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14 de Mayo de 2022
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Rocío Paleari

Mi Buenos Aires querido

Escribo desde un café en Buenos Aires… me pregunto: ¿Cuándo nos volvemos a encontrar?

Mi Buenos Aires querido… hoy nos volvemos a encontrar. Escribo está nota, para enviar por mail, sentada en un café de franquicia. Es un café con vajilla moderna, la iluminación es brillante, hay olor a perfumina, en lugar de café con leche sirven latte, en lugar de americano sirven macchiato y el jarrito ni siquiera está en la carta. No hay tostado de miga en platito de acero inoxidable, pero puedo pedir un sándwich de campo o una avocado toast. Desde mi mesa, tengo una vista directa al movimiento de la esquina de Callao y Santa Fe. La gente pasa. En el primer minuto que llevo sentada, ya vi pasar más personas que todas las que puedo ver pasar en una tarde completa sentada en una mesa en María Castaña, con vista a la avenida principal de Esquel.

 

Me vuelvo a encontrar en la Ciudad y la veo más linda que nunca. De repente tengo la sensación de que las calles están limpias, de que el tráfico se mueve como una compañía de ballet: ordenado al compás de la música, de que todo huele a café y medialunas, a las hojas de los plátanos cayendo, todo suena a bandoneón, a rimas de tango… no es la Buenos Aires que recuerdo haber abandonado.

 

Caminando por la Av. Santa Fe me vuelvo a sentir en casa. Sé que después de Callao viene Riobamba, y que después de Riobamba viene Ayacucho, y así puedo seguir por lo menos unas sesenta cuadras más. Hago el recorrido que durante años hice desde mi departamento al trabajo, miro vidrieras como lo hice con mis amigas, camino por las mismas calles por las que alguna vez caminé con un amor, los edificios parecen recién pintados, las veredas parecen recién pulidas, todo brilla en mi Buenos Aires querido.

 

En mi cabeza no deja de sonar el tango, una y otra vez, se repite la letra de mi Buenos Aires Querido… no llego a preguntarme por qué me fui de esta ciudad. Ese tango sonando en mi cabeza me transporta directamente a mi infancia… a las mañanas de sábado congeladas en la casa de mis abuelos. Se me congelan las plantas de los pies, como cuando era chica y me despertaba en Río Gallegos. Ponía las patitas al costado de la cama, y salía corriendo escaleras abajo. Ahí el mate ya estaba listo, mi Tata estaba sentado en la cabecera de la mesa, en la radio sonaba Gardel y mi abuela cocinaba pan en la estufa patagónica. Yo también me sentaba a la mesa y esperaba a que mi abuela me preparara la leche con Toddy. Entonces, el Tata me mandaba a ponerme las pantuflas, descalza con ese frío me iba a enfermar. Volvía en pantuflas y la chocolatada humeante con tostadas me esperaba. Podía elegir mermelada de ruibarbo, corintos o grosellas, todo cosechado en la quinta de mi abuela. Afuera, el piso del patio brillaba por la escarcha.

 

Vuelvo del recuerdo, estoy de vuelta en Buenos Aires, casi llegando a Plaza Italia, al predio de La Rural donde voy a presentar mi libro en La Feria internacional del Libro… Y Buenos Aires me vuelve a parecer una ciudad maloliente, con un aire irrespirable que solo me da alergia, con las calles sucias, y un tráfico capaz de reventarte la cabeza, ya no suena el bandoneón, ni las rimas tangueras… Porque la pena y el olvido, querido Tata, se van a terminar cuando nos volvamos a encontrar.

 

 

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