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01 de Febrero de 2026
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Marisa Gomez

La fiesta del pueblo

Columna literaria por Marisa Gomez.

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Los festejos de los 123 años empiezan con la misa. Está todo el pueblo y el curita recién llegado oficia la misa, pibe joven para semejante sacrificio, dice mi madre e invita a las hijas solteras de sus amigas a sentarse en la primera fila. También se sienta en la misma fila, la hija del dueño de la mayoría de los campos de los alrededores. La chica es la más bonita del pueblo, pero es como mi prima, muy poca agua le llega al tanque. El curita en el sermón mira de reojo a mamá, sí, y mi mamá le sonríe. 

 

El festejo es en el centro vecinal. Primero asado a la estaca, vino y al final la torta, todo donado por el estanciero de más renombre en la zona, el padre de la bonita con cerebro de mosquito, dice mi madre.

 

La municipalidad colaboró con el guitarrero del pueblo, que por suerte no canta, es espantoso verlo cuando se ríe, tiene sólo dos dientes abajo como los bebés, y son muy largos. El que canta es un viudo como mi mamá, un petizo compadrón que se hace el simpático, pero a mamá le gusta la buena vida, y éste no tiene donde caerse muerto. Los acompaña el cura que se luce con el bandoneón y aunque todas las mujeres lo devoran con las miradas, él solo tiene ojos para mi mamá. 

 

La carpa es grande, pero la pista se hace chica porque nadie se queda sentado. El pasodoble, las rancheras, la música del litoral, los tragos de vino, el espumante, la cerveza y el sapucai pasan por la pista. Después el Disc Jockey se enloquece con Los Palmeras y las luces, y hasta los pibes salen a bailar.

 

La polvareda se levanta aunque rocíen el piso de tierra. 

 

Muchos, transpirados y cansados, juntan los platos, cubiertos, vasos y se van. Otros siguen en el medio de la pista como si recién empezara la noche. Unos poquitos se fueron a noviar afuera a la luz de la luna, dice mi abuela.  

 

Desde hace más de una hora busco a mi mamá. En la pista no está, en los baños tampoco, en la cocina solo las mujeres que ayudan. Y cuando salgo al patio escucho su voz, y otra más grave, que vienen del costado debajo de los paraísos donde está muy oscuro porque los foquitos que colgaron alumbran solo la pista. 

 

–Mañana pase por la parroquia, sería bueno terminar la confesión. 

 

Me escondo detrás de la puerta, los espío. Veo a mamá que mira para un lado y otro, se acomoda la blusa. Enseguida corre por el pasillo y me sorprendo al ver al curita que da la vuelta mientras se arregla la sonata y entra por la puerta grande. 

 

Yo me escabullo entre la gente y me mezclo con los pibes que bailan el Bombón Asesino. 

 

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