Durante años trabajamos pensando cómo encarar los temas difíciles. Muchas mañanas empezaban así: viendo qué nota hacer, qué ángulo tomar, quién se animaba a ir primero cuando el tema incomodaba. La economía, muchas veces, estaba al tope de esa lista. Y ahí íbamos, pasándonos la pelota, hasta que alguna avanzaba.
Pero hay un tema que nunca pusimos en agenda. Nunca practicamos. Nunca repartimos.
La despedida.
Hoy me toca escribirla, y no hay estructura que alcance.
Tal vez estas palabras no respondan a lo que se espera de un artículo periodístico. Pero en este contexto, con tu ausencia tan reciente, es también una forma de despedida. Una manera posible cuando no termina de estar claro qué hacer con lo que se siente.
Andrea Alicia Salazar falleció este martes 14 de abril a los 51 años. Y aunque intento sostener la distancia que pide este oficio, hay algo que inevitablemente se corre de ese lugar.
Compartimos mañanas de radio, en programas como Hacia el Mediodía y Muchas Nueces. Espacios donde el trabajo y la vida se mezclaban sin demasiado filtro: temas complejos, risas que descomprimían, silencios, enojos, emociones que aparecían en medio del aire. Ahí también empezó un vínculo que después se fue corriendo del estudio.
Recuerdo una despedida anterior, al aire, cuando dejábamos de compartir ese espacio. Fue entre risas y algunas lágrimas que costó contener, como suelen ser esos cierres que en realidad no lo son del todo, porque siempre hay algo que sigue después.
Esta vez no.
A fines de marzo habíamos quedado en vernos cuando yo volviera de un viaje. Volví hace dos días. Ese encuentro ya no va a existir.
Y en ese espacio que no se dio, aparece la sensación de haber querido un poco más de tiempo. Ese mismo día nos dijimos cosas lindas por mensaje. Como otras veces, sonaban a despedida. Quizás, sin saberlo del todo, ya lo eran.
En el último tiempo, Andrea ya no estaba en la radio. Su camino había tomado otra forma, más hacia adentro, lejos del ritmo cotidiano del aire.
De su trayectoria ya se dijo mucho, y con razón. Su historia en la radio empezó temprano, se consolidó con formación y años de trabajo, y dejó una marca en Radio Nacional El Bolsón, donde fue parte desde 1999. También fue, según me había contado, una de las primeras mujeres en la emisora, abriendo un camino en un espacio que no siempre fue igual de accesible para todas.
También había en ella una forma de trabajar atravesada por la duda: si lo que decía podía incomodar, si estaba bien, si algo podía caer mal. Era parte de su compromiso.
Hoy, todo lo que circula (en redes, en portales, entre personas y colegas) deja una certeza: lo hizo bien.
Pero más allá de los datos, hay algo que queda en lo cotidiano. En la forma de estar, en las conversaciones, en los vínculos que se sostienen incluso cuando cambian las circunstancias.
Hoy, más que entender, intento aceptar.
Aceptar lo que fue, en toda su dimensión. Y también que, en algún momento, el descanso deja de ser una opción y se vuelve parte de ese mismo proceso.
Quedan las charlas, lo compartido, los mensajes como testigos de lo vivido. Y también queda ese aire que sigue encendiéndose cada día, con voces que se superponen en el tiempo.
La tuya es una de ellas.
Y aunque esta vez la despedida no tenga forma de programa ni cierre al aire, hay un deseo:
que descanses, que estés en paz, que todo lo que haya pesado encuentre, por fin, su forma de soltarse.
O.P.