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25 de Diciembre de 2021
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Rocío Paleari

La Fiesta del Exceso

¿Cómo te sentís hoy? ¿Ya tomaste Alikal?  ¿Y la tarjeta la pagaste? ¿Te quedó algo del aguinaldo? ¿Quedaste en bancarrota?

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No me malinterpreten… personalmente amo festejar. Cualquier excusa me viene bien para juntar a la gente que quiero y compartir. Pero últimamente las navidades me cuestan cada vez más. Creo que me cuesta porque hay tanto de todo alrededor de la noche buena que lo importante queda totalmente oculto.

 

 

No debo ser la única que se está despertando hoy 25 de diciembre con una resaca tremenda. No hay alikal que aguante. Y no solo es la resaca, también comí por demás. Alguna vez en un noticiero contaron que una cena navideña puede alcanzar las 10.000 calorías, es cuatro veces la ingesta promedio diaria recomendada.

 

 

Tampoco debo ser la única que se está despertando endeudada. Porque la navidad no se trata solamente de comer en exceso, sino también de regalarse. Es como que hay una obligación colectiva de demostrar cuánto nos queremos comprando regalos. Muchas veces gastamos plata que no tenemos para poder hacer regalos en estas fechas. ¿En cuántas cuotas compraste la pileta pelopincho para los pibes? ¿Y la cartera para tu suegra? ¿La cava para tu marido? Ni hablar de lo contaminante que es esta costumbre. ¿Cuántos papeles de regalo rompiste? ¿Eran reciclados? Mejor no hablemos de los moñitos de plástico. ¿Sabés cuántos moños de plástico van a terminar en el mar? Y por suerte la pirotecnia está prohibida cada vez en más lugares.

 

 

No entiendo como llegamos a esto. Cuándo pienso en las cosas que me acuerdo de las navidades, todas están lejos del exceso de comida y regalos. Si cierro los ojos me acuerdo de esa navidad donde mi hermana tomo vino en lugar de coca cola confundiéndose con el vaso de algún adulto.  A mi mamá casi le da un paró cardiaco cuando se dió cuenta. El vaso terminó desparramado en toda la mesa. Después todos se reían. Por supuesto, yo no me quería quedar afuera… también me hice la que me confundí, mi abuelo manoteó el vaso y con los ojos me dijo “yo no te creo nada”, pero igual se hizo el boludo para que no me retaran.

 

 

Si busco un poco más en mi memoria me encuentro en el living de la casa de mis abuelos en San Isidro. Los grandes nos mandaban a ver por la chimenea si llegaba Papá Noel. Con mis primos nos metíamos por el fogón y gritábamos Papá Noel.  Fue un ritual hasta que mi hermana más grande siempre tan pilla, no quiso volver a hacerlo: la panza de Papá Noel definitivamente no pasaba por ahí.

 

 

También me acuerdo de esa navidad que pasamos en Río Gallegos, cuando a las 12 de la noche todavía era de día y mi tía convencidísima dijo que corriéramos fuera que el trineo y los renos estaban en el techo… estoy segura que yo también los vi. O de mi abuela paterna contando regalos… a ver si ella había recibido la misma cantidad que el resto. O las copas de cristal francés de mi mamá que solo y solamente se pueden usar la noche de navidad, cierro los ojos y la veo lavarlas a mano, con agua fría, secarlas y guardarlas en sus cajas de madera. Los recuerdos de navidad son los del encuentro con mi familia, del amor a pesar de lo que no es perfecto, de compartirnos y disfrutarnos. No soy un grinch, solo me parece que tanto exceso termina tapando lo importante.

 

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