RED43 opinion #Esquel
01 de Marzo de 2026
opinion |
Marisa Gomez

El vecino

Columna literaria de Marisa Gomez.

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Son las dos de la tarde de un domingo de invierno. 

 

Juan y su amiga Ana son los únicos en el pueblo que están sentados debajo del paraíso. Juan no se junta con los demás varones del barrio, son mayores y lo tienen de hijo, dice su madre. Además lo enchinchan las cargadas por el cambio de su voz, de aflautada a grave. Ana también se quedó sin amigas, no quieren juntarse con ella, dicen que se volvió machona y mandona.

 

Juan abre la bolsa que llenó de cosas que se trajo del campo del abuelo. Ana agarra el pañuelo, se tapa media cara como los bandidos, se ajusta la cartuchera de plástico y Juan se cuelga las tres estrellas doradas, se acomoda el sombrero y manotea la gomera con la que el abuelo mata los chimangos y corre a las liebres que le comen las plantas de tomate. 

 

–La gomera no es para vos, es para los machos –le dice y agrega –no quiero muertos en mi campo. Y los dos se ríen a carcajadas.

 

Ana y Juan corren al campito lindero a su casa. Cortan ramas de la higuera, se tapan para no ser descubiertos por los indios hasta llegar al sauce llorón, donde se refugian. Ana va adelante, Juan la sigue. Se arrastran, entierran los codos en el agua, se llenan de barro. Se esconden detrás de los cardos. 

 

–Allá vienen los indios –grita Ana. 

 

–Que vengan, los voy a llenar de plomo– chilla Juan.

 

Se escucha un ruido seco, metálico y la voz chillona de Ana. 

 

–Le diste a la ventana de mi casa. Mi viejo me mata. Rajemos– le dice. 

 

Ana corre, va adelante y mira hacia atrás para ver si Juan la sigue, cuando siente que pisa algo que se le entierra en el pie. Un dolor que le llega a la boca del estómago la hace caerse en el pasto y ahí ve la sangre que sale del pie.

 

–Juan, ayudame Juan, me voy a morir…– grita fuerte mientras intenta sacarse la botella enterrada en el medio de la planta del pie, pero no se anima, la agarra y cuando la suelta, levanta la cabeza en busca de su amigo pero no lo ve por ningún lado. Llora y pide ayuda. Un muchacho la escucha y corre hacia ella. Al acercarse, Ana lo reconoce, es el pibe que vive frente a su casa, al que espía cuando sale a correr por las tardes. Así vestida, se ve ridícula, y para que no la reconozca se levanta más el pañuelo hasta la mitad de los ojos. El chico con el que ella sueña por las noches se acerca mientras la sangre sigue corriendo. El ardor es intenso, tiene ganas de llorar pero la vergüenza le hace cerrar los ojos y apretar los dientes. 

 

–Te cortaste, vecina –dice y agrega – estás blanca – y de un tirón le saca el pedazo de vidrio. Ana se queda sin aire y cuando le va a agradecer, le sale un hilito de voz. Se esfuerza, pero no. Y un fuego le deja la cara roja casi bordó. 

 

–Chiquita, te pusiste como un tomate. Tranquila, no es profundo, pero igual te llevo al sanatorio que queda cerca.

 

Ana se tira en el pasto como un flan. El vecino la carga entre los brazos hasta que se encuentra con su padre que la agarra y se dirige al sanatorio. 

 

–Hola, vecino, tu hija está asustada, es eso nomás– dice el muchacho y se va silbando. Cuando se aleja, Ana llora desconsoladamente. 

 

–Hijita ¿qué te pasa? No tengas miedo, es un pequeño corte. 

 

–No es eso papá, no es eso.           

 

                                            

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