RED43 opinion columna
22 de Marzo de 2016
opinion |

Escuelas rurales cerradas, éxodo rural a las ciudades

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El éxodo rural es un proceso histórico de arrastre, una de las consecuencias directas de la sociedad industrial. Establecidas las nuevas fábricas en las grandes urbes, en especial las portuarias, miles de trabajadores rurales emigraron a ellas en busca de trabajo y nuevas condiciones de salario y de vida. En nuestro país este proceso se verificó desde los finales de la década del ’30 y se acentuó, primero en épocas del primer peronismo y luego durante el período desarrollista. Miles de campesinos se convirtieron en proletarios urbanos, sindicalizados y politizados. Crecieron las villas de emergencia en los cordones fabriles de las grandes ciudades como Buenos Aires, Córdoba y Rosario.
En la Patagonia este proceso se vivió más tardíamente, salvo el caso de los enclaves petroleros, como por ejemplo, Cutral Có-Plaza Huincul y Comodoro Rivadavia, y en cierto modo en Trelew y Neuquén. Sin embargo, subsistía una interesante población rural dispersa que se aglutinaba cerca de las escuelas rurales. Dicho de otro modo, peones de estancias y crianceros o minifundistas enviaban a sus hijos a escuelas pequeñas rurales, a veces de un solo maestro-director, debiendo caminar los chicos hasta más de una legua para recibir una mínima instrucción y acceder a precarios servicios alimenticios, copa de lecho o comedor escolar. En muchas de ellas, atendiendo a este grave problema, la distancia, y sus secuelas directas, el cansancio y el ausentismo, algunos directores avanzaron en las décadas del ’50 y del ’60, a crear precarios albergues.

En el Chubut, mientras ésa era la dura realidad de muchas escuelas nacionales, el nuevo estado provincial fue creando las denominadas “escuelas con internado”, en las cuales funcionaba un gran albergue, creado con esa intención: alojar durante el año a niños en edad escolar que vivían lejos de cualquier escuela y ofrecerles una atención integral: higiene, albergue, cuidado, atención médica y educación. Extrañamente, muchos de esos edificios se construyeron en lugares aislados, alejados de pueblos o ciudades, dificultando la resolución de urgencias médicas con una población escolar de más de un centenar de niños, o eventuales rescates ante incendios, como ocurrió en Fofo Cahuel en 1983. A veces más castrenses, a veces menos, los “internados representaron una solución en la instrucción pero acentuaron el desarraigo. Dolorosas escenas se registraban cuando muchos niños debían separarse de sus padres en plena meseta para ir a “internarse” a establecimientos en plena cordillera o al suroeste de la provincia. No habrían faltado bolicheros que obtendrían beneficios adicionales cuando al llegar el receso invernal llevaban a algunos chicos a sus casas y además de dejar víveres, “cobraban” el viaje. No habrían faltado docentes-bolicheros-acopiadores que aceptaban alumnos a cambio de frutos del país por parte de los padres crianceros, según tantos rumores rurales de años atrás.
No obstante, esos internados ampliaron la red de empleos estatales allí donde había poco o nada, favoreciendo a muchos pobladores aledaños, en especial mujeres.
Sin embargo quedaban en pie hasta los años ’80 numerosas escuelas rurales pequeñas con baja matrícula, uno a tres maestros, jornada simple, un comedor, muy aisladas y sostenidas con el esfuerzo de los docentes y la presencia muchas veces discontinua de fatigados alumnos que vivían en las cercanías o lejanías de la pequeña escuela del paraje. El empobrecimiento del campo en esos años, la baja pronunciada del valor de la lana, la necesidad de ingresos familiares, las expectativas no siempre sinceras que brinda el proceso de urbanización, aceleraron entre los ’70 y los ’90 el éxodo rural. Muchos fueron a parar a los suburbios ciudadanos como mano de obra barata, las niñas como empleadas domésticas mal pagas y mal tratadas y los padres, acomodándose en casas de familiares o lotes fiscales en barrios pobres, haciendo changas estacionales en el campo.
Una cosa trae la otra, dicen. Y así, se fueron cerrando muchas escuelas rurales de parajes aislados mientras otras agonizan hoy con bajísima matrícula, mientras que en las ciudades se fueron abriendo nuevas escuelas grandes, en especial en barrios periféricos. Nuevas escuelas, nuevos problemas sociales. En cierto modo, la extensión del Tercer Ciclo de EGB Rural, por un lado, la creación de escuelas secundarias de modalidad “semipresencial” primero, polimodales hoy, facilitaron lo que tantos padres y docentes deseábamos dos décadas atrás: que los alumnos primarios pudiesen seguir sus estudios en sus propios pueblos del interior o en los más cercanos en ves de ir a las grandes ciudades y arriesgarse a fracasar especialmente por el desarraigo y el “extrañarse”, es decir, sentirse extraño, no perteneciente a ese lugar, ese sitio ajeno.
El ejemplo es contundente en la zona Oeste del Chubut, en la región relativamente cercana a Esquel. Anécdotas de maestros ya jubilados, chóferes del Ministerio, ex supervisores escolares y pobladores, antes alumnos, nutrirían una posible investigación rigurosa en este tema. Existía una larga lista de escuelas que funcionaban regularmente en esta región; fueron desapareciendo con el correr de los años. Muchas veces se manifestó que una de las causas era la mala atención docente, lo cual es relativo, dependen de cada caso en particular. Muchos maestros se desvivieron por atender a esos alumnos que llegaban mojados de lluvia, nieve o escarcha, sin buena ropa y generalmente con hambre. Y además, lo que era sustancial, les enseñaban lo fundamental. Otra causa era la necesidad de trabajo y muchos chicos se ausentaban en tiempos de esquila para trabajar por propinas como “barrenderos” o “corraleros”, y más adelante no terminaban el ciclo primario para transformarse primero en “ovejeros alfabetizados” para ser luego “analfabetos por desuso”. Otros docentes, no sé si tantos, fueron desatendiendo las escuelas y se ausentaban después de los fines de semana o antes o después del receso escolar varios días. El aislamiento, la falta de comunicaciones, el difícil acceso a la actualización profesional y eventos culturales, el silencio de los parajes solitarios tras la jornada de trabajo fueron minando sus energías.
Hicimos un relevamiento muy superficial y estrictamente anecdótico con un chofer de la Supervisión Escolar de Esquel hace pocos días. En los años ’60 funcionó una escuela en El Mayoco, la estación del ferrocarril La Trochita (Jacobacci-Esquel), creada a instancias del búlgaro Mercoff y otros ferroviarios; cerró antes del’80. Otra funcionó en Cañadón Grande, paraje ubicado entre Costa del Lepá y Costa del Chubut, clausurada cerca de 1978. Sobre la ruta de Corcovado a Tecka había dos escuelas: una en la Estancia Pampa Chica, cerrada cuando se inauguró en 1978 el Internado en Tecka, y en Barrancas, que dejó de funcionar a mediados de los ’80. Otra escuela se ubicaba en Pocitos de Quichaura, cerca de las sierras de Tecka, cuyos alumnos también pasaron al Internado mencionado. En la estancia Shaman, cerca de Gobernador Costa, había una escuela, otra cerca de Leleque, otra en Nahuelpan; en 1969 cerró sus puertas la Escuela nº 108, llamada comúnmente “Chacras de Austin”, cerca de Esquel. Sobre las orillas del Lago 3 había otra escuela, cuyas dependencias existen todavía. Y hay muchas más en la estepa patagónica que corrieron igual suerte o desgracia.
¿Qué se hizo de estos edificios? Fueron desmantelados, muchas veces por el mismo estado que, en épocas de grandes carencias aprovechaban parte de su estructura (techos, puertas y ventanas, armarios, mobiliario, cables, cocinas…) para solucionar necesidades en otras escuelas que funcionaban. En otros casos, manos anónimas, aprovechando la soledad de los espacios circundantes, hicieron la clásica tarea de rapiñar lo que quedaba. Hoy son taperas, mudos testigos de lo que fue en otros tiempos: bullicio, campana, guardapolvos blancos, bandera en el mástil, algo de instrucción, algo de arraigo y de felicidad transitoria.
El progreso urbano tiene sus costos. ¿Serán ésas las causas de tanto desarraigo y exclusión? Quizás un estudio pormenorizado de estos casos dentro de este proceso social de éxodo rural nos permita valorar el esfuerzo que las comunidades y el estado deben hacer para arraigar y mejorar la oferta en el nivel secundario en pueblos como Río Pico, Corcovado, Tecka y Gualjaina en la actualidad, y la oferta en escolaridad rural en los parajes donde las escuelas aún tienen matrículas interesantes. A la vez, ¿qué pasará en aquellos rincones donde subsisten escuelitas pequeñas, con pocos alumnos y docentes, cuyo futuro se avizora como riesgoso?
Quizás una de las soluciones pase por mejorar las condiciones de vida y trabajo en las periferias urbanas, alentando la radicación de puestos laborales que permitan eliminar el asistencialismo extremo, piedra basal del clientelismo político y la dependencia a los caudillos barriales y a los partidos gobernantes. Otra ser “volver al campo”, eliminando el latifundio injusto e improductivo, generar población y trabajo en la zona rural, especialmente a través de la propiedad de la tierra para tantos campesinos sin ella, y sobre todo, frenar los desalojos y las ventas de lotes a empresas y magnates extranjeros en tiempos de desvalorización de nuestra moneda frente al dólar y al euro.
Mientras tanto, las que hoy son taperas y ayer fueron escuelas, son los duros y crueles testimonios de este “progreso” de los tiempos globales y posmodernos. Material para los historiadores, ante la hermosa tarea de “hacer historia” aunque sea con los restos de comunidades como si se trabajase con elementos propios de un gran cementerio escolar.

 

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