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11 de Octubre de 2026
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Liliana Tamame: la historia de una mujer que hizo de ayudar a los demás una forma de vida

Llegó a Esquel en 1982, impulsó proyectos educativos y comunitarios y hoy preside ALCEC. Liliana Tamame repasa su trayectoria, su experiencia con el cáncer de mama y el valor de acompañar a los demás.

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Por Elisabet Blanco Wegrzyn y Rocío Germillac. 

 

 

Hay historias que se construyen a partir de decisiones, vocación y compromiso con los demás. La de Liliana Tamame es una de ellas: desde su llegada a Esquel en 1982, dedicó gran parte de su vida a la educación y al trabajo comunitario. Hoy, al frente de ALCEC y después de atravesar su propia experiencia con el cáncer de mama, sigue encontrando en el acompañamiento y la solidaridad una forma de mejorar la vida de otras personas.

 

Los comienzos

 

Liliana Tamame no nació en Esquel, pero desde muy chica supo que quería vivir en la Patagonia. A los 10 años visitó Corcovado junto a su familia y aquella experiencia le dejó una certeza que mantuvo con el paso del tiempo. “Cuando yo sea grande, me voy a venir a vivir acá”, le dijo entonces a su mamá. Años después, cumplió su promesa.

 

Nacida en Mendoza y criada en Buenos Aires, donde cursó sus estudios, Liliana eligió formarse como maestra jardinera. En 1982, cuando tenía 22 años, encontró la oportunidad de trasladarse al oeste de Chubut, donde hacían falta docentes de nivel inicial. Llegó a Esquel con pocas certezas sobre cómo iba a instalarse, pero con la decisión de quedarse.

 

“Tenía el pasaje, dije: ‘Cuando llego, veo’”, recuerda. Al principio, consiguió alojamiento de manera provisoria y luego encontró una pensión y un pequeño departamento. Con un sueldo docente y las dificultades que había entonces para alquilar, cada paso requería esfuerzo. Sin embargo, en el camino también aparecieron personas que se convirtieron en su familia.

 

Mónica Ripa, Ana Ripa y Maruca, su mamá, fueron parte de ese círculo afectivo que construyó en Esquel y que continúa acompañándola hasta hoy. Así, entre amistades, trabajo y nuevos proyectos, comenzó una historia que terminaría vinculada con buena parte de la vida comunitaria de la ciudad.

 

Construir los primeros jardines, mucho antes de que existieran los espacios necesarios

 

Cuando Liliana comenzó a trabajar en educación, el nivel inicial todavía tenía un reconocimiento limitado y muchas salas funcionaban como anexos de escuelas primarias. La demanda de familias era importante, pero faltaban espacios, reglamentaciones y recursos para garantizar que más chicos pudieran acceder a esa etapa educativa.

 

Frente a ese panorama, junto con otras docentes comenzó a organizarse para impulsar cambios. En 1984, en los primeros años de la recuperación democrática, participó de un grupo de maestras que organizaba encuentros, fiestas y obras de teatro itinerantes. Poco después, ese trabajo colectivo tomó una forma más institucional con la Asociación de Nivel Inicial Esquel (ANIE).

 

“Entonces bueno, empezamos a armar una asociación que se llamaba ANIE, Asociación de Nivel Inicial Esquel. Y ahí empezamos a movernos todas”, cuenta.

 

El objetivo era lograr que el nivel inicial tuviera mayor reconocimiento y que se crearan más salas. Para eso, realizaron censos, participaron de encuentros regionales y nacionales y buscaron alternativas donde pudieran funcionar nuevos jardines. A veces, la solución estaba en una casa desocupada; otras, había que conversar con las juntas vecinales para encontrar un lugar disponible.

 

Así comenzaron a organizarse los jardines 409 y 414, que fueron creciendo a partir del esfuerzo de aquellas docentes y de la comunidad.

 

Pero el trabajo de Liliana y sus compañeras no se limitó a la educación formal. También advirtieron que muchas familias necesitaban espacios de cuidado para sus hijos más pequeños, especialmente aquellas en las que las madres debían salir a trabajar y no tenían con quién dejarlos.

 

Junto con vecinos y representantes de distintas áreas, comenzaron a relevar las necesidades de los barrios Don Bosco, Matadero y Estación para impulsar jardines maternales. El proyecto requería coordinar cargos, encontrar terrenos y construir espacios adecuados. Con aportes de diferentes sectores, se instalaron casitas de madera que permitieron comenzar a brindar atención.

 

La importancia de esos lugares iba mucho más allá de ofrecer un sitio donde los chicos pudieran quedarse durante algunas horas. Allí también encontraban alimentación, cuidado y contención, en un contexto en el que algunas familias atravesaban situaciones económicas muy difíciles.

 

“Empezaron muchos niños a estar más contenidos, tenían su alimentación, eso era lo importante”, recuerda Liliana.

 

 

 

Cuando el compromiso también significaba improvisar

 

Los primeros años estuvieron llenos de dificultades, pero también de anécdotas que todavía recuerda con una mezcla de emoción y humor. Antes de contar con edificios propios, las maestras trabajaban en espacios reducidos, compartidos con otras actividades comunitarias, y debían resolver sobre la marcha situaciones que hoy resultarían impensadas.

 

En una de esas experiencias, una compañera la llamó desesperada porque en la junta vecinal donde funcionaba el jardín debían realizar el velatorio de un vecino. Los chicos no podían quedarse allí, pero tampoco había otro espacio disponible.

 

La solución fue trasladarlos hasta una escuela. Sin teléfonos celulares y con recursos limitados, hubo que encontrar una salida inmediata para garantizar que los pequeños estuvieran cuidados.

 

“Resolverlo, resolverlo, no había otras alternativas”, resume.

 

También recuerda la solidaridad cotidiana de los vecinos, que encendían la cocina a leña para calefaccionar las salas y acercaban panqueques o galletitas para compartir con las maestras y los chicos.

 

“Era una cosa, viste... Bueno, locuras que se nos ocurrían y que íbamos todas atrás de esa cosa”, cuenta sobre aquellos años.

 

Con el tiempo, el trabajo colectivo permitió construir espacios propios. Liliana participó de la creación del edificio del jardín del barrio Vepam y luego fue directora del Jardín Chispitas, donde también impulsó la construcción de una sede junto con la junta vecinal, el municipio y otros sectores.

 

Más adelante, continuó su carrera en el profesorado, combinando la formación de nuevas docentes con el trabajo en las salas, hasta que llegó su jubilación. Sin embargo, dejar la actividad profesional no significó alejarse de las causas sociales que la habían acompañado durante décadas.

 

ALCEC y una nueva forma de acompañar

 

Su llegada a la Asociación de Lucha contra el Cáncer (ALCEC) estuvo relacionada con esa misma disposición a involucrarse. Un día, mientras estaba en una peluquería, Elba le propuso sumarse a la organización porque necesitaban una mano.

 

Liliana aceptó. Primero colaboró en campañas de educación y prevención, participó de las actividades de Octubre Rosa y ayudó a pensar propuestas para que la información llegara a más personas. Con los años, asumió distintas responsabilidades hasta convertirse en presidenta de la asociación.

 

“Siempre a mí me gustaron las cuestiones sociales, como habrán visto. Era parte mía de... Bueno, me parece que uno cuando viene a este mundo alguna cosa hay que hacer, ¿no? Y a mí me tocó esta cuestión”, expresa.

 

Desde ALCEC, el trabajo incluye campañas de prevención, actividades para recaudar fondos y proyectos destinados a mejorar las condiciones de quienes atraviesan una enfermedad oncológica. Una de las iniciativas más importantes es contar con un espacio para recibir a pacientes que llegan a Esquel desde otras localidades para realizar sus tratamientos y no tienen dónde alojarse.

 

Después de gestiones con el municipio, la asociación comenzó a utilizar una casa ubicada cerca del hospital. El lugar permitió empezar a dar respuesta a una necesidad concreta: desde el 1 de julio, según contó Liliana, ya habían recibido a unos 15 pacientes mediante distintas acciones y alternativas de acompañamiento.

 

En paralelo, consiguieron la cesión de un terreno y trabajan en la posibilidad de construir una vivienda para ampliar ese servicio. Para Liliana, se trata de otro proyecto que exige volver a empezar, coordinar esfuerzos y buscar recursos.

 

“Y fundamentalmente, bueno, esta idea de poder atender a pacientes oncológicos se va concretando cada día”, afirma.

 

La necesidad de ese acompañamiento no es una idea abstracta para ella. Liliana también atravesó un cáncer de mama y decidió realizar su tratamiento en Esquel, acompañada por su familia y por los profesionales de salud.

 

 

 

El cáncer, los miedos y el aprendizaje de vivir cada día

 

Hablar de su propia enfermedad la lleva a recordar un proceso que dejó huellas profundas. Las quimioterapias, los cambios físicos, la caída del cabello y la incertidumbre sobre lo que vendría formaron parte de una experiencia que tuvo que aprender a transitar.

 

“Lo tomé y lo tomo como una experiencia que me tocó transitar, pero para ver por dónde estaban las cosas que uno tiene que a veces cambiar en la vida, o sanar también”, cuenta.

 

Durante el tratamiento, los miedos estuvieron presentes. También la angustia que puede aparecer ante cada control médico, incluso después de haber terminado la etapa más intensa de la enfermedad.

 

“Los miedos siempre están”, reconoce.

 

Liliana explica que el acompañamiento psicológico y el contacto con otras personas que atraviesan situaciones similares pueden ayudar a transitar ese proceso. Por eso, una de las metas de ALCEC es que los pacientes no tengan que enfrentar la enfermedad en soledad.

 

En su experiencia, una de las tareas más difíciles fue aceptar los cambios y entender que la vida no siempre sigue el camino que uno había imaginado.

 

“Lo más difícil para mí fue ese trabajo: aceptar. Y bueno, y desde ahí tomar fuerzas y saber que cada día es cada día”, reflexiona.

 

También recuerda el duelo por la transformación del propio cuerpo. La caída del cabello y los cambios físicos la enfrentaron con una imagen diferente de sí misma, mientras que las secuelas posteriores al tratamiento le hicieron comprender que la recuperación no termina necesariamente con la última sesión de quimioterapia.

 

Aun así, no habla de su historia desde la resignación. La mira como una experiencia que le permitió reconocer otras necesidades y encontrar nuevas maneras de acompañar a quienes pasan por situaciones semejantes.

 

“Me dejó la experiencia de tratar de vivir cada día lo mejor posible y agradeciéndolo”, resume.

 

La importancia de agradecer lo cotidiano

 

A sus 67 años, Liliana dice que la enfermedad también modificó su manera de valorar las cosas. El sol, una charla, la presencia de un amigo, un abrazo o un beso adquirieron una dimensión especial.

 

“Bueno, hoy estoy acá, divina o con lo que tengo, como estoy acá estoy. Y disfruto el sol, disfruto el amigo que se acercó, mi hijo que si está ahí, el abrazo, el beso”, expresa.

 

Para ella, aprender a agradecer no significa desconocer las dificultades, sino reconocer aquello que permanece incluso en los momentos más complejos. También insiste en la importancia de hablar, compartir lo que duele y permitir que otras personas acompañen.

 

Esa mirada atraviesa su trabajo en ALCEC. La asociación busca promover la prevención, pero también generar redes de contención para pacientes y familias, entendiendo que el proceso oncológico afecta tanto a quien recibe el diagnóstico como a su entorno.

 

Liliana destaca los avances en los tratamientos y la importancia de los controles médicos. A la vez, señala las dificultades económicas y sociales que pueden complicar la continuidad de la atención, especialmente cuando una persona debe viajar, necesita un acompañante o no cuenta con los recursos suficientes.

 

Por eso, además del espacio de alojamiento, desde ALCEC buscan impulsar alternativas solidarias que permitan responder a esas necesidades.

 

 

 

Una historia que sigue construyéndose

 

Aunque está jubilada, Liliana no se imagina completamente alejada de la actividad. La organización de la carrera de Octubre Rosa, las campañas de prevención y el trabajo cotidiano de la asociación siguen ocupando buena parte de su tiempo.

 

La carrera, que ya tuvo varias ediciones, se convirtió en una de las principales actividades para recaudar fondos y visibilizar la tarea de ALCEC. En la entrevista, contó que la convocatoria de ese año se acercaba a los 200 participantes entre corredores, caminantes y quienes practican marcha nórdica.

 

Detrás de cada actividad hay voluntarias, colaboradores y personas que se acercan porque comparten la causa. Para Liliana, ese compromiso tiene mucho que ver con la posibilidad de construir una sociedad en la que todos tengan oportunidades, especialmente quienes atraviesan situaciones de vulnerabilidad.

 

Al reflexionar sobre el papel de las mujeres en las organizaciones sociales, destaca el trabajo que realizan de manera voluntaria para sostener proyectos comunitarios. No lo entiende solamente como una cuestión de género, sino como una decisión de involucrarse para mejorar la vida de otras personas.

 

“Yo creo que uno quiere una sociedad mejor y una sociedad donde todos tengan oportunidades”, sostiene.

 

Su historia comenzó con una niña que, después de conocer la Patagonia, decidió que algún día viviría allí. Continuó con una joven que llegó a Esquel con un pasaje y la incertidumbre de no saber dónde iba a quedarse. Se convirtió en la historia de una docente que ayudó a construir jardines, de una mujer que encontró en el trabajo colectivo una forma de transformar su entorno y de una paciente que, después de atravesar el cáncer, decidió seguir acompañando a otros.

 

Hoy, mientras ALCEC trabaja para ampliar su espacio de atención, Liliana vuelve a encontrarse con algo que conoce desde sus primeros años en Esquel: la necesidad de empezar, buscar ayuda y construir entre muchos.

 

Porque, para ella, todavía hay mucho por hacer. Y porque, después de tantos años dedicados a los demás, sigue convencida de que cada día merece ser vivido y agradecido.

 

 

Agradecemos a Liliana por brindarnos esta entrevista y por su trabajo diario. 

 

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