En el centro clandestino de detención de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), la diferencia entre el olvido y la justicia dependió, en gran parte, de un laboratorio fotográfico. Allí, Víctor Basterra, un obrero gráfico detenido por los militares, fue obligado a trabajar falsificando documentos. Sin embargo, en medio de la vigilancia, logró construir en silencio un archivo que años más tarde sería una prueba irrefutable contra los represores.
Con motivo de cumplirse medio siglo del golpe de Estado de 1976, el periodista Pablo Corso publicó “El ojo en la tormenta”. El libro detalla la vida de este hombre que decidió combatir al régimen desde el interior de su propio cautiverio, filtrando imágenes de secuestradores y víctimas que fueron fundamentales para la historia judicial argentina.
El inicio del archivo en el sótano
Basterra fue secuestrado en 1979 y trasladado a la ESMA. Tras meses de tortura, los marinos descubrieron su oficio: era un experto en artes gráficas y valores bancarios. Ante la amenaza de muerte, aceptó trabajar para ellos falsificando sellos, firmas y documentos de identidad que los militares usaban para sus operaciones ilegales.
Ese laboratorio se convirtió en su refugio y en su herramienta de resistencia. Mientras los militares creían que Basterra era un "empleado" dócil, él aprovechaba cada descuido para sacar copias extra de las fotos que le tomaban a los represores y a los detenidos. Esas imágenes las escondía entre su ropa y, más tarde, lograba sacarlas del predio.
Una rutina entre el espanto y la normalidad
El libro de Corso describe una realidad difícil de imaginar: en el sótano de la ESMA convivían las oficinas administrativas con las salas de tortura. Basterra debía cumplir una rutina que, por momentos, parecía la de cualquier oficina, pero rodeado de un clima de violencia constante.
Con el tiempo, los captores ganaron confianza y le permitieron ciertos beneficios, como visitar a su familia los fines de semana. Fue en esas salidas donde Basterra comenzó a sacar las fotografías de la escuela, arriesgando su vida en cada viaje. Su objetivo no era solo sobrevivir, sino asegurar que los responsables de los crímenes pudieran ser identificados en el futuro.
"El hombre que apagó la luz"
Basterra es considerado uno de los prisioneros que más tiempo pasó en la ESMA. Fue liberado recién el 3 de diciembre de 1983, apenas una semana antes de que asumiera Raúl Alfonsín. Él mismo solía decir que fue "quien apagó la luz" de ese centro clandestino, ya que fue uno de los últimos en salir con vida.
Apenas recuperó su libertad, presentó su denuncia ante el CELS (Centro de Estudios Legales y Sociales). Su testimonio en el Juicio a las Juntas duró más de cinco horas y estuvo respaldado por las fotos que había logrado rescatar. Esas imágenes permitieron ponerle cara a represores que, de otro modo, habrían permanecido en el anonimato.
El peso de la supervivencia
A pesar de su valiente accionar, Basterra enfrentó durante años el prejuicio de algunos sectores que desconfiaban de quienes habían sobrevivido tanto tiempo en cautiverio. La sospecha de "colaboracionismo" lo alejó de algunos organismos de Derechos Humanos al principio, pero la contundencia de sus pruebas terminó por disipar cualquier duda.
Gracias a su trabajo meticuloso y su memoria, la justicia pudo avanzar en causas emblemáticas, incluso años después de su muerte. Su historia refleja la complejidad de la resistencia en contextos extremos y la importancia de la documentación para que los crímenes de la dictadura no queden impunes.