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24 de Julio de 2022
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Rocío Paleari

Un hombre todo para mí

Una nueva entrega sobre  las distintas formas que puede tener el amor (o el desamor).

Lo que más me gustaba de vos era tu sonrisa. Te conocí en un momento donde estaba cansada. Muy cansada de siempre tener que portarme bien. De hacer lo que me habían dicho que había que hacer. Y un poco en esa te conocí. Vos eras la persona con la que mis padres se hubieran horrorizado de solo pensar que podías gustarme. Cumplías con todo el estereotipo: pelo largo, ropa gastada, habías abandonado la carrera de artes escénicas en la Universidad Nacional del Arte porque no se adaptaba a tu búsqueda artística, vivías en una casa compartida con varios artistas y llegabas a fin de mes agarrando changas entre puesta en escena y puesta en escena.

 

Nos conocimos en un taller de escritura, entre el humo del porro y el cigarrillo tomabamos mucho vino y cerveza en botella de litro. En esa época las latas no estaban de moda, instagram apenas era un app que nadie entendía muy bien y compartíamos lo que escribíamos en post de facebook. Nunca voy a saber si este recuerdo que escribo ahora es exactamente así o es algo que me inventé… sólo sé que nos recorrían muchas sustancias en las venas.

 

El plan era siempre más o menos el mismo: yo salía de trabajar, caía al taller, escribíamos tres horas de corrido, descorchábamos algunos vinos, destapábamos algunas cervezas y cuando los talleristas se despedían en la puerta del edificio viejo de San Telmo en el que el profesor daba las clases, nosotros encarábamos para el mismo lado. Siempre terminábamos en tu casa, porque quedaba más cerca. Yo era una chica de recoleta y la única razón por la que me acercaba a San Telmo era para hacer el taller o pasear con alguna visita que llegaba desde el interior.

 

Me gustaba de vos, no, me volvía loca de vos la forma en la que sabías manejarme. Si, manejarme. Hasta ese momento siempre eran los hombres los que tenían que dar el paso. Yo no activaba nada, no iniciaba nada, no lo hacía porque no correspondía que lo hiciera. No importaba si ya estábamos en una relación, si ya nos conocíamos… yo era un nena bien y esas cosas no se hacían. Tampoco es que necesitara hacerlo, la verdad es que con mirar un poco al que me gusta siempre logro que se terminen acercando. Pero, vos que eras muy pillo, tenías una forma muy particular de acercarte a mí. Siempre me la dejabas picando. Te hacías el galán por un rato y al momento de cerrar el trato siempre dejabas las cartas sobre la mesa y yo tenía que tomar la decisión. Y tomar la decisión implicaba, por ejemplo, empujarte contra la mesada de la cocina y chaparte. Y entonces, todo se volvía una discusión, un juego acalorado entre dos cuerpos. Yo te besaba, vos metías mano por donde podías, querías llevarme al cuarto, yo decía que no, entonces vos para no perder el control te corrías, abrías otra cerveza, te hacías el que no te interesaba. Entonces… ahora la que quería era yo. Volvía a la carga, te volvía a besar, te llevaba al cuarto. Vos me tirabas a la cama, te me tirabas encima, yo te empujaba, me subía arriba tuyo y te decía lo que tenías que hacer. Y ahí es donde perdía, porque en realidad, vos sabías que eso era lo que querías desde el principio. Querías que yo me volviera loca, caprichosa, que te buscara hasta que vos tuvieras ganas de decirme que si. Entonces te tirabas en la cama y yo podía hacer con vos lo que quería. Lo que tuviera ganas. Y vos la pasabas super bien, entonces yo la pasaba mejor y podíamos estar toda la noche asi, toda la mañana, toda la tarde… Insisto, ya pasó algún tiempo, nunca estábamos muy lúcidos, puede ser que los detalles de esta historia, de este amor, no me los acuerde, pero tengo en claro una cosa: con vos aprendí lo mucho que me gusta tener un hombre todo para mí.

 

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