tan simple como el agua transparente, los paisajes y los rosales de la avenida Fontana.

 

“Yo me quería venir a vivir y a morir acá”, recuerda.

 

“De los 10 años yo ya tenía esa claridad, yo quería venirme a vivir acá”, nos cuenta.

 

La psicóloga, sin embargo, interpretó que su personalidad podía llevarlo hacia una profesión en la que tuviera contacto permanente con otras personas. Le habló de medicina.

 

Flavio se resistía.

 

Hasta que ella hizo una pregunta que lo desafió.

 

“Me dice, a mí me parece que vos tenés miedo de ser médico, de no ser capaz”.

 

La frase cambió algo.

 

“Así que yo ahí dije, yo soy capaz, voy a estudiar medicina”, recuerda.

 

Y comenzó a estudiar.

 

 

 

Esquel como destino

 

La medicina terminó llevándolo al lugar al que había querido llegar desde niño.

 

Durante su formación tuvo contacto con pacientes y descubrió que aquello que realmente lo atraía no era solamente la ciencia médica, sino las historias detrás de cada persona.

 

“Cuando yo empecé a hablar con las personas, a conocerlas y después bueno, la pediatría, después vine a Esquel”, cuenta.

 

Antes de instalarse definitivamente en la ciudad, participó de un trabajo voluntario en Colonia Epulef. Allí conoció familias mapuches y comenzó a acercarse a una historia y una cultura que terminarían siendo parte importante de su vínculo con la región.

 

“Y más que los rosales y más que el agua y los lagos y el bosque, me atrajo digamos, esta historia”, afirma.

 

La historia de los galeses, de los pueblos originarios y de quienes construyeron sus vidas en este territorio comenzaron a despertar en él la misma curiosidad que durante su infancia habían despertado las historias de su familia.

 

 

 

El día que Esquel comenzó a ser su lugar

 

Flavio llegó a Esquel el 13 de agosto de 1987. Tenía 26 años y estaba a punto de cumplir 27.

 

Su primer cumpleaños en la ciudad quedó asociado a una conversación que, décadas después, todavía recuerda.

 

Fue a comer sorrentinos a un restaurante del centro y le contó a la mujer que lo atendía que acababa de llegar a Esquel y que cumplía 27 años.

 

Le hizo una predicción.

 

“Cuando pasen otros 27 años, vos tuviste 27 años en Buenos Aires, vos vas a ser de Esquel”, recuerda que le dijo.

 

Flavio le respondió que entonces tendría 54 años.

 

“Bueno, ahí me vas a ver”, le contestó ella.

 

Pasaron los años.

 

Un día, cuando Flavio ya había cumplido 54, se cruzó con aquella mujer en La Anónima.

 

“Ya pasaron 27 años”, le dijo ella.

 

Y agregó: “Ya sos de Esquel”.

 

 

 

Cuarenta años escuchando historias

 

Flavio terminó siendo médico. Más precisamente, pediatra. Y durante cuatro décadas hizo de la escucha una parte fundamental de su profesión.

 

“Para mí cada familia es una novela, es un libro, es una historia”, explica.

 

No niega la importancia de la ciencia médica, pero dice que su manera de ejercer la profesión siempre estuvo atravesada por la curiosidad por las personas.

 

“No me interesa la enfermedad, la verdad que no”, afirma. “A mí lo que más me interesa, lo que más me llega y me hace seguir siendo médico, es conocer a las personas, a las familias”.

 

Para él, cada consulta abre una puerta.

 

“Te abren su corazón, te abren las puertas de su alma, quizás con... bueno, como no se le abren a otros”, sostiene.

 

Esa mirada también lo llevó a cuestionar la idea de que los pacientes pueden ser reducidos a diagnósticos o categorías.

 

“Vos no podés meter al ser humano en un casillero, en una definición”, afirma.

 

Y agrega: “Es al revés”.

 

Después de tantos años de profesión, sostiene que los libros son necesarios, pero no alcanzan para explicar toda la diversidad humana.

 

“Los libros sirven, sirven como una escalera para llegar a algún lado, pero no, digamos, como que te sirven para que vos tengas una idea, pero es una idea nada más”, asegura.

 

 

 

La esperanza de la pediatría

 

La elección de la pediatría tampoco fue casual.

 

Flavio encontró allí una medicina vinculada con el nacimiento, el crecimiento y la posibilidad de futuro.

 

“Un niño en general está en una familia de gente joven y que lo quiere hacer crecer, es como va para adelante, es más esperanzador”, explica.

 

Y reconoce que esa perspectiva fue importante para él.

 

“La pediatría tiene eso, la vida, el nacimiento, la esperanza de un niño, siempre va para adelante”.

 

Después de haber conocido historias tan duras desde pequeño, acompañar nacimientos y ver crecer a los niños fue también una manera de encontrarse con otra cara de la vida.

 

“Más esperanzador”, repite.

 

 

 

Una familia de siete hijos

 

En Esquel también construyó su propia familia.

 

Está casado con Araceli, también médica. Ella tenía dos hijos de una relación anterior, a quienes Flavio considera también sus hijos. Juntos tuvieron una hija y él, además, tiene otros cuatro hijos.

 

En total, siete.

 

Y allí vuelve a aparecer una de las ideas que atraviesan toda su manera de mirar el mundo: la diversidad.

 

“Cada hijo es tan distinto y tiene visiones, sentimientos y sensibilidad tan distinta”, dice.

 

Como padre, esa diferencia lo maravilla.

 

“Yo puedo estar orgulloso de todos”, dice con orgullo. 

 

 

 

La semilla que quedó pendiente

 

Flavio se jubiló del hospital, pero continúa trabajando como médico. Dice que todavía disfruta de lo que hace y que siente que lo hace con amor y con ganas.

 

“Por más que me guste escribir, yo creo que soy mejor médico que escritor”, reconoce.

 

Pero la escritura nunca desapareció.

 

La semilla estaba allí desde aquel niño que leyó El último mohicano y quiso escribir. Estaba en las historias familiares que escuchaba durante horas. En los personajes del barrio. En los relatos de inmigrantes, de guerras, de pérdidas y de supervivencia. En las familias que conoció como médico.

 

Ahora, después de tantos años, quiere volver a ella.

 

“En este momento estoy como tratando de retomar aquella cosa de niño de la escritura y de la literatura”, cuenta.

 

Y agrega: “Estoy haciendo, tratando de poner mucha energía ahí, porque bueno, me gusta mucho, me gustó siempre”.

 

Quizás por eso, cuando habla de su profesión, también habla como quien todavía está escribiendo.

 

Cada familia es una novela.

 

Cada paciente, una historia.

 

Cada persona, un mundo imposible de encerrar en un casillero.

 

Y después de una vida entera escuchando a los demás, Flavio Romano parece estar listo para sentarse a contar algunas de esas historias que lleva consigo desde aquel barrio de Lanús.

 

“Yo voy a seguir siendo médico y pediatra y me sigo nutriendo de esto pero en el fondo de mi corazón quiero dedicar esta etapa de mi vida a desarrollar esa semilla que nunca le di demasiada atención”, concluye. 

 

 

 

Agradecemos enormemente a Flavio por abrirnos las puertas de su hogar y contarnos un poco de su vida y sus pasiones.

 

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