Blancos, rosas, sutiles y eternos en la memoria de quien los ve. Así florecen los ciruelos, los primeros en animarse a romper el invierno.
En estos últimos días de agosto, con las heladas todavía a la vuelta de la esquina, los ciruelos de Esquel empezaron a vestirse de flores.
Es un espectáculo breve pero inconfundible: antes de que aparezca una sola hoja, el árbol se cubre por completo de pequeños ramilletes blancos y rosados que parecen nieve suspendida.
Es la forma que tiene el árbol de ganarle al frío.
Septiembre comienza como el mes en que esto se vuelve una postal cotidiana hasta que un viento primaveral, como si nada, se lleva todo.
Florece antes que todos para que las abejas, aún escasas, lo encuentren primero.
Durante las próximas semanas, sus ramas son un zumbido constante y las aves empiezan a buscar también su rocío.
Después, las flores caen como una lluvia silenciosa sobre las veredas y dejan lugar a las hojas y, más tarde en verano, a la fruta.
Pero por ahora, solo es contemplación. Si pasás por una calle con ciruelos, frená un segundo. Mirá hacia arriba.
Ese es el anuncio más lindo de que el invierno se está yendo. La primavera en la cordillera empieza por los ciruelos.
¿Habrá fiesta de los ciruelos este año en la ciudad? Habrá que esperar, también.
SL