RED43 opinion
08 de Noviembre de 2026
opinion |
Marisa Gomez

"La machona"

Columna literaria de Marisa Gómez. 

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Es domingo, y aunque son más de las dos de la tarde, todavía hace frío.  

 

Papá duerme la siesta, mamá pedalea la máquina Singer. Lo hace despacio, el movimiento del pie derecho es lento pero seguro, no quiere despertar a papá ni tampoco que las puntadas le salgan flojas. 

 

Mamá agarró un batón de frisa a cuadros de mi abuela y lo convirtió en un camisón para mí. No lo pienso usar, le siento olor a viejo. 

 

Mamá me llama para medirme esa cosa. Me escapo a la vereda y cuando estoy afuera veo a Angelito. Los varones del barrio, lo dejan solo porque es más chico y las chicas tampoco juegan con él ni conmigo porque dicen que soy machona. Angelito no necesita amigos, se divierte con su bicicleta, en cambio yo no sé andar. Hace meses que le insisto que quiero aprender. El juego de las muñecas y la casita me aburren. Hoy es una buena oportunidad porque por el frío no hay ni un alma en la calle.  

 

Angelito está parado al lado de su bicicleta con los lentes nuevos de vidrio grueso que si lo miro fijo me mareo. Él también anda boleado.

 

—¡Pobre Angelito!, por suerte es blanquito —dijo mamá.

 

El blanquito reclina su bicicleta para que me suba. Abro las piernas, enderezo la bicicleta, apenas toco el suelo con las puntas de los pies. Acomodo la cachufleta. Él me sostiene del asiento, aunque a mí no me gusta su mano ahí cerca. 

 

—Ese lugar hay que cuidarlo —dice la abuela.  

 

Me tambaleo y Angelito apoya toda la mano en el asiento. Lo miro.

 

—Estúpido —le grito y lo empujo. 

 

Agarro la calle de tierra hasta que caigo sobre un cardo y la bicicleta arriba mío. Tengo dos espinas, gruesas y duras, incrustadas en una mano, tres en las piernas y unas cuantas en la cola que me arden y duelen. Lloro como aquel día que un camión atropelló a mi conejo angora. Chillo hasta que veo los ojos grandes detrás de los lentes gruesos de Angelito. Me mira, manotea su bicicleta.

 

—Te lo buscaste. Sos una machona.

 

Se va caminando con su bicicleta en la mano mientras silba. Y yo grito del dolor y porque me dijo “machona”.  No me puedo mover, estoy rodeada de esas horribles espinas que me quieren matar. Grito hasta que distingo un hombre que camina hacia mí, es papá. Me mira, no habla. De un tirón, me para, intenta sacar una espina, pero se le quiebra. 

 

—Ya vengo. Agradecele a ese pobre chico que me avisó, estaba angustiado tu amigo. 

 

Regresa con una pinza y de a tirones me saca las espinas. La sangre corre, mis gritos se frenan en la garganta. 

 

Papá camina adelante y repite. 

 

—A las muñecas, a eso tenés que jugar. 
 

 

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