La piedra, la piedra…
Después de cenar, como todas las noches, el padre de Luz se perfuma, le da un beso apasionado a su esposa de esos que le parten el labio y le dice a Luz.
–¡Cuidá a tu madre! Vos tenés agallas.
Se va silbando. No lo detiene ni la lluvia, ni los truenos, ni los berrinches de la hija menor.
La madre de Luz cierra el portón, baja las cortinas, da dos vueltas de llave a la puerta del frente, enciende el televisor bien alto para tapar los ruidos de la calle, agarra las agujas de tejer y dale que va hasta la madrugada, hora en que el padre de Luz regresa. Si gana le llena la cara de besos y si pierde patea el macetero.
Luz, no solo acompaña a su madre, sino que le ayuda con April, la hermana, que desde chica fue de esas nenas molestas que lloran por cualquier cosa. De esas que se les ocurre un juguete y si no se lo compran, llora hasta ponerse bordó y después se desmaya.
Todas las noches, Luz la entretiene con las muñecas de goma, los osos de peluche, los libros para pintar, pero hoy sigue fastidiosa. Luz se acuerda de la bolsa con piedras que trajeron de la playa y las desparrama en el suelo para que April juegue.
Su hermana abre la boca como los moncholos del río Paraná, muerde las piedras, las chupa como caramelos, hace gárgaras, coloca una en el medio de la lengua y emite sonidos de elefante, ubica otras a cada lado de su boca e imita al vecino de la esquina, grandote para la edad y pedante como su padre el verdulero.
Luz pinta su libro de cuentos y se olvida de la hermana hasta que la ve venir caminando como los robots, se pega en el pecho, se aprieta su garganta con ambas manos, se mete los dedos cortos y gordos en la boca.
–¡Me tragué una piedra! –grita desesperada y después se ríe como si fuese una gran hazaña tragarse una piedra.
La madre se para, abandona el tejido y corre al dormitorio. Siempre hace lo mismo, ante cada problema busca el rosario de perlas de nácar y arrodillada frente a la cruz con el Diosito, reza en voz alta el Padre Nuestro y el Ave María. Repite los actos de fe que aprendió en el colegio de la Misericordia los años que estuvo pupila. Reza hasta que el padre de Luz llega.
–¿Qué pasa acá? ¿Por qué esa cara, Luz? ¿Dónde está tu madre? Que tiene que darle un beso al grande de su maridito.
Luz se acerca y le habla en el oído porque April se durmió en el suelo y no quiere que se despierte y empiece con el circo de la piedra. Su padre la escucha atento, mientras que su madre sigue rezando en el cuarto.
–No pasa nada, tranquila Luz, ya se la tragó, pero hay que asegurarse que la cague. Ahora se viene el verdadero problema y te toca a vos por ser la más grande. Tu madre es muy débil – le dice muy serio.
Va a la despensa y trae un hierro de veinte centímetros.
–Esto te va a ayudar – y se ríe.
–No entiendo… ¿Qué hago con esto?
–Es para revolver …
–¿Qué?
–Hay que encontrar la piedra. No me mires con esa cara y pará con las arcadas.
Marisa Gomez