Hay fechas que quedan marcadas por el dolor y la paradoja. Un día como hoy, pero de 1967, Violeta Parra decidía poner fin a su vida en Santiago de Chile. Lo hacía apenas meses después de publicar Las últimas canciones (1966), un disco que, irónicamente, contenía "Gracias a la vida", el himno más luminoso de la música popular, junto a piezas de una profundidad desgarradora como "Run Run se fue p’al norte" o "Volver a los 17".
Mucho más que folclore
Si bien hoy es reconocida universalmente como la madre de la Nueva Canción Chilena, reducir su obra al folclore sería ignorar su genialidad vanguardista. Violeta fue una investigadora incansable que rescató la tradición oral para transformarla en algo nuevo.
Sus composiciones se atrevieron a romper moldes: desde sus "Anticuecas", donde desafiaba los ritmos tradicionales, hasta su obra maestra "El gavilán". Esta última pieza, de más de 10 minutos de duración, ha sido comparada por críticos y académicos con las obras de Stravinsky o Beethoven debido a su complejidad, sus disonancias y la crudeza de su expresión emocional.
La voz de los que no tenían voz
A través de canciones como "La carta", "Arriba quemando el sol" o "El guillatún", Violeta Parra le dio una dimensión política y social a la música que no conocía precedentes en la región. Sus letras denunciaban la injusticia y celebraban los ritos populares con la misma intensidad.
Hoy, a casi seis décadas de su muerte, su carpa de La Reina ya no está, pero su voz resuena en cada rincón del continente. Violeta no solo escribió canciones; tradujo el alma de un pueblo y la convirtió en arte universal. Su legado no es una pieza de museo, sino una obra viva que continúa inspirando a nuevas generaciones de artistas que buscan, en la raíz, la verdad del canto.