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25 de Octubre de 2026
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Marisa Gomez

"Nadie lo esperaba"

Columna literaria por Marisa Gómez. 

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A mis abuelos que tienen una casa de esas que salen en las revistas, que parece un cementerio por la cantidad de mármol, se les ocurrió que pasaríamos la Navidad todos juntos. 

 

En el living hay un fogón, ideal para que papá Noel tire los juguetes por ahí. 

 

En la esquina, un árbol de navidad al que no le falta nada: estrellas titilantes, luces que se prenden y apagan, esferas que giran, ángeles con luz propia. Debajo, un pesebre. 

 

Llegamos casi todos a las nueve de la noche, excepto el hermano de mi madre, el que está lleno de campos, camiones, vacas… Él tiene una oficina en el centro, cuyo cartel dice Bienes Raíces Romagnolli, pero es prestamista. Se baja de la camioneta Ford Ranger de un salto, es muy petiso. También lo hace su mujer que saluda forzado y Franchesca, su única hija, que siempre mira por sobre el hombro como si fuésemos de otra clase. 

 

—¡Hola Franchesca! ¡Qué linda estás, unos kilitos te vienen muy bien! —le dice mamá. 

 

Franchesca no contesta, además su cara está cada vez más blanca y apenas sonríe. 

 

Todos a la mesa. Las voces superpuestas, los gritos, las ensaladeras que dan vueltas, el cordero, la panera que va y viene, el ruido de los chorros de soda, el vino. Los chistes, la política, las anécdotas, el postre Balcarce, el champagne y las copas que suenan. Franchesca en una punta de la mesa casi no probó bocado. 

 

Media hora antes de las doce de la noche, la abuela pregunta:

 

—¿Franchesca? ¿Dónde está?

 

El padre se dirige a la galería. La madre al baño, golpea la puerta y nadie responde, baja el picaporte. Está cerrado con llave. 

 

—Franchesca, hija… Contestá, por favor —grita la madre mientras la abuela le alcanza el duplicado de la llave.

 

El padre se asusta al verla tirada en el suelo. Le golpee la cara y la mueve. No responde. La levanta del suelo y rápido, la acuestan en el asiento trasero de la camioneta. 

 

Al llegar al hospital, la esperan los camilleros, enfermeros, médicos. 

 

Los abuelos, los tíos, los primos, los padres, todos caminan por el pasillo y cuchichean. 

 

“Hace rato que no la veo bien” “Este último tiempo estaba muy triste” “Dicen que tenía un noviecito, pero nadie lo conoció” “Le dije a mi hermano y la tilinga de su mujer que abran los ojos que pare de hacer plata y se ocupe de esa nena que anda perdida” 

 

Dos médicos se acercan por el pasillo del hospital.

 

—Una nena, preciosa —dice la médica.

 

—¿Qué? — responden y el eco recorre los salones.

 

Todos nos miramos y nadie dice nada. A los segundos, avanza mi tío:

 

—Va a entrar el abuelo.

 

—Aún no, su hija está delicada, muy delicada. Ha tomado algo, no sabemos qué, creemos que veneno…
                                                                                                
 

 

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