Por Rocío Germillac y Elisabet Blanco Wegrzyn
Desde la loma donde todo se ve
Antes de que existiera el asfalto y la tecnología sea la única respuesta al mundo, la historia de la familia Ellis ya estaba atada a una loma. No era una elevación cualquiera: era un punto estratégico y simbólico. La llamaban Bryn Amlwg: “loma desde donde se ve”.
“Ellos lo llamaban Bryn Amlwg, que quiere decir loma desde donde se ve”, explica Víctor. Desde allí divisaban el pulso de la ciudad incipiente y, sobre todo, el arribo de las vagonetas cargadas de mercadería. “Cuando no llegaba esa vagoneta, venían a mirar acá. Desde acá ellos veían si venían los carros con la mercadería para avisar a los más que se acerquen.” Víctor señala el horizonte que hoy los álamos y otros árboles comienzan a velar; aunque la vegetación gane terreno, la lomada familiar persiste como un mirador natural desde donde aún se contempla el movimiento incesante de la ciudad.
Era un mirador y también un punto de encuentro. Allí se chusmeaba, se comentaba el estado de los animales, se compartían noticias. La loma era comunidad.
Y también fue escenario de una de esas historias familiares que sobreviven al paso de los años, como lo hicieron sus primeros intentos de asentamiento en la Patagonia.
Ben, el que arreglaba todo
El bisabuelo, Benjamín —“Ben”, para todos— fue una figura central. No tenía nombramiento oficial, pero su autoridad era natural: “Era como un jefe, sin ser jefe. Había algún problema, iban a verlo a Ben.
Arreglaba magnetos, radios, cualquier cachirulo que se cruzara. Tenía libros en inglés, herramientas, paciencia: “Era un tipo muy servicial. Le gustaba ayudarle a la gente, a solucionar los problemas.”
En tiempos donde todo escaseaba, saber arreglar era casi un poder, y Ben lo ejercía con generosidad.
Su hija mayor, Sara, tuvo once hijos. Junto a su marido Rowland trabajaron para que cada uno tuviera un pedazo de tierra al que llamar hogar: “A todos sus hijos les dejó un pedazo.” Se fueron moviendo por distintos parajes, afinque tras afinque, levantando casas y familias en una Patagonia todavía en formación.
La tierra no era sólo propiedad: era un proyecto.
La lengua maternal
Víctor nació en 1945. Su infancia transcurrió entre el trabajo rural y la lengua galesa. Sus primeras palabras fueron en en galés y aunque "entendía perfectamente" el castellano, a la hora de comunicarse siempre le faltaban las palabras. Es que el castellano era el idioma de la escuela. En cambio, el galés era el de la cocina, el de la abuela, el de los tíos, el de la familia. Esa convivencia a veces lo dejaba en el medio: “Inventaba un poco”, admite entre risas.
Su infancia no siempre fue fácil, asegura Víctor, más aún cuando lo llamaban "galenso" con maldad. Con el tiempo aprendió a no darle importancia.
En su casa no había lugar para la vagancia: “No fue tan infancia… mi mamá ordeñaba la vaca y nosotros teníamos que ir a la escuela todos los días.” Salían de clase y llevaban las vacas a pastar. Las traían de arreo. Ataban terneros para el ordeñe del día siguiente. Y si quedaba un rato, fútbol.
El trabajo como escuela
Intentó seguir estudiando, pero el impulso por trabajar pudo más: “Dije, no, yo voy a trabajar". Sin embargo, la realidad fue dura: “Me resultó difícil trabajar". La juventud y la inexperiencia pesaban en un principio, pero no se amedrentó y siguió adelante.
Lavó tuercas. Acomodó madera en un secadero. Aprendió a distinguir medidas, texturas, tiempos de secado: "Ahí me aprendí todo el asunto de la madera.” Además, con el camión de su abuela vendió leña e hizo fletes. Su cultura del trabajo la resume así: “Uno si se porta bien siempre tiene trabajo.”
Era metódico para cobrar, responsable para cumplir. La reputación, en pueblos como Esquel, es una segunda identidad y Víctor supo ganársela.
Veintiún años en el banco
La estabilidad laboral llegó con el banco cuando entró como ordenanza: “En el banco estuve 21 años".
Primero hacía mandados, arreglaba veredas, esperaba colectivos con dinero o iba al correo, pero con el tiempo se volvió un hombre de confianza. Ascendió por antigüedad y quedó designado como encargado de ordenanzas. El esfuerzo, la dedicación y la predisposición hicieron que Víctor avanzara en su carrera y se definiera por su ética laboral.
Delfina y la moto
Entre motores y mandados apareció Delfina, el amor de su vida, su gran compañera. Se cruzaban en la calle. Ella trabajaba en el hospital y en una clínica. Él corría entre mandados y changas. Su historia de amor es una historia larga, admite Víctor, sin embargo tuvo sus frutos con tres hijos, una familia próspera y feliz.
La moto fue el símbolo de una época: "Esa moto todavía la tengo”. Era una de las primeras que se vendieron en el pueblo. Estaba rota pero la compraron igual y la arreglaron. Fue vehículo de noviazgo, de salidas nocturnas, de independencia. Subir la cuesta hasta su casa ya no era lo mismo con motor.
Volver a la raíz
En el año 2000 Víctor cumplió un sueño: viajar a Gales. “Fue algo que siempre había pensado", nos cuenta.
Con lo poco que sabía de inglés y lo que conservaba del galés, estuvo un mes recorriendo también Inglaterra. El paisaje le resultó familiar: montañas, tambos, animales. “Para mí es un orgullo… Los galeses dejaron un rastro grande en la Patagonia”, asegura.
Ese viaje cerró un círculo: la loma desde donde se ve y la tierra de donde vinieron los suyos. Don Víctor siente orgullo por esa gente que dejó todo atrás en busca de un destino mejor. Los valores del pueblo gales lo guiaron toda su vida y es el legado que intentó dejar a su familia.
Bajo el ala de los buenos
Si hay algo que Víctor repite es una ética sencilla: “Yo pienso que lo más importante es ser sincero, servicial, las demás cosas vienen solas porque hoy por uno y mañana por otro”.
En su casa no se toleraban “cosas raras”. La abuela era la cabeza y el ejemplo: había que trabajar, cumplir, no robar, no aprovecharse.
Víctor advierte: “Se sabe que aquel es bueno y se sabe que aquel no es tan bueno, y uno trata siempre de estar bajo el ala del que es bueno”.
Hoy, cuando mira hacia atrás, no enumera logros materiales, habla del orgullo de haber heredado una forma de ver el mundo y de poder contar la historia de su familia: “Ha sido un orgullo para mí que me hayan dejado hablar algo de mis antepasados”. Don Ellis se emociona mucho al repasar su historia personal familiar. Sus antepasados trazaron un camino que él recorrió con tal fidelidad que sus valores permanecieron intactos, como si hubiera convivido con su abuelo y su bisabuelo. Aunque ese encuentro físico nunca ocurrió, el legado familiar se transmitió con una fuerza que borró la distancia del tiempo.
En Bryn Ankwg todavía se ve a lo lejos. Y desde allí, Víctor Ellis sigue mirando: el pasado que vuelve como los camiones con mercadería, el presente que se sostiene en el trabajo constante y una herencia que, más que sangre, es conducta.
Agradecemos enormemente a Víctor y Delfina por la charla, los mates y el exquisito dulce de damasco.