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20 de Septiembre de 2026
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De México a Esquel: la historia de Gene y el sueño que creció entre tortas

Llegó desde México casi por casualidad, se enamoró de Esquel y convirtió su pasión por la pastelería en un proyecto familiar. Empezó con diez tortas y una batidora prestada. Hoy recuerda todo lo que construyó.

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Por Rocío Germillac y Elisabet Blanco Wegrzyn.

 

Hay historias que comienzan sin un plan y terminan convirtiéndose en un hogar. La de Gene empezó muy lejos de Esquel, en México, y con un viaje que originalmente era solo una experiencia más dentro de su formación en gastronomía. Sin imaginarlo, aquel destino terminaría cambiando su vida.

 

 

 

Un viaje que cambió su historia

 

Guadalupe Genezaret González Mendoza nació en el norte de México y estudió gastronomía. Durante su formación tuvo la posibilidad de viajar y conocer distintos lugares, pero nunca imaginó que uno de esos destinos terminaría convirtiéndose en su hogar.

 

“De Ezeiza pasé directo a Esquel”, recuerda. Su llegada se produjo a través de un profesor esquelense que había vivido en México y que le insistió para que eligiera Argentina como destino de aquel viaje de formación.

 

Al principio, la propuesta le causó gracia. En su cabeza, los grandes referentes gastronómicos estaban en otros países. Sin embargo, decidió aceptar el desafío. “Creo muchísimo en el destino. Creo en las diosidencias en realidad. Y que bueno, por algo tenía que estar aquí”, cuenta.

 

Aquella primera experiencia laboral en Esquel fue en Don Chiquino. Allí conoció a muchas personas y también a quien con el tiempo se convertiría en su pareja, la persona que, según reconoce, fue fundamental para que pudiera quedarse y construir una nueva vida.

 

 

 

El amor por la pastelería nació en la familia

 

La cocina siempre estuvo presente en su infancia. En su familia mexicana, las reuniones alrededor de la comida eran parte de la vida cotidiana.

 

“Así que crecí entre la comida con mis tías, que suelen juntarse en las tardes, a hacer algo de comer, o para el cumpleaños de alguien, o en navidades. Es un momento de familia”, relata.

 

También hubo figuras que marcaron su vínculo con la pastelería. Su abuela paterna vendía tacos en una plaza y su abuelo era carnicero. Pero fue una mujer llamada Rebeca quien despertó especialmente su fascinación por las tortas.

 

“Entonces doña Rebeca tiene un juego muy importante en mi vida, como para guiarme, que me gustaban más las cosas dulces”, recuerda.

 

La escena quedó grabada en su memoria: una casa que olía a torta durante todo el día, revistas con diseños para elegir y los recortes que Rebeca le regalaba mientras acompañaba a su mamá.

 

“Realmente de ahí nace el amor por la pastelería. Gracias a doña Rebeca y su casa, que olía a torta todo el día”, cuenta.

 

 

 

Diez tortas y una batidora de abuela

 

Gene comenzó a acercarse a la pastelería desde muy chica. A los nueve años participó de sus primeros cursos y, con el tiempo, cuando llegó el momento de elegir una carrera, la gastronomía apareció entre sus primeras opciones.

 

Pero su verdadero desafío llegó en Esquel. Sin conocer demasiadas personas y sin una estructura propia, comenzó a producir desde su casa, con recursos mínimos.

 

“Creo que había empezado con la batidora de su abuela. Era lo único que había en la casa”, relata. El horno tampoco era profesional: pertenecía a una cocina de cuatro hornallas y apenas permitía colocar un molde de 24 centímetros.

 

Hasta que un día su pareja le dio el empujón que necesitaba: “Me dijo, bueno listo, para mañana tienes que hacer 10 tortas. Porque ya las vendimos”.

 

Así comenzó un camino que, de a poco, la llevó de aquellas primeras diez tortas a producir cientos.

 

 

 

Crecer sin olvidar una regla

 

Con el tiempo, Gene fue construyendo su propio nombre. No sabe precisar qué fue exactamente lo que marcó la diferencia, pero tiene claro un principio que todavía sostiene.

 

“Siempre tratando de hacer las cosas con calidad”, explica.

 

Y agrega: “No vendería nada que yo no me comería y que no se me antoja comer. Es algo que siempre traté de cuidar, que lo sigo haciendo”.

 

Para ella, esa forma de trabajar terminó convirtiéndose en una identidad: “El producto que ofrecemos es muy bueno porque lo hacemos como si fuese para nosotros”.

 

 

 

De una pequeña cocina a una cafetería

 

Durante unos dos años trabajó en aquella pequeña cocina hasta que sintió que había llegado a un límite.

 

“Un día le dije a Carly: no puedo más trabajar así, porque ya sé mi techo. Y más que esto no voy a poder hacer”, recuerda.

 

Buscaron distintos lugares hasta que apareció una casa que Gene solía mirar cada vez que pasaba por una esquina. Lo que inicialmente imaginó como un pequeño espacio con un horno terminó creciendo mucho más de lo previsto.

 

“Era como bueno, este hornito así poquito, y cuando fuimos armando las cosas, pues terminamos haciendo un mostrador más grande. Todo terminó siendo mayor de lo que yo me imaginaba”, cuenta.

 

Durante un año fueron acondicionando el lugar de a poco, hasta que en octubre de 2023 realizaron una primera prueba. Un mes después llegó la inauguración de la cafetería.

 

 

 

Cinco años construyendo un lugar en Esquel

 

El emprendimiento fue creciendo y también lo hizo la vida de Gene en Esquel. Formó una familia, tuvo a su hija Renata y encontró en la ciudad un lugar que, alguna vez, creyó que quizás nunca podría sentir como propio.

 

“Pues es mucha felicidad, mucha gratitud”, expresa.

 

Para ella, quedarse también significó derribar una idea que alguna vez tuvo: “Como no soy de aquí, no iba a poder capaz de hacer todo lo que me imaginaba”.

 

Hoy lo cuenta desde otro lugar: “Contenta de haber derribado ese mito y poder haber logrado más de lo que yo me imaginaba”.

 

 

 

Una historia que todavía sigue

 

Gene reconoce que el ritmo cotidiano muchas veces no permite detenerse a mirar el camino recorrido. Sin embargo, cuando repasa su historia, aparece una certeza.

 

“Que digo: ‘Ay Dios, hicimos un montón de cosas’ y que no me lo imaginaba, la verdad. Así que súper agradecida”, afirma.

 

También agradece a quienes, durante estos años, eligieron llegar hasta su local y convertir sus productos en parte de momentos familiares.

 

“Estos 5 años seguimos estando en su mesa, en los cumpleaños, en las cenas especiales”, sostiene.

 

Hoy su rol también cambió. Ya no se trata solamente de cocinar: disfruta acompañar al equipo, organizar y llevar adelante la parte administrativa. El momento creativo, dice, volverá.

 

“Ahora es un momento de estar tranquilos, seguir trabajando en lo que hacemos, para hacerlo mucho mejor de lo que hacemos. Y bueno, ya veremos qué viene”.

 

Porque aquella joven que llegó desde México sin saber demasiado qué iba a encontrar terminó haciendo de Esquel su casa. Y entre una batidora de abuela, diez primeras tortas, una familia y un proyecto que creció de a poco, construyó una historia propia.

 

 

 

Agradecemos enormemente a Gene por abrirnos las puertas de su lugar y por dejarnos conocer un poco más de la persona detrás de las tortas más ricas de Esquel. 
 

 

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