La pasión de Andrés Albrecht por los aviones nació mucho antes de subirse a una cabina. De chico, el pedido a sus padres era siempre el mismo: modelos a escala, juguetes y aquel ansiado avión a control remoto que desvelaba a toda la familia. En ese momento nunca estuvo como una posibilidad real el ser piloto, hasta que en la escuela secundaria, entre los 14 y 15 años, se dio cuenta de que le gustaba realmente y decidió que quería dedicar su vida a la aviación.
El camino formal comenzó en 2017, cuando se formó como piloto de planeador, para al año siguiente obtener su licencia como piloto de avión. "Llevo nueve años en el mundo de la aviación, con dos años en el medio en los que dejé la actividad y luego retomé. Estoy muy feliz de poder mantener esos años de vuelo", destaca Albrecht sobre su recorrido.
Para Andrés, volar trasciende la noción de un simple empleo. Aunque hoy representa su trabajo diario en Patagonia Bush Pilot —donde realiza diferentes actividades además de pilotar—, vive la profesión con la intensidad de quien sabe que el verdadero motor para mantenerse arriba es el sentimiento por lo que se hace. "Lo disfruto todos los días como si fuese el último por una cuestión de que es mi pasión y amo lo que hago. Lo único que destaca a un piloto que logra vivir de la aviación es la pasión y la voluntad por querer mantenerse en el aire", afirma.
Respecto a los caminos para ingresar al ambiente aeronáutico, remarca que en la actividad conviven distintas realidades: "En la aviación se ve mucho la herencia, de si sos hijo de piloto tenés que ser piloto, pero también se ven muchas primeras generaciones que quieren formarse, vivir de esto y van estableciéndose en el mundo aeronáutico. Conozco las dos alternativas".
Al ser consultado sobre las condiciones para desenvolverse en el rubro, el joven aviador asegura que se requiere una sola cosa y es pasión, ya que es lo que permite trascender en la actividad. Esa fascinación se renueva en cada despegue, aunque la vivencia varíe según el contexto. "Cada día me apasiona y me emociona volar. Hay vuelos en los que existe más emoción y sentís esas mariposas en la panza, y otros donde esas mariposas están tranquilas y como que normalizás un poco más las emociones y las situaciones, pero la chispa y la emoción siempre están primero", confiesa.
Al reflexionar sobre el trabajo diario en los cielos, el piloto remarca el valor del compromiso y la superación personal. "La ventaja de esta profesión es que te invita y requiere del profesionalismo, de estar mejorando continuamente", destaca sobre el aprendizaje constante que exige la cabina. Con los pies en la tierra pero el corazón en el aire, Andrés celebra su vocación manteniendo viva la misma ilusión del primer día, guiado por la voluntad inquebrantable de seguir sumando horas de vuelo y compartiendo su amor por el cielo.
Agradecemos a Andrés por su tiempo y sus palabras.
EBW