Martita Bottegoni es dueña de El Remolón, el único bar frente a la plaza de un pueblito perdido de Santa Fe. Desde que su esposo falleció, hace unos meses, lo atiende ella.
Las amigas la veían agobiada así que se les ocurrió hablar con el cura del pueblo porque tiene contactos con los responsables de una zona rural en el Chaco y migra adolescentes para trabajar en casas de familia o hacer tareas en los campos.
El cura estaciona la furgoneta en el bar, la chica entra corriendo sin decir una palabra, se va al fondo, se mete en el placard donde se guardan los artículos de limpieza y se hace un ovillo. Martita le pregunta varias veces el nombre, pero no logra que le responda, hasta que abre la puerta y la mirada torva detrás de los pelos duros del flequillo la enternece. Busca dos alfajores, se los da y ve que los guarda en el pecho. Después le muestra dos chupetines y la convence para llevarla a la peluquería, y cuando la peluquera termina, todos se sorprenden por los ojos como lunas y la nariz respingada.
Martita le compra ropa y un delantal con cofia para atender en el bar. Al principio es difícil hacerle entender las cosas más simples como dormir en la cama de su cuarto, o usar el baño, le tiene miedo a la ducha y al inodoro. Todos los días, Martita le explica cómo saludar, qué decir, hasta que una tarde, después de casi un mes, empieza a notar cambios. La Topo, como le dicen las amigas de Martita aunque a ella no le gusta, empieza a decir, ¿qué se le ofrece? No se lo lleva más el plato de comida al patio y se empeña en aprender a usar el cuchillo y tenedor. Y una vez que entra al baño cuando sale huele a jabón.
Martita se arrepiente de haber estado a punto de devolverla con el cura al Chaco. Ahora la chica es una gran ayuda y cada día más desenvuelta. Un domingo le dice.
–Señora Martita, me llamo Arasy como la diosa luna.
–¡Qué bonito nombre! El más lindo que escuché en toda mi vida – le dice Martita y se acerca despacio para darle un beso. Arasy no se mueve. Martita apenas apoya los labios y siente el calor en los cachetes.
Cuando el pueblo aún duerme, Arasy se levanta, se hace un rodete, se perfuma para ir al bar y recibir los diarios y revistas que le deja Carlitos. Él también fue traído por el cura de muy chico y lo adoptó una familia. A la nochecita regresa y se sienta en la mesa del fondo, la que tiene poca luz y está medio escondida, y conversa con Arasy cuando le lleva la milanesa con papas fritas y un buen vino.
Arasy se ocupa de todas las mesas. A la gente le encanta escuchar su cantito al hablar. Martita tiene miedo de dejarla salir sola así que van a hacer las compras juntas.
Un domingo, mientras Arasy lava las tazas y Martita las seca, le cuenta que su mamá murió cuando ella nació, que el padre los abandonó como a los perros guachos y que tiene diez hermanos.
Suspira hondo, inclina la cabeza, se seca una lágrima, se desata el delantal, y camina hasta la puerta del frente del bar. Le hace señas a Carlitos para que entre.
–Él es mi hermano.
Marisa Gomez