25 de Noviembre de 2020
deportes |
Pablo Lo Presti

"Murió el Dios de los indigentes, el que mejor encarnaba sus sueños y pesadillas"

El recuerdo de Diego Armando Maradona por el escritor y editor trelewense Pablo Lo Presti. 
Pablo Lo Presti

Diego no era Dios. No el de la escatología Cristiana. No ese viejo de barba, guardián del orden, botón, insoportable. Calza cómodo, si, en el Olimpo Griego, porque Diego fue un pagano, un dionisíaco plebeyo que conoció el abismo y la cumbre. Un Dios periférico y caprichoso al que algunos dioses del centro adoraron y rindieron honores.  

 

Hoy, 25, se murió el pelusa. Ese que en la primera nota que le hacen estando traspirado, con la tierra y con raspones de un potrero runfla, dijo que su sueño era jugar en la Selección. El pibe de Fiorito que quiso ser potencia a pesar de haber nacido en un terruño de condena. Desmesurado como los amores y los odios de estas tierras, lo logró y se transformó en el mortal más famoso del mundo. Se murió esa metáfora de este país pobre que siempre quiere estar entre los grandes. 

 

Murió con él el vengador simbólico de nuestra herida malvinera. El que con un gol con la mano y una gambeta de ballet, con las armas del engaño, del valor y del talento, en el 86 nos hizo brotar una puteada atragantada desde el 82. 

 

Murió uno de los pocos exponentes de la olvidada tradición argentina que elige la valentía como norte; esa del Sargento Cruz poniéndose codo a codo con Fierro al grito de "no se mata así a un valiente". Se  fue el Maradona que puteaba a la tribuna Italiana en el país que le daba de comer porque nos chiflaban el himno. El que con el pájaro, después de varias en los tres palos propios, trocó en amargura la alegría brasilera después de juntar y desparramar medio equipo carioca. El que dijo no a la rosca de la FIFA y le quiso ganar a la Alemania unificada, a ese símbolo del capitalismo triunfante después de la caída del muro, y pagó caro la afrenta. Al que quisieron meter en cana para sacarlo de la cancha, a pesar de que jugaba en una pata que no le entraba en el botín y que se terminó infiltrando solo, porque el médico le había dicho hasta acá pero él dijo yo sigo. Él, que con 10 muertos, había metido al Nápoles pobre en concierto de los ricos. 

 

Murió el Dios de los indigentes, el que mejor encarnaba sus sueños y pesadillas.  

 

Murió y cuesta creerlo porque volvió del infierno varias veces. Ganó en Troya y regresó a Itaca cargado de tesoros, perdiéndose en mil vericuetos. Peleó contra los gigantes, enamoró a hechiceras y magos, se embriagó como Baco, se zambulló en el mar de las sirenas y peleó como Heracles la guerra de su vida. Fue diferente, nuestro, desterrado, sexual, amigo, travieso, celoso, hostil, víctima, revoltoso, victimario, voluble; Emperador en el mundo, mendigo en la intimidad.

 

Hoy Pelusa, el pibe de Fiorito, es un coloso sacrificado. Un monumento de pasión en el corazón del templo pagano mundial. Se fue, como debía ser, en un año también desmesurado.

 

 

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