25 de Enero de 2026
opinion |
Marisa Gomez

El viejo loco

Escrito por Marisa Gomez.

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El viejo loco

 

Me gusta este barrio, está lleno de amigos.

 

Lo otro que me gusta es que llegó la primavera aunque este año la lluvia no nos deja jugar en la vereda. Hoy los relámpagos parecen serpientes y los truenos rajan la tierra, hasta que un aguacero se desata. Parece el diluvio universal, dice mi mamá.

 

Cuatro de la tarde. Llega la paz. La brisa barrió las nubes. Hace calor y está pegajoso. Mamá me prohíbe que salga a la vereda porque las cunetas se llenan de mosquitos, de arañas y de sapos, animales desagradables.

 

Sí, sí, le digo, y me aseguro que entre a su dormitorio con la mamadera para mi hermana, la molesta, así la llamo, y mamá me reta.

 

Me escondo en mi pieza. Abro el ropero y busco los zoquetes con puntilla y el solero naranja furioso salpicado con amapolas blancas, el que tiene un cinto con un moño con orejas que flamean a los costados. Me visto. Me pongo los zapatos Guillermina con presilla. Papá agrandó el ojal para que lo prenda sola, no quiere que moleste a mamá. Me miro en el espejo, tengo que alisar el flequillo, pero no puedo ir al baño, mamá me descubriría, así que paso mi lengua por la palma de la mano y me peino. Doy tres vueltas completas para ver como la pollera vuela y se levanta.

 

Me voy a la vereda en puntas de pie. Mamá se pasa horas con mi hermana. Le da la mamadera, la hace eructar, espera que se cague, la limpia, y así…

 

No veo a mis amigos. Doy pasos cortos, primero un pie después el otro y así recorro el borde de la cuneta mientras aparece el cosquilleo en la panza.

 

La brisa juega con la pollera del solero que se vuelve más principesca y se me levanta. Sigo concentrada. Recorro unos cuantos metros en fina armonía entre el cemento y el agua. Abro mis brazos. Una sensación antes no experimentada impulsa mi emoción, estoy a un momento de echar a volar y abrazar al mundo. Soy la única en la cuadra, en el barrio, soy...

 

Una de mis manos queda atrapada por el moño. Quiero liberarla, pero el moño la aprieta más y la otra hace malabares para sostener el cuerpo hasta que me desplomo. Mi flequillo cae primero, mi cabeza después, le sigue la panza y por último mis pies que se enredan en los yuyos. Grito y trago el agua hedionda.

 

Es el fin, mi fin.

 

Mis brazos se mueven y en cada movimiento más agua y lodo me tapan. Escucho ¡agarrate!, levanto la cabeza y veo al viejo que mamá dice que no me acerque. Vive en la esquina, con cientos de perros y según mi madre está loco. Lo agarro fuerte, no me importa lo que dice mamá. Él me sujeta y me levanta. Toso y escupo agua con barro mientras el viejo me golpea para limpiarme. Me carga como los hombres de campo cargan las bolsas de harina. Me lleva a casa.

 

Mamá sale, ¿qué pasó? Desobedeciste de nuevo, me grita, mientras el vecino me baja, me para en el piso y me limpia el barro que queda en mis cachetes, flequillo y cuerpo. Mamá me zarandea y pellizca mi brazo.

 

Su hija hacía equilibrio y era tan lindo verla, parecía una princesa. Estaba preciosa con ese vestido y de golpe no la vi más. Debe estar muy asustada. La caída fue brava, las cunetas están llenas de agua, le dice el señor de la esquina, pero mamá no lo escucha, repite que eso me pasó por desobediente y me arrastra al baño mientras me grita, un mes en penitencia sin asomar la nariz afuera. Abre la ducha y me mete debajo del agua.

 

El viejo loco me conoce mejor que vos, le grito a mamá.  

 

Marisa Gomez

 

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