Hay lugares de Esquel que, sin importar el paso del tiempo, quedaron marcados en la memoria de quienes los habitaron. Espacios que no solo ofrecieron buena comida, sino también encuentros, emociones y vivencias compartidas. Uno de esos sitios fue, sin dudas, El Obelisco, una pizzería que abrió sus puertas el 12 de octubre de 1978 y que, aunque ya no exista, sigue muy presente en el recuerdo colectivo de la ciudad.
Ubicada en Rivadavia 1030, al lado de la entrañable María Castaña, El Obelisco fue mucho más que un local gastronómico. Supo recibir a vecinos, turistas y artistas como Landriscina, Berugo Carámbula, Eloísa Cañizares o Los de Córdoba, pero también a egresados, enamorados, amigos de toda la vida, familias enteras.
Entre mesas llenas y noches que se estiraban hasta la salida del sol, se fue tejiendo la historia de un espacio que Esquel no olvida. “Las persianas y las puertas pueden cerrar, pero la memoria, no”, dice su fundador, Claudio Fernández, a Red 43, con la tranquilidad de quien sabe que dejó huella.
Claudio nació en Buenos Aires y, como muchos, no tenía en sus planes abrir una pizzería en la Patagonia. Su vida estaba enfocada en otro rubro: los vidrios. Sin embargo, todo cambió cuando su amigo Jorge Larry —quien ya se había instalado en Esquel un año antes— le ofreció una oportunidad distinta.
“Me dijo: ‘no hay pizzerías, es una buena opción’. Enseguida vi la oportunidad”, recuerda. Por entonces, sólo había un local que atendía el padre de Hugo Saulo, pero con una propuesta diferente. Claudio no dudó: vendió una camioneta para comprar la vajilla, organizó el envío a Esquel y preparó el terreno para mudarse.
“Me fui antes que mi señora y mi hijo. Fuimos armando todo. Era un local de locación. El 12 de octubre inauguramos y vinieron todos los notables de Esquel”, cuenta. La apuesta era grande. Trajeron desde Buenos Aires a un pizzero experimentado, Pérez, que no solo preparaba las masas con maestría, sino que además le enseñó el oficio a su esposa. “Ella se hizo cargo de la cocina, y las pizzas que hacía eran muy buenas”, remarca con orgullo.
La propuesta era inédita para la ciudad. “Caímos con una variedad de 48 pizzas”, dice Claudio. Y no era exageración: los sabores eran múltiples y el servicio ágil. “No vendíamos menos de 200 pizzas por día, de lunes a lunes. Fue un boom espectacular”, dice.
Incluso los clientes podían armar combinaciones propias que no estaban en el menú, y ellos las hacían sin problemas. Había algo en el aire de El Obelisco que invitaba a quedarse. Quizás era el aroma del queso gratinado o la calidez del equipo que lo sostenía.
Pero el espíritu del lugar iba más allá del mostrador. Claudio y su familia se integraron rápidamente a la vida esquelense, aportando no sólo trabajo sino también presencia
activa en lo cultural. “Siempre cooperábamos con Cultura del municipio. Invitábamos a gente que venía por distintos motivos. Era nuestro aporte a la comunidad”, recuerda.
Gracias a su paso por Feliz Domingo, en Canal 9, y su experiencia en producción, Claudio también recibió visitas de artistas por amistad o recomendación. La pizzería, entonces, se volvió escenario y camarín a la vez.
El ritmo era agotador. “Éramos 14 trabajando. Había días que la gente salía del cine diez minutos antes del final para conseguir mesa. Era un infierno de trabajo”, dice entre risas.
El Obelisco cerraba muchas veces cuando ya había salido el sol. En una Esquel que todavía era un “pueblo grande”, como define Claudio, no abundaban los espacios de encuentro nocturno. Por eso, el local se volvió un punto de referencia, casi un living comunitario.
El crecimiento de la ciudad acompañó, pero con sus tiempos. “Lo que sí, era más lento que ahora. Después fue vertiginoso. Hoy en día ya nadie se conoce”, comenta, con una mezcla de asombro y nostalgia. Y es que los vínculos que se gestaban en ese salón iban más allá de una cena. Eran parte del tejido social de un Esquel que se expandía, pero sin perder del todo su esencia barrial.
La cocina era generosa: abundante, sabrosa y pensada para el bolsillo local. “El suegro y la suegra de mi socio Larry cocinaban. Hacíamos porciones abundantes, ricas y económicas para la zona”, cuenta.
Las empanadas de Rosita, la rapidez de Pelusa, la calidez de Irma: todos nombres que aún hoy sobreviven en la memoria afectiva de quienes pasaron por allí. Y en el centro, Claudio y su esposa, sosteniendo la energía que mantenía viva la llama del lugar. “Se ve que éramos simpáticos, buena gente y jóvenes sobre todo”, dice, como si eso explicara todo.
Con el tiempo, el vértigo del éxito obligó a tomar decisiones. La expansión fue tan grande que se volvió inmanejable. “Pusimos la distribución de La Serenísima y agarramos la concesión del restaurante del Tehuelche. Era demasiado. Le regalé mi parte a mi socio”, cuenta. Pero el desenlace no fue el esperado. “Larry no anduvo bien. No sé por qué causa. Se lo volví a comprar, pero como había quedado endeudado le cambié el nombre y seguimos con la pizzería, pero como ‘La Ruleta’”.
La historia no terminó ahí. Claudio luego fundó Don Pippo junto a Alberto Comparada. También vendió su parte. “Soy así, parezco gitano”, bromea, como quien ha vivido muchas vidas en una sola.
Hoy, con 82 años, mira hacia atrás con una mezcla de orgullo y gratitud. “Esquel me brindó mucho. Tengo dos hijas nacidas allá. El Obelisco perdura en el recuerdo de
Esquel. Algunos no me reconocen porque cambié mucho, pero cuando les digo ‘era Claudio de la pizzería El Obelisco’, me dicen ‘¡ah, claro!’. Es un recuerdo imborrable y estoy contento de haber formado parte del proyecto”.
Hoy, en ese mismo lugar donde alguna vez se horneaban cientos de pizzas por noche, funciona un local que ya no pertenece al mundo gastronómico. Las mesas, los hornos, los aromas... todo eso quedó atrás, junto a otros sitios emblemáticos como Parrilla de María y Kottabos.
Pero el espíritu, como bien dijo Claudio, sigue ahí. Porque aunque cambien los nombres, los rubros o las fachadas, hay espacios que siguen latiendo en la memoria colectiva. Rivadavia 1030 es uno de ellos.
Entonces, ¿Qué es lo que esconde esa nostalgia? Vida. Unión, risas y alegría, tres cosas imposibles de olvidar para quienes crecieron junto a Esquel, viéndolo transformarse con cada década.
Y vos, lector o lectora, que alguna vez cruzaste esa puerta: ¿Cuál es la pizzería que más recordás y qué anécdotas vivís al evocarla?
Por Donato del Blanco