El comienzo de la jornada mostró tonos rojizos, rosados y anaranjados al borde del Cerro 21 de Esquel. Este cambio de coloración es el resultado de un proceso físico denominado dispersión de Rayleigh, el cual se potencia de manera notable durante las mañanas de invierno en la cordillera.
La luz que emite el Sol contiene todos los colores del espectro visible. Al ingresar a la atmósfera terrestre, interactúa con los gases y las partículas en suspensión. Los tonos azules poseen ondas cortas que se dispersan con facilidad en todas direcciones, razón por la cual el cielo se observa de ese color durante el mediodía.
Sin embargo, la situación varía a la mañana temprano, cuando el Sol se encuentra muy bajo en el horizonte. En ese momento, los rayos solares ingresan con un ángulo inclinado y deben recorrer una distancia hasta diez veces mayor a través de la atmósfera para alcanzar la superficie de nuestra localidad.
En ese trayecto tan extenso, la luz azul se dispersa por completo antes de llegar al suelo. Por el contrario, los tonos rojos y naranjas tienen longitudes de onda más largas, lo que les permite sortear los obstáculos gaseosos y atravesar la atmósfera casi en línea recta.
Esta particular variedad de tonos se incrementa en Esquel por las características climáticas actuales. El sol realiza un recorrido más bajo y el proceso del amanecer es más lento. Asimismo, el aire frío, denso y seco de la temporada en la zona cordillerana, sumado a la pureza ambiental del hemisferio sur, favorece que la atmósfera funcione de manera limpia, permitiendo percibir el espectro rojo con total nitidez. Para apreciar estos fenómenos que nos brinda la naturaleza, tenemos que levantar más la mirada al cielo y mirar menos nuestras pantallas.