- Por Lelia Castro -
La Bodega “Viñas de Nant y Fall” se encuentra a 12 kilómetros de la ciudad de Trevelin y, desde su inauguración, se ha erigido como punto turístico esencial en la zona. Hoy conocemos al chef Sergio Rodríguez, uno de sus dueños, quien nos cuenta sobre su vida, sus afectos y qué lo llevó a embarcarse en este rubro.
“Yo vengo de una familia de clase media, media baja, donde el día a día se vivía con mucho trabajo, con mucho esfuerzo, con mucha austeridad, con muchas cosas que eran malas, con muchas cosas que faltaban. Pero tuve lo más importante: la imagen de familia, esa unión que hace que uno tenga contención”.
La presencia constante de tres de sus cuatro abuelos jugó un papel fundamental en la formación de Sergio. De ellos no sólo remarca su inclinación hacia el trabajo duro, sino también la propensión a ayudar siempre al otro. Así nos cuenta: “Recién hablábamos de tu mamá, de que siempre tenía una olla en la cocina a leña económica y que cualquiera que se acercaba a su casa iba a recibir un plato de comida caliente. Bueno, un poco es eso. En eso mis abuelos jugaron un papel fundamental.”
La familia de Sergio tiene una parte española y otra italiana y, según sus propias palabras, es ésta última la que predomina. Para él están muy presentes las memorias con su nona Rosa, quien lo buscaba en el jardín mientras sus padres trabajaban: “Me iba a buscar mi abuela Rosa al jardín, caminando siempre con la bolsa, buscando precios de las cosas, haciendo colas”, nos cuenta. Además, remarca que verla tan laboriosa en su día a día terminó por repercutir en su manera de percibir el mundo:
“Yo iba los fines de semana a rajatabla a su casa y antes de irme a dormir, a las 11 de la noche, ella estaba en la máquina porque cosía, haciendo vestidos de alta costura para “Awada” la famosa marca de la ex primera dama. Capaz que me levantaba al baño a las 3 o 4 y ella se había dormido sobre la mesa de la máquina. Y al otro día eran las 6 o 7 de la mañana y me despertaba el ruido del motor de la máquina. Eso te marca mucho, eso te transmite cosas como el valor del trabajo.”
Sergio también tiene imágenes grabadas de uno de sus abuelos que fue quien le inculcó desde muy chico la disciplina y los valores del trabajo:
“Mi abuelo, más allá de que toda su vida fue taxista o colectivero, cuando se jubiló nunca dejó de trabajar. Empezó a ser albañil pero la conducta que tenía era admirable. Él podía venir cansadísimo en la tarde y limpiaba todas las herramientas, las lubricaba, las secaba, las guardaba. Era impresionante”.
De este abuelo señala con mucho orgullo: “Era otra lógica, otra conducta. Los valores estaban muy a flor de piel y muy marcados”. Estar en contacto con esta ética de trabajo desde tan joven fue lo que determinó el éxito del que hoy en día goza su propio emprendimiento. Además, fueron sus abuelos quienes, de manera inconsciente, influyeron en su elección por el rubro vitivinícola.
“Mi abuela italiana -siempre digo lo mismo y lo digo bien-, me taladró la cabeza y me vivió hablando de su papá y de su abuelo que tenían el viñedo. Mi bisabuelo era muy conocido por cómo hacía injertos en los árboles frutales. Después de vivir una vida así, en donde en todos los días en algún momento te hacen referencia a alguna historia o a ese mismo tema, vos te encontras a los 40 años (que fue cuando compramos esta chacra) y decís ‘podría armar un viñedo’. Y vos decís, ‘¿de dónde sale esta idea?’ Mirás para atrás y evidentemente viene de tu ADN, de cómo te criaron, de lo que te hablaron, de lo que te inculcaron”.
Quizás en esta pasión familiar radique el éxito que Sergio y su familia han encontrado con “Viñas del Nant y Fall”, y que les permite trabajar al tiempo que disfrutan de sus labores.
Además de empresario y emprendedor, hay una faceta poco conocida de Sergio: su trabajo como docente de nivel primario. Al respecto nos cuenta que terminó sus estudios en la misma escuela en que su madre se recibió de maestra. Título en mano, ejerció la docencia por elección y con vocación. Aunque hoy en día no se encuentra frente a un aula, considera que “uno nunca deja de ser docente”, y nos cuenta sobre lo que más le atraía de esta profesión:
“Para mí, lo más importante de la enseñanza básica no es el conocimiento en sí, que es una herramienta básica para salir a la vida. Por encima de todo eso, el inculcar valores: el valor de compartir, de la igualdad, el valor de que partimos siendo seres humanos, de que somos todos iguales. Ese guardapolvo que se pone cada chico es el factor de igualdad primario”.
Además, nos señala que su elección por la docencia puede haber estado influida por la propia profesión de su madre, y recuerda: “Seguro que al verla a mi mamá, verla docente, verla con el delantal, el ir y verla delante del grado, el ver cómo ese trabajo le generó dignidad y le permitió llevar adelante a una familia”. Esta madre también aparece como un ejemplo de trabajo y sacrificio, de austeridad y presencia en la vida de sus hijos.
Respecto a sus comienzos como chef, señala que todo fue gracias a la oportunidad que le brindó el célebre pianista argentino, Bruno Gelber. Su historia juntos comienza de forma casual cuando Sergio trabajaba de taxista y le proponen ser su chofer. Tiempo después, logra convertirse en su administrador general y es aquí cuando Gelber le brinda la oportunidad de estudiar algo que le atraía inmensamente pero que escapaba a sus posibilidades económicas: ser chef. Como corolario de este vínculo recuerda momentos irreales como asistir al programa de Susana Giménez. La aparición de Bruno Gelber en su vida “marcó un antes y un después”.
Sobre su padre, Sergio nos asegura que pertenecía a una generación en la cual vincularse desde las palabras y el abrazo costaba mucho, pero que eso no implicaba que no lo sentía. Es más, señala que “se desvivía por nosotros”. Y, lo más importante para Sergio, es que era una persona sumamente positiva en la vida, además de incondicional, e imprescindible para el desarrollo del proyecto familiar:
“Él, junto con mi hijo Emmanuel, sostuvo cada poste que uno ve en el viñedo. Emmanuel apisonaba, nivelaba, y mi papá estaba ahí firme, teniéndolos. Entonces, para donde miras está mi papá, y eso toda la familia lo vive con mucha alegría”.
Estos afectos que marcaron su infancia también lo guían en la actualidad, sobre todo sus hijos del corazón, Emmanuel y Andrés, quienes trabajan a su par en el viñedo y la bodega. En este sentido, Sergio nos da una gran lección de amor y nos invita a “desestructurar” queriendo más allá de todo lazo sanguíneo.
“Los vínculos no tienen por qué ser de sangre. Hay que desestructurar porque ¿qué es ser hijo, y qué es ser padre? Es todo una construcción filosófica. Hay vínculos más profundos de padres e hijos sin haberse gestado. Creo que hoy nos tenemos que permitir ser libres en lo que sentimos, hoy más que nunca. Es más sano porque no está condicionado por nada, es por libre sentimiento, ni siquiera elección, se siente, no se elige”.
Al momento de despedirse Sergio quiere incursionar en una nueva profesión y propone con mucha seriedad: “Hay que hacer una nota tuya eh, porque vos siempre haces notas a los demás pero… Yo si querés te la hago, cambiamos los roles: yo me siento ahí y te empiezo a preguntar”. Y entre risas sellamos el compromiso para hacer realidad este sueño periodístico de Sergio.
A modo de reflexión final nos insta a disfrutar más de todo lo que tenemos y no alcanzamos a valorar, al mismo tiempo, nos subraya la importancia de estar agradecidos y honrar todo cuanto hemos logrado.
“Vivimos en un mundo en el que nos sobran cosas con respecto a lo que tenían nuestros abuelos o nuestros padres. Entonces, ¿de qué te podes quejar en el día a día que hoy la vida te brinda? Si en comparación tenemos muchísimo más de lo que ellos jamás hubiesen imaginado en su vida. Honremos todo lo que ellos padecieron para nosotros tener un mundo mejor, un día a día mejor. Honremos disfrutando de todo lo que tenemos, sobre todo de los afectos. Así que mi mensaje es ese: disfrutemos de todo lo que nos toca vivir.”