El delito a través de la historia puede ser investigado al menos por tres fuentes básicas: archivos judiciales, memoria oral y periódicos. En Esquel recurrimos a los tres tipos de fuentes para esbozar historias del delito en la región.
Los archivos correspondientes al Juzgado Letrado no están aún a la vista del público. Dicho juzgado empezó a funcionar en 1933, su sede era sobre la calle 25 de Mayo casi esquina Av. Alvear, del lado céntrico, y su primer juez fue Ramón Castillo (h), homónimo de su padre, quien años más tarde fuera presidente de la nación en pleno período del fraude. Estos archivos están en proceso, largo y lento, de limpieza, ordenamiento y catalogación.
La memoria oral, rica y variada pero imprecisa. Los historiadores hallamos en ella una fuente maravillosa de datos y anécdotas y el modo de representarnos la vida cotidiana de décadas atrás a través de las representaciones de los protagonistas o testigos, pero podemos incurrir en errores de fechas y lugares al no poder contrastar, a veces, dichas informaciones con fuentes más concretas.
Los periódicos también son fuente de datos y como siempre, sus editoriales son reflejo de las ideas que sustentan el grupo editorial o sus dueños; en todo caso, algún director-propietario. De ese modo, la selección de cartas y noticias, la forma que se les da a los titulares, el tipo de tratamiento que el caso recibiese, son detalles a considerar a la hora de la lectura analítica. Más morbo en ciertos casos, en otros, mucha carga negativa hacia tal o cual personaje; en otros, el silencio absoluto. Así, EL LIBRE DEL SUR criticaba al ESQUEL y el ECO DEL FUTALAUFQUEN criticaba a ambos, y cada uno podía dar su imagen, su perspectiva, obviamente intencionada, de cada noticia.
Consultados entonces varios vecinos memoriosos y también los semanarios y diarios del pasado esquelense guardados en la Hemeroteca Municipal, es posible dar cuenta de algunos casos emblemáticos, breves referencias de asuntos policiales en los cuales el delito configuró el eje de alguna investigación o instrucción policial, un sumario y actuaciones de la justicia penal, o simplemente asuntos que la prensa y los vecinos juzgaron interesantes y así lo consignaron, en la tinta y en sus recuerdos.
En toda la región, durante los primeros años del siglo XX, un tema policial dominaba las conversaciones cotidianas: las actividades de bandidos que asolaban la Patagonia robando y asesinando en casas de comercio, estancias y poblaciones aisladas. Seguramente las acciones de la banda de Cassidy atrajeron a otros bandoleros de diversa nacionalidad. Para colmo, la creación de la Policía Fronteriza, conducida por el mayor Gebhart, agudizó los problemas, dado su carácter represivo y antipopular.
Hacia 1911, los bandidos norteamericanos Evans y Wilson y el criollo Gibbon tenían atemorizadas a las poblaciones al sur de Esquel; llegaron hasta Río Percy y mataron a un comerciante italiano. Fueron avistados en el cañadón cercano al pueblo por el vecino Fortunato Fernández quien dio inmediatamente la noticia al comisario Dreyer. Con el apoyo del vecino como baqueano, salieron a patrullar en búsqueda de los criminales y al encontrarse, hubo un fuerte tiroteo entre ellos. Una nueva patrulla salió en refuerzo pero ya se habían fugado. El infortunado Fernández quedó malherido en las piernas y el médico Hugo Roggero debió amputarle una de ellas. Ese lugar fue denominado “Cañadón de los Bandidos” y Héctor Garzonio recreó la situación en un relato publicado hace varios años.
En Esquel, en cambio, la vecindad creciente, el telégrafo y la existencia de una guardia policial mínima, hacían la vida un poco más tranquila. Borracheras, agresiones físicas, abuso de armas, hurtos, eran las denuncias más comunes. Casi no aparecen en la prensa reclamos por prostitución, sí era habitual la crítica sobre los juegos de naipes por dinero, hábito de los parroquianos, tolerado por las autoridades durante mucho tiempo. No obstante, de vez en cuando, se realizaban procedimientos.
De la lectura de los diarios de Esquel, se rescatan algunos interesantes, llamativos, incluso tragicómicos, por lo menos en la letra de los periodistas de turno. Otros, sencillamente, encarnaban la soledad, promiscuidad y miseria.
El 21 de febrero de 1925, el semanario “El Libre del Sur” comentaba que días antes “…el Sub-Comisario Claps y dos agentes, allanó el domicilio del Sr. Francisco Garrido (y) ya en el interior, pudieron comprobar que cuatro vecinos de ésta se entretenían en jugar al pócker, por lo que procedieron a la detención de ellos, secuestrando al mismo tiempo la suma de 130 pesos m/n y una cantidad de fichas.”El semanario decía que al día siguiente habían sido detenidos, y luego liberados bajo sumario. Pero agregaba: “Referente a la actitud del Sub-Comisario, mirándola bajo el punto de vista moralizadora, está muy bien, pero nunca debió violar el dormitorio del Sr. Garrido como lo hizo…” y suponía que no había habido autorización del Juez. “Por otra parte, la Policía debe repeler cualquier agresión y sacar sus armas cuando se vea amenazada, y no es propio penetrar donde hay vecinos pacíficos, con revólver en mano. Opinamos que los que estaban jugando deben estar curados de espanto (…) Figúrense nuestros lectores: uno se encuentra perdiendo y en una jugada manda su resto para desquitarse y al levantar la cabeza se encuentra con un 44 pegado a la oreja. En Monte Carlo han muerto un número considerable por mucho menos.”
Cabe consignar que el mencionado Francisco Garrido era un conocido vecino, comerciante, propietario de un hotel muy visitado en el pueblo; además, por su actuación política local había ocupado cargos de concejal y dirigido alguno de los dos o tres grupos que concitaban cierta adhesión de las “fuerzas vivas” de Esquel en esos años. Incluso, militaba en uno adverso al que pertenecía el propietario de “El Libre del Sur”.
El semanario terminaba de modo contundente: “Si el funcionario de Policía aludido viene a Esquel en carácter de proceder con justicia, “El Libre del Sur” aplaudirá todo acto digno de elogio, pero también censurará las incorrecciones que se cometa en contra de los vecinos del Territorio.”
Mientras un Jefe de Policía anunciaba que el Territorio del Chubut ya no estaba anarquizado por delincuentes, en la prensa se conocían detalles de actitudes de agentes, tal como la baja con prohibición de ingreso en la repartición dada al policía local José López, “…por no cumplir sus compromisos con el comercio local y embriagarse estando de servicio…” y las autoridades de la Jefatura aseguraban “…que todo aquel que dejare de pagar sus cuentas será inmediatamente expulsado de la Repartición.” según “El Libre del Sur” del 21 de marzo de 1925.
En 1926, cartas de lectores denunciaban actitudes similares en Trevelin contra vecinos o trabajadores y en Esquel las detenciones en la calle por averiguación de robos. Las notas, además de informar los sucesos, iban acompañadas de extensas reflexiones moralistas y acusaciones a las autoridades policiales.
Héctor Garzonio cuenta la anécdota de Serafín Bustamante. Cerca del ’34, con unos amigos jugaban en el campo, que en ese entonces era entre la chacra de los Freeman y cerca de la actual Sociedad Rural. Había un comisario que vivía enfrente, en la casa de verjas grandes. Se llamaba Oyhanarte, radical, venido a Esquel castigado. “Era un tipo muy culto, muy capaz, inteligente.” Tenía auto, cosa rara entonces, un Dodge cerrado atrás, y solía llevar a los chicos de paseo. En uno de esos paseos con el comisario, por los faldeos cercanos a la Sociedad Rural, entre las chacras, huella hacia Trevelin, recibieron una descarga cerrada. Los tiros rebotaron en la chapa. “El comisario volvió hasta la Rural, allá paró, estuvo meditando, hizo que todos nos tirásemos al piso y decidió volver pero ya no había nadie.” Fue por una patrulla y camino a la laguna La Zeta, en un sembrado de avena, tras un tiroteo, apresaron a los agresores. “Los pistoleros estaban con los caballos cansados (…) y se habían escondido ahí.” Era Serafín Bustamante, un peligroso bandido, muchas muertes en su haber, y un grupo de secuaces. Los llevaron a Rawson tras el juicio, pero más tarde los trajeron a Tecka, que era jurisdicción más importante. Ese comisario, Oyhanarte, era entonces jefe.
Según se cuenta, cuando se presentan, Oyhanarte habría matado a Bustamante, quien, decían, había jurado vengarse. En el legajo, sin embargo, habrían hecho figurar que lo mató en defensa propia. Un sargento de apellido Guyone, hombre de confianza del jefe, aseguraba que se le había adelantado. Oyhanarte manifestaría después que era su vida o la del pistolero. Bustamante asaltaba ramos generales y casas de campo. La realidad del campo, semivacío, pocos telégrafos, vecinos alejados, beneficiaba a los malhechores. “La gente les tenía temor. No eran bohemios como los bandoleros norteamericanos sino ladrones sanguinarios.”
Ismael Oyhanarte era oriundo de Rojas, en la provincia de Buenos Aires. Llegó al territorio del Chubut en 1924 y se desempeñó en la fuerza en Gastre y Paso de Indios antes de establecerse en Esquel. En 1930, el golpe militar declaró numerosas cesantías, entre ellas la del comisario, quien más adelante será repuesto en su trabajo. También actuó en Tecka y se dice que tuvo que ver en el proyecto del edificio entonces, moderno, de la comisaría. Según el diario “Esquel” 25º Aniversario, el hombre era “Ni demasiado autoritario ni muy blando (…) auténtico defensor de los intereses privados (y) un implacable perseguidor de los delincuentes (…) En el año 1943, cuando llegó la hora de los atropellos a quienes podrían obstaculizar la conversión de la Argentina liberal en intolerante (…), sufre de nuevo una medida oficial dejándolo cesante….” No obstante, en 1946 tuvo la oportunidad de que se le restituyera en el cargo, pero Oyhanarte se negó y se retiró definitivamente. El “Esquel” exaltaba su figura criolla, su filantropía, amigabilidad y el respeto ganado entre los vecinos donde había actuado. Hacia 1950, vivía en Esquel.
Fernando Macayo cuenta la muerte del comisario Podestá. Él conoció al comisario Rodolfo Podestá, muerto en una trifulca por Carlos Gago Viera, director del semanario “Eco del Futalaufquen”, periódico que siempre denunciaba atropellos. “Estos comisarios se sentían casi dueños del pueblo. Podestá tenía una rivalidad particular con el periodista, quien le había sacado una nota sobre atropellos a un gerente de La Anónima, un tal Martínez, recién llegado, que había sido maltratado y encarcelado por un hecho trivial. La gente comenta que un día tienen una gresca en el bar Armonía. El comisario lo provoca, lo insulta y luego pelean con armas de fuego en la calle, en la esquina de 9 de Julio y 25 de Mayo; Gago Viera saca un revólver antes, lo mata y es llevado preso.” Dice que su hijo menor siguió la carrera de policía; tuvo muchos problemas por ello y más tarde decidió dejar la repartición. En la comisaría de Esquel se exhibe una placa en su memoria, colocada en un acto al año del suceso; allí dice que Podestá había cumplido con su deber. No obstante algunas críticas al ex comisario, varios antiguos vecinos tienen referencias de Podestá como una persona apreciada y que su muerte causó indignación. Hay fotografías de su sepelio y se pueden apreciar muchos automóviles y público en el cortejo.
El caso es narrado por “El Libre del Sur” del 15 de mayo de 1936; había sucedido la tarde del domingo 9. El semanario no ahorra palabras y metáforas para solidarizarse con la viuda y los amigos del comisario, al cual ubica como un héroe, hombre probo y amigo de todos, severo pero paternal y otras tantas frases laudatorias al extremo. Mientras, el director del otro periódico, ex director del mismo “Libre del Sur” en la década anterior, es tratado de asesino varias veces, implacablemente, sin nombrarlo. En otra nota sintetiza los hechos y la mirada no es exactamente como la del vecino ya mencionado.
En distintas mesas ambos personajes habían estado jugando, en el Bar Armonía, a las cartas sin dirigirse la palabra. Salió Podestá y casi a la par lo hizo Gago Viera. Discutieron y el policía intentó tomarlo del brazo. Aparentemente éste lo amenazó con su arma reglamentaria y aquél, tras el forcejeo, sacó la suya y le disparó al menos dos veces. Podestá cayó pesadamente golpeando la cabeza sobre el umbral. Habría muerto instantáneamente producto de uno de los disparos que le atravesó la mejilla. Llegaron efectivos y testigos, el doctor Fermín Manghi, médico que llevó al comisario a su consultorio, el juez letrado y otros personajes que habían salido inmediatamente del bar. Gago Viera, cuando lo detuvieron, dijo: “Me dio una bofetada y tiré.” El cronista también describe datos de la autopsia.
El cortejo fue imponente; mucho público siguiendo a los carruajes por las calles, flores, guardia de honor y discursos en la capilla ardiente y en el cementerio; también cuando el cuerpo llegó a El Maitén, destino Jacobacci y por tren a Buenos Aires; más notas de condolencia mediante cartas y telegramas oficiales dirigidos a la viuda. Un año después se colocaba la placa en la comisaría, la que hoy subsiste.
Un tema que en 1925 ocupó a los vecinos que exageraban comentarios de todo tipo, fue el caso del hijo muerto de una tal señora de Jara. Una noche, llegó a manos del Dr. Shajman una carta pidiendo su auxilio. Cuando llegó al domicilio, la mujer le informó que su bebé había nacido muerto. Posteriormente se quejaría porque, según ella, el médico la habría tratado muy mal, llegando incluso a acusarla por suponerla culpable de la muerte del niño. El médico pidió a la Justicia la autorización de una autopsia mientras el Juez de Paz le exigía un certificado de defunción. La autopsia, hecha con el Dr. Despontín, arrojó datos concluyentes; había muerto desangrado. Se adjudicó la culpa a la madre por negligencia y a la curandera, una tal Ulloga, que habría intervenido. El semanario “El Libre del Sur” realizaba una extensa nota en la que se dejaba bien parados a los médicos, frente a muchos comentarios negativos que se deslizaban entre la gente del pueblo.
Extrañamente, la revisión de numerosas ediciones del “Esquel” y de “El Libre del Sur” no permite identificar casos de incendios en el pueblo en las décadas del ’20 al ’40; es de suponer que se producirían de vez en cuando y no sería sencillo apagarlos dado que no existía un cuerpo de bomberos adiestrado y preparado para tales circunstancias, aunque una dotación estaba a cargo de la Policía. En cambio, se comentaban a veces los terribles incendios de campos y bosques en la zona. También se daba noticia de bandoleros en las zonas rurales patagónicas.
El diario “Esquel” era más sobrio y serio en materia de “policiales”, aunque algunas notas rayaron en lo macabro. A mediados de 1956, dos noticias sacudieron a la opinión pública.
Una trataba de la muerte de una beba encontrada en un pozo ciego, y otra se refería al hallazgo de restos humanos en el arroyo. Los periodistas, decía el medio de prensa, habían hecho algunas averiguaciones con Policía y Gendarmería, y en varias ediciones iban entregando las novedades.
En el primer caso, la beba estrangulada fue hallada en el pozo ciego de la casa de un gendarme cerca de la estación del ferrocarril; el diario mencionaba que varios vecinos “menesterosos” habían desfilado en la morgue local para reconocer a la criatura, hasta que una señora logró identificarla. La madre resultó ser una joven de veintidós años que confesó haberla estrangulado porque lloraba demasiado.
La otra noticia se refería a una denuncia de un poblador cercano al arroyo, quien habría dicho a Gendarmería que por su casa había encontrado “…un garrón de cristiano.” El resto tendría cuatro o cinco años de muerto y no era el único; el diario describía que en un islote, un perro mordía una cabeza mientras una vecina, a los gritos, trataba infructuosamente de sacársela. Los periodistas y la Gendarmería obtuvieron información del cementerio. Un grupo de vándalos había profanado bóvedas y tumbas “…con fines inconfesables…” y había sustraído los restos de una mujer trasladada desde Comodoro Rivadavia, para cuyos restos aún no se había terminado de construir el nicho, y esos vándalos no habían tenido peor idea que arrojarlos por los barrios de abajo. Las noticias de los fusilamientos y el abortado golpe peronista del ’56 desplazaron estas novedades que no tuvieron continuidad inmediata.
En “Recuerdos de un abogado patagónico”, libro de los ’80, el abogado Julián Ripa describe muchos casos que merecieron su trabajo. Robos de efectos personales, duelos de borrachos, acusaciones de vecinos, violaciones de menores, muchas veces a cargo de sus propios familiares mayores. Muchos de esos casos habrán llegado a la prensa. Estas narraciones corresponden a casos de los años ‘40al ’50.