RED43 opinion
16 de Enero de 2022
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Rocío Paleari

El que está confundido, ese es el que te arruina la vida

La tercera nota de una serie sobre las distintas formas que puede tener el amor (o el desamor).

—No me diste tiempo para arrepentirme.

 

 

Leí tu mensaje desde las notificaciones. Tuve que tomar aire para no explotar del odio. Recién me había mudado a Esquel. Pensé que te podrías haber arrepentido antes. Te clavé el visto y te bloqueé. No sabía que tenía que darte tiempo para que te arrepintieras. Lo cierto es que ya lo habías hecho antes y confirmé que la tercera era la vencida.

 

 

Empezamos a tontear por un amigo en común. Cuando te conocí, yo estaba en mi mejor momento. Me faltaba muy poco para recibirme, estaba laburando en mi trabajo soñado, acababa de ganar uno de mis primeros reconocimientos por escribir. Surfeaba la cresta de la ola. Al principio pensé que eras raro, te costaba hablarme. Después me di cuenta que eras tímido y me divertí haciendo que te incomodaras. Al final, me pediste el teléfono y empezamos a salir. Yo me seguía mandando fueguitos por instagram con otras personas, me seguía viendo ao vivo con otros que también me gustaban. Hasta que te pusiste más demandante. Me apuraste con que habías borrado tu cuenta de Tinder. Sinceramente, me gustaba compartir tiempo con vos así que me fui despidiendo de todos mis otros amantes.

 

Girábamos juntos por la ciudad. Tomábamos birra en bares rancios. Escuchábamos banditas en centros culturales. Visitábamos museos. Solo vos y yo. Duró poco porque en donde me tuviste, me dejaste. Lo hiciste tres días antes de que me fuera de vacaciones. Y te lloré con ganas. Te lloré como si no fuera a besarte nunca más. Te lloré como si lo nuestro fuera un punto final.

 

Me equivoqué. A los quince días empezaste a reaccionar a mis historias otra vez. Al mes, cuando volví a la ciudad regia y bronceada me escribiste para vernos. Fingiste demencia, me trataste de exagerada, resumiste todo en una simple confusión. Yo sentí que se emparchaba algo que estaba desgarrado. Lo que no entendí en ese momento era que el desgarro que sentía era tu culpa y que lo único que estaba aplicando era un analgesico para poder seguir. Tapé el síntoma con lo mismo que lo había provocado.

 

De vuelta, duramos muy poco. En cuánto me tuviste, me dejaste. Esta vez, dos días antes de mi cumpleaños y diez días antes de la fecha pactada para la defensa de la tesis en la que llevaba meses trabajando. Me guardé las lágrimas, pero te odié profundamente. Trate de restarle importancia al tema. Todo me estalló en el cuerpo. Pasé mi cumpleaños con faringitis. El día antes de defender la tesis terminé en la guardia porque tenía tan hinchadas las encias que no podia hablar. Me habían enseñado a tenerle miedo a los intensos, pero nadie me había dicho que el que está confundido es el que te caga la vida. Me juré a mi misma que por eso no volvía a pasar. Me mudé al sur. Hice un esfuerzo por olvidarte. Y entonces, ¡PUM! la notificación llegó.

 

—No me diste tiempo para arrepentirme.

 

Con lo que vos no contabas es que yo esta vez sabía: a un intenso alcanza con decirle que no. Que vos no estás ahí. O que no están buscando lo mismo. O que sí, pero más tranqui, no a 240 en camino sinuoso. El que esta confundido te caga la vida. Te busca y te deja. Y cada vez que te deja, te deja un poquito más rota, más deshilachada. Entonces vos empezas a acomodar todo de vuelta. Intentas poner las cosas en su lugar, volves a coser los hilos. Pero, el señor que está confundido no te da tregua. Te ve bien y entonces vuelve para llevarse lo que cree que le pertenece.  Pero, ahora lo sabía. Como la yegua empoderada que soy te bloqueé. Porque a ese, al confundido, es al que verdaderamente tenía que aprender a ponerle los puntos. Ojo, no está mal estar confundidos, es válido y a todos nos puede pasar. Lo que está mal es que te lleven puesta en el medio de su confusión.

 

 

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