Es un domingo más de esos que no pasa nada en un pueblo donde tampoco pasa nada. Y además, es la hora de la siesta. Lo único bueno es que vamos a hacer una choza en el gallinero de mamá. Tiene gallinas coloradas, blancas con crestas rojas, las Pichai con poca pluma sobre la cabeza y gallos querendones. También un laurel con raíces que explotan hacia arriba y hacen cavernas. Acá espero a Mabel, mi amiga, sentada a la sombra y abrazada a dos colchas viejas, deshilachadas, para atarlas a las ramas del laurel y hacer la casita.
Cuando llega Mabel la armamos y traemos un cajón de manzana. Después, nos instalamos.
Al rato, escuchamos voces, risas y el chirrido de las hojas secas. Es Laura, mi hermana, junto a la antipática y engreída de la amiga. Espiamos. Ellas se sientan en el suelo, debajo del naranjo. Sacan de la mochila una botella de whisky y el atado de cigarrillos. ¡Mi hermana toma y también fuma! Mamá no lo sabe, papá tampoco. Al rato, la flaca narigona, tose y hablan entrecortado de cómo salvar el mundo.
Ya pasó como una hora o más. Laura se quiere parar, no puede y vomita. Se las oye arrastrando las palabras y se ríen alborotadas.
Mabel tiene ganas de hacer pichi, pero no podemos salir. Si Laura se da cuenta que la estoy espiando no me va a ayudar más con la tarea de matemática.
La narigona se corre bien al lado de Laura, le agarra la mano, no sé en qué momento le zampa un beso. No la larga. Mabel y yo abrimos grande los ojos y nos tapamos la boca. Se levantan tambaleando, mi hermana la empuja.
—¡Estúpida! —le grita y le pega fuerte en el pecho.
La besucona se balancea y su cuerpo muerto cae hacia atrás. Mi hermana se agacha, le agarra los hombros, la quiere sentar, parece un flan. La zamarrea.
—¡Se terminó el chiste! Despertate…
Laura llora mientras le mueve la pera, no reacciona, le pega en los cachetes, tampoco reacciona. Laura sigue llorando. Con Mabel salimos de la choza.
—Voy a buscar a mamá —digo y cuando me doy vuelta para empezar a correr, oigo la voz de mascarita de la flaca desquiciada, la amiga de mi hermana.
—Te asustaste, Laura —y se ríe.
Enseguida escuchamos la cachetada de mi hermana y la flaca que corre agarrándose la cara.
Laura me sujeta el brazo, lo aprieta con fuerza y me mira desafiándome.
—Ni se te ocurra abrir la boca, ni a vos ni a tu amiga. ¡Entendiste! Sino no hay más tarea y dejo que la vieja te mande a marzo.
La miro seria y corro desesperada para ir al encuentro de la besucona. Me paro delante de ella y le digo.
—A partir de mañana me vas a tener que hacer la tarea de lengua —y le cierro un ojo.