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06 de Septiembre de 2026
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Marisa Gomez

"El abuelo Tito"

Columna literaria por Marisa Gómez. 

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El abuelo Tito maneja la camioneta, y yo voy a su lado. Cuenta historias, chistes, canta, es el más divertido de la familia, dice mamá.  

 

Todos los lunes por la tarde, le lleva los víveres al puestero de su casa del campo, le gusta darse un vueltín y ver cómo anda todo por allá. Aunque mi madre comenta otras cosas. El abuelo tiene adoración conmigo porque soy la única nieta mujer.

 

No llueve desde hace meses. El camino tiene grietas y el sol es tan fuerte que chamusca hasta las cubiertas. La tierra se nos pega a los párpados y a los labios y el humo de su cigarro a mi garganta. Los tapizados negros del auto están cubiertos de polvo. El abuelo no se lamenta ni rezonga. Maneja contento, y silva.

 

Pascual, el puestero, lo espera. Después del saludo, hablan en código.

 

—Ya llegó señor. Hoy vino antes y comentó que está apurada.

 

—Gracias por avisar. 

 

Bajan las cajas con alimentos y bebidas. 

 

El abuelo deja su camioneta debajo de los algarrobales por su buena sombra, al lado de un auto negro que siempre está cuando llegamos, pero no cuando nos vamos. Le pregunto al abuelo.

 

—¡Mirá, qué observadora e inteligente es mi nieta! Tengo reunión de trabajo. 

 

Saca el peine; arregla el bigote y las patillas. Y antes de bajar se perfuma.

 

—Pascual acá tenés el maíz. Vayan juntos con Candela a darles de comer a las gallinas. Dame una horita, como siempre —lo mira serio y después, me agarra la pera, la levanta —. Tu abuelo termina y nos comemos un lindo chivito. 

 

Cierra la puerta de su auto, esquiva el otro y desaparece dentro de la casa. 

 

Con Pascual vamos a un corral, después a otro. Aprovecho un descuido, me escapo. Doy vueltas al predio, me intriga ese auto negro que siempre está ahí cuando venimos y nunca veo a nadie. Estoy en la parte de atrás de la casa.

 

Primero escucho la voz del abuelo y después, otra más fina, la de una mujer que creo conocer. Me acerco, pego la cara contra el vidrio y me tapo la boca con las dos manos. No puede ser ella. Sí, es ella. 

 

A la tardecita, ya arriba de la camioneta, Tito hace marcha atrás, para regresar.

 

—Candela, ¿cómo lo pasaste?

 

—Como nunca abuelo. ¡Qué joven se ve la madre superiora sin la cofia! 

 

—¿Qué? ¿Qué superiora? 

 

—Sí, la monja que te dio un beso, la directora del colegio —y le guiño un ojo. 

 

La Ford sale del camino, la trompa se entierra en la cuneta. El abuelo me mira con toda su cara enrojecida.

 

—Son cosas de hombres. Ni una palabra a nadie ni a tu abuela.    

 

—Hecho, pero que no se te olvide comprarme el nuevo monopatín.                       
 

 

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