Rodolfo Raúl Quiroga nació en Esquel un 31 de julio de 1947, en medio de una de esas nevadas que quedaron grabadas en la memoria de los antiguos pobladores. «Ahí nací el 31 de julio de 1947 con 60 centímetros de nieve», recuerda. Casi ocho décadas después, su historia reúne recuerdos de una ciudad muy diferente, caminos recorridos, decisiones difíciles y una vocación que terminó dejando una huella en la comunidad.
Muchos lo conocen por su histórica relojería y joyería del centro de Esquel, un comercio al que llegó casi por casualidad y en el que comenzó a trabajar sin tener experiencia en el oficio. Sin embargo, detrás de ese mostrador hay una historia mucho más amplia: la de un maestro que recorrió escuelas rurales, un padre que tuvo que aprender a transitar un camino inesperado y un vecino que encontró en la organización comunitaria una manera de mejorar la vida de otras familias.
Una infancia marcada por los viajes y las escuelas rurales
Hijo de Teresa, docente, y Óscar Enrique Quiroga, integrante de Gendarmería Nacional, Rodolfo pasó sus primeros años entre Esquel y Tecka. Cuando tenía cinco años, el traslado de su padre al escuadrón local marcó el inicio de una infancia atravesada por las mudanzas.
«Tuve una infancia, digamos, con todo lo que implica eso», cuenta. Los destinos de su padre lo llevaron a estudiar en distintos puntos del país: hizo parte de la primaria en Esquel, otra parte en El Bolsón, en Eldorado, Misiones, y también en Buenos Aires.
Ese recorrido le permitió conocer diferentes realidades, aunque también significó acostumbrarse a empezar de nuevo. Terminó la escuela secundaria y se recibió de maestro con apenas 16 años. Su primer destino llegó poco después y lo llevó nuevamente a la zona cordillerana.
En agosto de 1964 comenzó a trabajar en Lago Rosario. La llegada fue toda una aventura: una importante nevada obligó a organizar el traslado de cuatro docentes en un Unimog de Gendarmería hasta Trevelin. Desde allí continuaron a caballo hasta la comunidad.
El escenario que encontraron distaba mucho de las comodidades actuales. La escuela era un rancho con piso de tierra y la calefacción consistía en un tacho de 200 litros adaptado para funcionar como estufa. Los docentes, por su parte, dormían en el suelo de un destacamento.
«No faltamos un solo día», recuerda con orgullo.
Más adelante consiguió un cargo único en la Escuela 18 de la Colonia 16 de Octubre. Allí tenía siete alumnos, uno por cada grado, desde primero inferior hasta sexto. Además de enseñar, debía ocuparse del refrigerio y de las necesidades cotidianas de los chicos.
Tenía apenas 17 años y, en algunas oportunidades, hasta le tocaba asistir en cuestiones personales a uno de sus alumnos que tenía una discapacidad.
«Todo eso me sirvió como experiencia de vida para muchas cosas», reflexiona.
Una familia, un diagnóstico y un cambio de rumbo
En 1965 se trasladó a Bahía Blanca para continuar sus estudios universitarios. Allí permaneció hasta diciembre de 1980, cuando una serie de circunstancias familiares modificó por completo los planes que había construido junto a su esposa, Ana María.
En 1978 había nacido Facundo, su primer hijo, quien tiene síndrome de Down. Para la pareja, entonces joven, comenzó un camino de aprendizaje y búsqueda de herramientas para acompañar su desarrollo.
Rodolfo recuerda especialmente el momento en que conoció el diagnóstico. Habían pasado 20 días desde el nacimiento cuando encontró a su esposa y a su suegra llorando. Al preguntar qué sucedía, Ana María le contó que Facundo tenía síndrome de Down.
«Yo me acuerdo de que estaba parado en la salita de entrada del departamento, me quedé así un momento y le dije: “Bueno, ¿y qué hay que hacer?”».
Esa reacción, que hoy identifica como parte de su manera de enfrentar las dificultades, marcó el comienzo de una etapa de mucho compromiso familiar.
Durante los primeros dos años de vida de Facundo, junto a Ana María viajaban todos los fines de semana desde Bahía Blanca hasta Buenos Aires para realizar tratamientos de estimulación temprana en el Instituto Coriat. Tomaban el tren los viernes por la noche, asistían a las consultas durante el sábado y regresaban el domingo para retomar sus trabajos el lunes.
En 1980 nació Luciana, su segunda hija. La familia necesitaba una vivienda más grande y decidió vender el pequeño departamento que tenía en Bahía Blanca para comprar otro. Pero la operación terminó en una estafa: la propiedad que habían adquirido había sido vendida cinco veces.
Se quedaron sin casa y debieron dejar sus muebles en una empresa de transporte. Con un Citroën 3CV y un AMI 8 emprendieron el regreso a Esquel el 30 de diciembre de 1980. Ana María viajó con Luciana, de ocho meses, mientras Rodolfo lo hizo con Facundo, de dos años.
«Imaginate, fue bastante traumático. Bastante traumático no solamente para mí, sino para todo el grupo familiar», recuerda.
La llegada también implicó comenzar de nuevo en materia laboral y educativa. Ana María perdió sus horas cátedra y la antigüedad que había acumulado en la provincia de Buenos Aires, mientras que para Facundo no existían en Esquel los espacios de atención y educación especial que necesitaba.
La necesidad familiar que se convirtió en una causa colectiva
En ese contexto, Rodolfo comenzó a involucrarse en la búsqueda de respuestas para las personas con discapacidad. Su preocupación no estaba solamente puesta en el futuro de Facundo, sino también en el de muchas otras familias que atravesaban situaciones similares.
Con el regreso de la democracia, encontró en el entonces intendente, el ingeniero Ongarato, un interlocutor para plantear la necesidad de crear una escuela especial en la ciudad.
La gestión avanzó rápidamente. En apenas 40 días se consiguió poner en funcionamiento la Escuela Especial 503, que comenzó a trabajar en el barrio Malvinas con una directora y dos docentes especializadas.
Pero la iniciativa no terminó allí. En 1985, Rodolfo y Ana María fundaron APAD (Asociación de Padres y Amigos del Discapacitado), una organización que permitió ampliar el acompañamiento y visibilizar las necesidades de las personas con discapacidad.
Con el tiempo, la comunidad comenzó a involucrarse y surgieron nuevos espacios educativos para personas sordas e hipoacúsicas, ciegas y con disminución visual, y con discapacidades motoras.
Sin embargo, mientras esos avances se concretaban, había otra pregunta que preocupaba a la familia: ¿qué pasaría con Facundo y con los demás jóvenes cuando terminaran la etapa escolar?
La respuesta apareció de una manera inesperada.
Un día, Rodolfo fue hasta la estancia El Principio para cobrar una cuota pendiente de un reloj que había vendido. Allí encontró una construcción antigua con juegos infantiles. Al regresar, le preguntó a su madre, que había sido docente, por aquel lugar. Ella le explicó que se trataba de una antigua escuela rural que había quedado abandonada.
«De ahí se me prendió la lamparita: ¿y qué posibilidades habría de hacer un taller laboral protegido acá?».
La idea comenzó a tomar forma. Después de presentar proyectos, consultar experiencias en otras instituciones y realizar 17 viajes a Rawson, consiguieron la autorización para poner en marcha un espacio de formación laboral.
CICAL: construir oportunidades para después de la escuela
El proyecto se concretó en 1991 con el nacimiento del CICAL, una iniciativa que buscaba ofrecer alternativas de capacitación y trabajo para personas con discapacidad mayores de 18 años.
Junto a Ana María, Rodolfo imaginó un modelo diferente al de otros talleres protegidos que habían conocido. Querían que las actividades estuvieran vinculadas con el entorno y la identidad de la región, y que permitieran desarrollar habilidades que también pudieran trasladarse a la vida cotidiana de cada familia.
Por eso eligieron trabajar con huertas, invernáculos y aves de granja, entre otras actividades.
El predio estaba completamente abandonado y su recuperación requirió mucho esfuerzo. En esa tarea colaboraron Gendarmería, el Ejército Argentino y personas privadas de su libertad de la Unidad 14, que participaron de los trabajos de limpieza y acondicionamiento.
Con el paso de los años, el CICAL creció hasta superar los 1.500 metros cuadrados de construcciones entre edificios, galpones y espacios destinados a las distintas actividades.
Para Rodolfo, el verdadero valor de ese recorrido no se mide solamente en infraestructura, sino en las oportunidades que pudieron generar.
Doce jóvenes que se capacitaron en la producción de plantines consiguieron incorporarse al área de Espacios Verdes del Municipio. Otra de las participantes aprendió a elaborar chocolates y dulces durante los meses de invierno y posteriormente consiguió trabajo en una chocolatería de la ciudad.
«Es una satisfacción no solamente que el lugar funciona, sino que realmente cumple con su rol, que esto es lo importante», destaca.
Después de tantos años de participación, actualmente ya no integra la comisión directiva y observa con expectativa el trabajo de las nuevas generaciones que continúan al frente de la institución.
Una nueva etapa: acompañar a Facundo y aprender otra vez
La historia familiar también atraviesa hoy un momento diferente. Facundo se acerca a los 50 años y sus padres comenzaron a transitar nuevos desafíos vinculados con el envejecimiento de las personas con síndrome de Down.
Rodolfo explica que, con el paso del tiempo, pueden aparecer cambios en la salud física y cognitiva, por lo que resulta necesario adaptar los acompañamientos y las actividades.
En esa búsqueda lograron contactar a una especialista argentina que trabaja con adultos mayores con síndrome de Down. Actualmente mantienen videoconferencias periódicas para recibir orientación sobre los cambios de conducta, las necesidades y las herramientas para acompañar esta etapa.
Las consultas se realizan en familia. Luciana y María Laura, las hermanas de Facundo, también participan porque entienden que en algún momento deberán asumir nuevas responsabilidades en el acompañamiento de su hermano.
Rodolfo destaca especialmente la importancia de encontrar un equilibrio entre el cuidado y la autonomía.
«Lo que más sirve para la reeducación de una persona con capacidades diferentes es no excederse en la sobreprotección: tratar de aprovechar mucho sus habilidades, hacer hincapié en eso, ver de qué manera se pueden pilotear sus diferencias o sus faltas de capacidades para alguna cosa, pero no caer en la sobreprotección».
Es una enseñanza que él y Ana María intentaron transmitir durante toda la crianza de sus hijos y que hoy sigue guiando las decisiones familiares.
También recuerda con cariño las actividades deportivas que compartió con Facundo. Le enseñó a esquiar y asegura que hasta el año pasado su hijo lo hacía mejor que él. Facundo también disfruta de la natación y del buceo en apnea, aunque últimamente comenzó a perder interés en algunas de esas actividades.
«Así que es una experiencia nueva y veremos, como la primera experiencia de estimulación temprana, a ver qué es lo que hay que hacer», cuenta.
La relojería, el trabajo y las ganas de seguir en movimiento
Mientras acompaña esta nueva etapa familiar, Rodolfo continúa trabajando en la relojería y joyería que se convirtió en una referencia del centro de Esquel.
Su llegada al oficio fue casi accidental. Cuando regresó a la ciudad, su padre, que había incursionado en la joyería y la relojería, le ofreció hacerse cargo de la actividad que desarrollaba. Rodolfo aceptó, aunque reconoce que no tenía conocimientos del rubro.
«Empecé a incursionar en el tema sin tener la más mínima idea de cómo se ponía un reloj, soy totalmente franco», recuerda.
El 23 de abril de 1981 comenzó a trabajar en un local de la calle Rivadavia al 1020. Al año siguiente se trasladó al comercio donde continúa hasta hoy, construyendo una trayectoria que ya supera las cuatro décadas.
No piensa en el trabajo solamente como una obligación económica. Lo considera una manera de mantenerse activo y de encontrar un espacio propio en medio de las responsabilidades familiares.
«Yo risueñamente digo que no quiero que se me oxiden las neuronas», comenta entre risas.
También encuentra ese cable a tierra en el invernáculo y en los deportes. Sigue esquiando y practicando buceo en apnea, una actividad que disfruta especialmente en sus viajes a Búzios, Brasil, un lugar al que la familia regresó durante muchos años y donde Facundo siempre pudo desenvolverse con libertad.
Cuando mira hacia atrás, reconoce que quedaron sueños pendientes. Le hubiese gustado escalar el Everest o bucear en la Gran Barrera de Coral de Australia, pero no pierde las ganas de seguir haciendo cosas.
«Creo que sí», responde cuando le preguntan si se considera una persona vital.
Y quizás esa sea una de las claves de su historia: la capacidad de encontrar nuevos proyectos incluso cuando la vida cambia los planes, de transformar una necesidad personal en una oportunidad para otros y de entender que cada etapa trae sus propios aprendizajes.
Antes de despedirse, Rodolfo deja una reflexión sobre el camino recorrido y la importancia del acompañamiento comunitario. Reconoce que tanto APAD como el CICAL pudieron crecer gracias al compromiso de muchas personas y al respaldo de los medios de comunicación.
«Una de las cosas fundamentales es lo que les dije antes: fue muy importante el apoyo de la comunidad y el apoyo de la prensa, los medios de difusión».
Una historia que comenzó entre la nieve de aquel Esquel de 1947 y que, casi 80 años después, sigue escribiéndose entre el trabajo, la familia y el compromiso con una comunidad que también fue parte de su camino.