Las redes sociales se convirtieron en una herramienta central para las campañas políticas: permiten difundir mensajes, instalar temas y disputar la atención de millones de usuarios. En ese escenario aparecen conceptos como bots, trolls, cuentas falsas e influencers, que suelen confundirse aunque cumplen funciones diferentes.
El caso de Fernando Cerimedo volvió a poner estas prácticas bajo la lupa luego del hallazgo de una denominada “mini granja de bots” en una vivienda de Aranjuez, en La Paz, Bolivia, que según la Fiscalía boliviana habría sido ocupada por el consultor argentino.
Cerimedo ya había hablado públicamente sobre el manejo de este tipo de herramientas. En una entrevista con Infobae, aseguró que administraba cerca de 50.000 cuentas creadas artificialmente solamente para Argentina, además de otras utilizadas en Chile.
Según explicó entonces, esas cuentas servían para monitorear conversaciones, generar contenido y aumentar la relevancia de determinados temas para conseguir una mayor exposición en plataformas como X, Instagram, Facebook o TikTok.
El consultor también reconoció administrar trolls. Consultado por La Nación sobre si contaba con este tipo de perfiles, respondió: “Sí, un montón”. Según explicó, el objetivo era aumentar artificialmente la relevancia de determinados contenidos y “mentirle al algoritmo” para que una plataforma interpretara que una publicación tenía mayor interés del que realmente tenía.
Cerimedo, sin embargo, negó que esas herramientas fueran utilizadas para difundir noticias falsas o desarrollar campañas sucias.
Qué diferencia hay entre un bot, un troll y una cuenta falsa
Un bot es una cuenta cuya actividad puede estar automatizada mediante un programa informático. Cuando una gran cantidad de estos perfiles funciona de manera coordinada para realizar determinadas acciones, se habla habitualmente de una granja de bots.
Un troll, en cambio, es un usuario que busca provocar, confrontar o generar discusiones en internet. No necesariamente se trata de una cuenta automatizada: detrás del perfil puede haber una persona que publica e interactúa manualmente.
Las cuentas falsas o fake son perfiles que pueden utilizar identidades inventadas o hacerse pasar por otras personas. Algunas buscan simplemente aparentar ser usuarios reales, mientras que otras pueden utilizarse dentro de operaciones coordinadas.
Los influencers, por su parte, son usuarios que cuentan con una audiencia significativa y capacidad para amplificar determinados contenidos. A diferencia de los bots, su actividad no implica necesariamente automatización ni una identidad falsa.
Cómo funciona una granja de bots
Una operación de este tipo puede comenzar con la creación o adquisición de numerosas cuentas. Los perfiles pueden recibir nombres, fotografías, biografías, ubicaciones e intereses para intentar que parezcan usuarios convencionales.
Luego, los administradores pueden definir qué contenidos publicará o compartirá cada cuenta. Por ejemplo, un perfil que aparenta estar interesado en deportes y política puede publicar contenidos relacionados con esos temas y, entre ellos, incorporar los mensajes que forman parte de una determinada estrategia.
Las herramientas utilizadas para administrar estas redes permiten controlar cientos o miles de perfiles desde un mismo sistema y coordinar sus acciones.
El objetivo es generar una cantidad de actividad que una plataforma pueda interpretar como una señal de interés. Si muchas cuentas publican, comparten, comentan o interactúan con un mismo contenido, ese movimiento puede contribuir a que el mensaje consiga mayor visibilidad.
Según explicó Cerimedo en su momento, una de sus granjas podía reunir entre 1.000 y 2.000 cuentas, dependiendo del tiempo que permanecieran activas antes de ser detectadas como falsas.
Cómo pueden influir en una campaña política
El mecanismo puede utilizarse para amplificar un mensaje favorable a una candidatura, instalar determinados temas o aumentar artificialmente la presencia de una discusión.
También puede utilizarse en sentido contrario, para atacar a un adversario, generar respuestas coordinadas o intentar instalar una percepción negativa alrededor de una persona o determinado tema.
La particularidad está en que el usuario que observa una conversación desde afuera puede no saber cuántas de esas interacciones provienen de personas reales y cuántas forman parte de una operación coordinada.
Por eso, una gran cantidad de publicaciones sobre un mismo asunto no necesariamente significa que exista un consenso o una tendencia espontánea entre los usuarios.
El desafío para las plataformas
Las redes sociales cuentan con sistemas destinados a detectar comportamientos inusuales y eliminar cuentas falsas o automatizadas. Sin embargo, quienes administran estas estructuras también buscan que los perfiles parezcan usuarios reales y permanezcan activos durante el mayor tiempo posible.
La disputa, entonces, se desarrolla también alrededor de los algoritmos: mientras las plataformas intentan identificar actividad artificial, quienes manejan estas redes buscan generar interacciones que parezcan orgánicas.
El fenómeno no se limita a un país. Las operaciones coordinadas mediante cuentas falsas o automatizadas fueron investigadas en distintos lugares del mundo y se convirtieron en una preocupación para las plataformas, organismos electorales y organizaciones dedicadas a verificar información.
Entre bots, trolls y usuarios reales
La existencia de estas herramientas no significa que toda publicación viral o tendencia en redes sea producto de una granja de bots. Una conversación puede crecer de manera genuina y alcanzar millones de personas.
El problema aparece cuando una estructura artificial intenta alterar esa dinámica y hacer que un determinado mensaje parezca más popular, más discutido o más respaldado de lo que realmente es.
El caso Cerimedo vuelve a poner sobre la mesa una discusión que excede a la política: en un escenario donde buena parte de la información circula a través de las redes sociales, distinguir entre una conversación espontánea y una amplificada artificialmente se vuelve cada vez más difícil.
MA