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27 de Septiembre de 2026
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Marisa Gomez

"¡Linda amiga!"

Columna literaria por Marisa Gómez. 

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Cuando ingresó a primer año, se sentó en el fondo, parecía una gacela acechada por una jauría de chanchos jabalíes. Venía de esos parajes lejanos donde el viento es el único amigo. 
Los padres de Liliana son chacareros que labran la tierra de sol a sol. En el trajín, apostaron a que su única hija mujer supiera de letras y no de horquilla. Trasladarse del campo a la ciudad fue para ella como cruzar un desierto sin agua y sin camello. Nadie conocía su voz hasta que después de dos meses, en un recreo, escuchamos sus llantos. Me acerqué y vi su boletín rojo de punta a punta. Di un paso, me agaché para hablarle, pero su mirada me hizo retroceder. A la semana, se levantó para ir al baño y le dejé una carta arriba del banco. Ese día, al término la jornada, se me acercó.
—Sí, quiero ser tu amiga —dijo con la voz quebrada y los hombros metidos para adentro.  
Nuestra amistad creció entre mapas de ríos, ciudades y montañas que marcábamos con tinta china en papel cansón, pegábamos uno sobre el otro y coloreábamos con lápiz Faber. Entre los mates y tortas que cocinaba mi madre, yo hacía la tarea para las dos porque Liliana seguía sin entender. 
Cumplimos quince años y no podíamos perdernos el baile con orquesta del Club Social Tiro Federal. 
Nos preparábamos para la salida. Me bañé, pinté, cambié. Ella hizo lo mismo. Y yo además, con letra despatarrada, le resolvía los problemas de matemática. 
Ese día, en el club, hicimos lo mismo que las chicas más grandes, las que no se perdían ningún baile. Liliana y yo nos sentamos en una mesa y veíamos a un montón de muchachos que se quedaban parados en fila con un vaso de whisky en una mano y el cigarrillo en la otra. Yo re ojeaba a Oscar, el hijo del gerente de Banco Nación, que llegó al pueblo este año. Vi un cabezazo, pensé que era a mí y no. Se levantó Liliana y me quedé sorprendida de lo experta que era para bailar el pasodoble y el chamamé. Después, otra orquesta en el escenario y de nuevo salió a bailar con Oscar. Y así hasta las siete de la mañana. Yo también bailé, pero con los gringos del campo. 
Al regreso, Liliana caminaba junto a Oscar mucho más adelante. No se dio vuelta, tampoco me esperó. Más atrás, iba yo sola. Mis compañeras del curso se me acercaron y una me murmuró en mi oído. 
—¡Linda amiga!                                         
 

 

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