La abuela falleció. En el cementerio, mamá y yo.
En el hogar la cuidadora nos espera. Me abraza, me toma la mano, me mira fijo, se muerde el labio inferior y lleva el dedo índice a su boca, el gesto me indica que debo callar porque tienen prohibido mencionar la muerte. De eso no se habla, dicen que los viejos se ponen tristes. Así que cuando desaparecen, comentan que están en la casa de algún familiar.
Miro la mesa donde se sentaba la abuela Rosa y su silla está vacía. Los otros viejos siguen ahí, al igual que sus tres amigas. Las cabezas caídas, los cuerpos consumidos y las manos enredadas por los rosarios.
Dos mujeres algo más jóvenes, me llaman.
—Vení querida… Pobre, tu abuelita estaba muy triste. Qué bueno que se la llevaron unos días al campo.
La cuidadora me toma del brazo y me lleva al dormitorio donde dormía la abuela Rosa. En su cama, ya hay otra vieja. Me entrega una caja con sus pertenencias. Mamá aparece en el dormitorio.
—¿Qué es eso? — pregunta.
—Nada. Son las cosas de la abuela. La vida en una caja. ¡Qué tristeza!
Mamá saluda a la cuidadora y a las viejitas que no nos sueltan. Todas quieren contarnos historia de la abuela.
En el camino de regreso al departamento, mi madre sostiene la caja sobre su falda. Revuelve, saca y me muestra un manojo de rosarios con piedras coloridas, las estampitas, el juego de pocillos de café, los abanicos, … y por último levanta un sobre cerrado.
—Abrilo —digo.
Se le caen las fotos en el piso del auto. Quiere levantarlas, pero el cinturón no se lo permite.
—No te preocupes. Al llegar las juntamos.
Disminuyo el volumen de la radio para escuchar a mamá que me sigue hablando de la abuela y del abuelo veinte años mayor, y lo joven que era cuando quedó viuda. Y lo que ella quería a su padre…
—En las fotos, el abuelo no parece tan viejo. Se lo ve elegante, un señor.
—Sí, pero en el colegio me decían, ahí está tu abuelo.
Al llegar juntamos todas las fotos, las colocamos en la caja y nos dirigimos a mi departamento. Mientras preparo el café observo a mamá desparramar las fotografías sobre la mesa ratona. Me acerco y veo: la abuela joven, los familiares, una Navidad, todos los parientes, el casamiento por civil y por iglesia, los vestidos. Pero hay una, la más grande que me llama la atención.
—¿Esta es la abuela? ¡Qué jovencita! ¿Y este? —le digo a mamá.
—No sé. No lo conozco. Es Roma, lo que se ve detrás es El Coliseo —agrega mamá.
Doy vuelta la fotografía. «Para que jamás me olvides». Giuseppe.
—¡Este es Giuseppe! El famoso Giuseppe. Al final lo conozco. Sí, fue el amor que dejó en Italia. Tu abuela siempre hablaba de él. Quince años tenía tu abuela, una criatura, cuando toda la familia viajó a la Argentina, eran muchos, entre hermanos y tíos, porque ella debía casarse con el dueño del campo en La Pampa —dice mamá.
—¡Qué familia!