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29 de Junio de 2016
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Sergio Sepiurka presenta su nueva columna literaria en RED43: Borges, siempre Borges

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Cuando escucho nombrar a Jorge Luis Borges, siempre viene a mi mente una imagen suya, llegando del brazo de una conocida profesora de literatura al Colegio Nacional Buenos Aires, donde cursaba mis estudios en la convulsionada primavera de 1975.
Estábamos en la vereda del Colegio que bullía de debate político. Borges apoyaba su bastón sobre los escalones de acceso al Colegio con su cabeza levantada, como buscando el sol. Apenas lo identificamos, escuché decir “ahí va ese gorila hdep”.
Hubiera querido regresar al Colegio para conocerlo y escucharlo, pero no lo hice. Entraba Borges y lo dejamos pasar de largo. Sentí vergüenza de mi impulso por seguirlo; y me ganó el prejuicio, la estrechez de la ideología. Como a generaciones de argentinos.
No volví a verlo jamás y les aseguro que todavía siento remordimiento; quiero creer que el que lo dejó ir no era yo sino el otro, pero ninguno de los dos tenemos consuelo. Aunque el genial Borges se empecina en seguirnos de las formas más variadas. Una poco recordada sentencia suya me impactó luego de Malvinas:
“Los argentinos podemos seguir hundiéndonos infinitamente” sonora ironía que puede ser interpretada con un sentido fatalista (“somos irrecuperables”) o esperanzador (“somos inagotables”). Llegué a Esquel en 1986, días después de su desaparición. Cuando en junio de 1995 visité Ginebra, fui hasta su tumba en el Cementerio de los Reyes, donde algunas flores permanecían junto a su lápida, fruto de algún homenaje reciente. No entendí el texto.
Quince años más tarde incluimos una frase de sus Ficciones en nuestro libro “La Trochita. Un Viaje en el Tiempo y la Distancia en el Viejo Expreso Patagónico” (2001) con Jorge Miglioli, gracias a la sugerencia de Cacho y Carmen Masacesse.
“Alguna vez durmió y en sus sueños estaba el ímpetu del tren. Ya el blanco sol intolerable de las doce del día era el sol amarillo que precede al anochecer y no tardaría en ser rojo. También el coche era distinto; no era el que fue en Constitución, al dejar el andén; la llanura y las horas lo habían atravesado y transfigurado.”
Enseguida descubrimos que, aunque Borges nunca estuvo por aquí, dialogó animadamente en Buenos Aires por una semana en 1976 con el escritor norteamericano Paul Theroux, quien había viajado en tren desde Boston hasta Esquel atravesando las Américas. Theroux iría construyendo a lo largo del viaje una crónica fascinante hecha de encuentros azarosos, anécdotas suculentas y personajes unas veces estrafalarios y otras veces entrañables, entre los que se destaca el mismísimo Jorge Luis Borges. Fue justamente Borges quien le advirtió que “En la Patagonia no hay nada. No es el Sahara, pero es lo más parecido que se pueda encontrar en Argentina.” Aunque Theroux prosiguió igualmente su trayecto en tren hasta Esquel, para terminar su viaje y su libro. La obra, llamada inicialmente “En tren, a través de las Américas” y luego “El Viejo Expreso Patagónico” (nombre de su último capítulo), fue desde 1979 un suceso mundial cuyos textos proyectan imágenes de Esquel y su tren por el mundo entero:
“Era un tren a vapor, y por primera vez desde que dejé mi casa deseé haber traído conmigo una cámara, para sacarle una foto. Era como un samovar loco sobre ruedas, con parches de hierro en su caldera y cañerías goteando en su parte inferior, y válvulas con fugas y codos de metal que arrojaban chorros de vapor hacia los costados. Quemaba petróleo, por lo que no eructaba humo negro, pero tenía un problema bronquial, ahogándose y jadeando en las cuestas y resoplando curiosamente en las bajadas, cuando parecía fuera de control. Era de trocha angosta, y sus pequeños vagones, de madera. La primera clase no estaba más limpia que la segunda, pero los asientos tenían el respaldo más alto. Todo el artefacto crujía, y cuando tomaba velocidad, lo que sucedía muy pocas veces, hacía tal barullo de enganches chocando y traqueteo de ventanas y quejidos de madera que me daba la impresión que se encontraba al borde de reventar, simplemente saltando en pedazos y cayendo allí al costado, en uno de los cañadones secos…Parecía una maravilla que una máquina vieja como ésta pudiera seguir funcionando, y comencé a ver los jadeos de la locomotora más como una prueba de energía que de debilidad…La locomotora que me había traído hasta Esquel parecía abandonada al costado del andén, como si no fuera a funcionar nunca más. Pero a mí no me quedaban dudas que guardaba energía para cien años más”.
Después de todo, reflexionaría luego Theroux, en un pequeño libro titulado Retorno a la Patagonia (1985) en respuesta a las argumentaciones con las que Borges había intentado retenerlo en 1976 en Buenos Aires, “ningún lugar es un lugar”. Y ese no lugar imaginado por Borges era Esquel, el punto más austral de las Américas hasta donde se extendía el riel de acero. Hoy Esquel tiene además una ciudad hermana en la lejana Gales, llamada Aberystwyth, cuna de una cultura milenaria. Estuvimos allí en 2005 presentando el libro” Rocky Trip. La Ruta de los Galeses en la Patagonia” disfrutando de la hospitalidad de Roger y Mercedes Mills. Ella era una de las estudiantes de letras que solían leerle a Borges cuando perdió la vista. Un día supo que su madre fue la protagonista de uno de sus poemas, Sábados.
“Afuera hay un ocaso, alhaja oscura engastada en el tiempo, y una honda ciudad ciega de hombres que no te vieron. La tarde calla o canta. Alguien descrucifica los anhelos clavados en el piano. Siempre, la multitud de tu hermosura. A despecho de tu desamor tu hermosura prodiga su milagro por el tiempo. Está en ti la ventura como la primavera en la hoja nueva. Ya casi no soy nadie, soy tan solo ese anhelo que se pierde en la tarde. En ti está la delicia como está la crueldad en las espadas. Agravando la reja está la noche. En la sala severa se buscan como ciegos nuestras dos soledades. Sobrevive a la tarde la blancura gloriosa de tu carne. En nuestro amor hay una pena que se parece al alma. Tú que ayer sólo eras toda hermosura eres también todo amor, ahora”.
Hace 5 años Jorge Miglioli me avisó que un tal Martín Hadis se alojaría en su Hostería y quería conocernos. Fuimos a cenar con él. Estaba por presentar su libro “Siete guerreros nortumbrios” que reveló los misterios de la lápida de la tumba de Jorge Luis Borges.
“En aquella lejana piedra gris de 500 kilos asoman tallados siete guerreros ingleses medievales, un barco vikingo, una cruz rúnica y varias inscripciones. Martín Hadis debe haber visto lo mismo que uno, pero durante veinte años se dedicó a investigar de dónde habían salido aquellas figuras y esas leyendas. Y también a cruzar al Borges real y al genio literario que lo animaba con estos símbolos que -como todo símboloprecisan interpretación. Licenciado en sistemas primero, con un master en el Massachusetts Institute of Technology (MIT) después, estudió literaturas germánicas comparadas y religiones comparadas en la universidad de Harvard. Sus conocimientos sobre varios idiomas -alemán, japonés, chino mandarín, hindi, galés, hebreo antiguo, inglés antiguo y antiguo nórdicodan cuenta de su pasión lingüística. Todavía después encaró otra voluminosa investigación sobre los ancestros ingleses del escritor, y luego, sí, a descifrar la lápida. En el frente de la lápida de Borges figura, además de los siete guerreros con espadas rotas, una frase del poema que recitaba Borges en los últimos días: La batalla de Maldon, ocurrida en 991, en la que ese número de guerreros da pelea a pesar de una segura muerte para seguir el destino que ya alcanzó a su señor. La frase es … “y que no temieran”. En la batalla de La Verde, en la provincia de Buenos Aires en 1874, el abuelo paterno de Borges, el coronel Francisco Borges, va a la pelea y a la muerte casi solo y con los brazos cruzados. La escultura, a la luz de la obra de Borges, entreteje una red de significados que enlaza a sajones y vikingos con el heroísmo criollo, a la batalla de Maldon con La Verde, a los guerreros medievales con los compadritos del viejo Buenos Aires. Y todo esto lleva al tema del coraje. A Borges le preocupaba no temer en el momento de la muerte. Por eso ese símbolo. En un poema, Borges dice: “No haber caído, / como otros de mi sangre, / en la batalla”. Y en una conferencia: “Mi padre y mi abuela murieron ciegos; ciegos, sonrientes y valerosos, como yo también espero morir. Se heredan muchas cosas (la ceguera, por ejemplo) pero no se hereda el valor. Sé que fueron valientes” (Revista Ñ, 20 de enero de 2012)”.
Luego de esa noche espléndida durante la cual Martín nos anticipó partes de su formidable trabajo, se sorprendió por encontrar en Esquel puntos de contacto con Borges.
Y, preguntándonos como había surgido nuestro encuentro, no pude menos que evocar uno de los famosos poemas de este hombre que partió hace tres décadas y que nos interroga todo el tiempo:
“Dios mueve al jugador, y éste, la pieza. ¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza de polvo y tiempo y sueño y agonía?”
Para aceptar al fin y al cabo que:
“Nuestro hermoso deber es imaginar que hay un laberinto y un hilo. Nunca daremos con el hilo; acaso lo encontramos y lo perdemos en un acto de fe, en una cadencia, en el sueño, en las palabras que se llaman filosofía o en la mera y sencilla felicidad.”
Por eso, en días como hoy, me imagino que pronto traeremos la obra “Borges para niños” a Esquel, a Paul Theroux (que nos escribió diciendo que quiere volver a visitarnos), y también a María Kodama y a Martin Hadis reunidos a bordo de La Trochita, junto a mi buen amigo Hernán Lombardi con quien compartíamos las veredas del Nacional, retomando el hilo para guiarnos en el laberinto de esta Argentina que se resiste a seguir hundiéndose infinitamente. Y que igual que aquel loco samovar parece guardar energía para cien años más.

 

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