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15 de Diciembre de 2024
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Marisa Gomez

Como una mariposa

Leé la columna semanal de Marisa Gómez.

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- Por Marisa Gómez -

 

Tose, y se ahoga. 
Se sienta en la cama,  diez respiraciones cortas y tres largas, y este remedio, y este otro, y los otros. Eso le dijo el médico del hospital que controla a Estrella desde que nació. 

 

Ella mira los rayos del sol que se meten entre los huecos de las chapas de la piecita, y se olvida del basural a cielo abierto a cien metros.

 

Le molesta la espalda sudada. Y de nuevo la tos, el ahogo y el miedo. No quiere que la vuelvan a internar, y la llenen de cables y tubos.   
Espía entre las chapas. Afuera, su papá revuelve la tierra, busca lombrices, le prometió que lo acompañaría a pescar. Se coloca el pantalón, se estira la remera y se arregla el pelo. Su papá se lo cortó a lo varón y le dijo, es la única forma de sobrevivir aquí, en medio de tantos zánganos. 

 

Se acerca a su mamá, le acomoda un mechón de pelo rosa detrás de la oreja, le estira el vestido de lentejuelas y le tapa la bombacha. 
Pone la pava a calentar, prepara el mate, le echa yerba y hojas secas de salvia, menta, burro y cuanto yuyo encuentra en las caminatas con su mamá y papá.  

 

Tose, se sofoca, sale, levanta los brazos, se golpea el pecho, mientras mira el horizonte y ve las cientos de  gaviotas que planean. 
¿Tomaste los remedios y las pastillas?, le dice su papá y ella contesta, que sí. 

 

Estrella le alcanza a su papá, el mate y un trozo de pan con dulce, mientras escucha el concierto de las aves. 
Su papá coloca la caña y el tarro con las lombrices en el carro y le dice, buscá tu gorra, nos vamos.

 

Estrella entra, se acerca a su mamá, le llena los cachetes de besos y ella la envuelve con sus brazos y le balbucea al oído, mi dulce Estrellita, te quiero.  
Suben a la bicicleta. Estrella va detrás en la canasta. La brisa que empuja el olor del río le golpea la cara.  De su pecho sale un ruido como un ronquido. 

 

Las gaviotas no los abandonan.  
Llegan. Dejan la bicicleta a la sombra de los eucaliptos. Corren barranca abajo y se zambullen vestidos. El agua marrón los calma y les acaricia las nucas. 
Su papá sale, prepara la caña, agarra tres lombrices y las retuerce en el anzuelo, tira y contempla el rostro de su hija, radiante. Le arroja un beso.  

 

Estrella lo mira, hunde sus pies en el barro, siente como se le separan los dedos. Se mece, juega, hace círculos con los brazos y levanta esa agua oscura y se la arroja en la cara, en el cuello y en el pecho. Vuelve a mirar a su papá, cada vez está más lejos de la costa y del hospital. Sumerge la cabeza, la saca, la voltea hacia atrás como si deseara peinarse, hace la plancha y se llena los pulmones de aire. No necesita más esos tubos que la lastiman. La corriente la arrastra.

 

El remanso la atrapa, la envuelve, la hace dar vueltas como si fuese una calesita. Mira a su papá, arrastra un pescado fuera del agua. 
Abre los brazos como las alas de una mariposa y se deja llevar.

 

 

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