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18 de Mayo de 2025
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50 años sin Aníbal Troilo

El mito de su bandoneón y la obra que construyó en 60 años de vida, de la vieja guardia al impacto en los nuevos tangueros.

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Igual que en Gardel, en Troilo convergen el mito y el genio en dosis que el tiempo sigue acomodando lentamente, como construcciones en las que los materiales nunca dejan de trabajar. A medio siglo exacto de la muerte de Aníbal Troilo, el personaje parece replegarse sobre una dimensión iconográfica y literaria –hay testimonios y anécdotas tan formidables que podrían subsistir, por sí mismos, como mera invención–.

 

Por el contrario, la obra no cesa de expandirse, de manera prodigiosa, como un legado generativo: se multiplica en intérpretes, bailarines y epígonos, en las infinitas mutaciones que iluminan Sur, en cada nueva orquesta troileana y hasta en la migración digital de su discografía.

 

 
“Se te ocurrió la extraña travesura de no seguir viviendo y estrolarte en el largo amasijo de recuerdos”, le reprochó el poeta Cátulo Castillo, colaborador de Troilo en María y La última curda, durante el elogio fúnebre que pronunció en el cementerio de Chacarita. Pero su ausencia se convirtió, en la escena del tango, en ubicuidad.

 

Los primeros pasos
Aníbal Carmelo Troilo había nacido el 11 de julio de 1914 en el barrio de Almagro. Hijo de Felisa Bagnolo y de Carmelo Aníbal Troilo –que fue quien lo apodó Pichuco–, a los nueve años tuvo su primer bandoneón, y a los trece debutó oficialmente como músico en el Café Ferraro –de Córdoba y Pueyrredón– como único integrante varón de una orquesta de señoritas.

 

 

Los tres berretines, una película pionera del cine sonoro nacional dirigida por Enrique Susini en 1933, lo muestra fugazmente (con su cara de luna, peinado a la gomina) tocando en trío el tango Araca la cana, en un decorado de café porteño. Para entonces, el joven e ignoto Troilo ya había pasado por las experiencias decisivas del sexteto Vardaro-Pugliese y el conjunto de Juan Maglio “Pacho”, y ese mismo año de 1933 había formado parte de una orquesta ampliada de Julio De Caro –influencia clave para su generación–.

 

La orquesta de Elvino Vardaro y la de Juan Carlos Cobián fueron otros pasos significativos previos al debut con su propia típica, el 1º de julio de 1937, en el cabaret Marabú, donde comenzó otra historia.

 

“Cuando formé mi orquesta, mi ambición era muy definida: que los instrumentos frasearan en conjunto a la manera de Gardel”, le contó a Horacio Ferrer (El libro del Tango, Tersol, 1980). Su camino personal resume la evolución íntegra del lenguaje de la orquesta típica: empezó tocando “a la parrilla”, sin arreglos escritos, con los inspirados aportes del pianista Orlando Goñi, y en cinco años llegó al límite estilístico de la orquesta bailable con las audacias de Astor Piazzolla como arreglador.

 

 

La función del baile va a estar siempre presente para el director, junto con un sentido de la economía que impondrá a cada uno de sus arregladores: “Todos pasamos por la borratina, y siempre con una razón justificada”, dijo Julián Plaza. Pero no hay dogmas en el estilo, porque Troilo conecta en algún punto la expresión milonguera de Cachirulo, con el arreglo de Argentino Galván para Recuerdos de bohemia y el sonido de avanzada del longplay For export.

 

Porque Troilo es la fuerza centrípeta que, de un viejo tango de Filiberto, en arreglo de Piazzolla, y con una variación de bandoneón de Feliciano Brunelli, hace un himno personal intransferible: Quejas de bandoneón.

 

Joyas y éxitos
En su obra propia, las composiciones sin letra no son numerosas, pero el tango Responso y la milonga La trampera son joyas en su especie. En el cancionero, colaboró con Homero Manzi, José María Contursi, Cátulo Castillo, Enrique Cadícamo, Homero Expósito... Una lista de sus clásicos, limitada a su obra de la década de 1940 e incompleta, incluye Sur, Barrio de tango, Che bandoneón, Garúa, María.

 


Si sumamos a esto los datos de que instó a Cadícamo a ponerle letra a un tango olvidado de Cobián que se transformó en Los mareados, que fue quien estrenó Gricel (Mores y Contursi) y Tinta roja (Piana y Castillo), con la voz de Francisco Fiorentino, que consagró Cafetín de Buenos Aires, con Rivero como cantor, y que grabó Malena incluso antes de que lo hiciera su compositor, Lucio Demare… resulta claro hasta qué punto nutrió el canon del género.

 

Fuente: Clarín 

 

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