Es domingo al mediodía.
Mamá sube las escaleras de la iglesia, me aprieta la mano derecha y de seguir así, me va a quebrar algún hueso.
Se sienta, se arrodilla, me mira de reojo, baja la cabeza y reza. Reza rápido y casi sin respirar al compás de los dedos pulgares que dan vueltas las cuentas del rosario que compró en el Vaticano hace unos años cuando se fueron de vacaciones con papá y a mí me dejaron con la abuela. Fue cuando me agarró ese dolor cerca de la ingle y no podía apoyar el pie derecho. La abuela me llevó al médico muchas veces y el viejo le dijo que no era peritonitis, ni ningún otro mal. Cuando mis papás volvieron se me había pasado.
Abro el papel que tengo abollado en la otra mano, lo aliso y leo lo que me dictó mamá. Ahora que lo miro, la señorita de lengua estaría orgullosa porque escribí sobre el renglón, pero no es momento para decírselo.
No debo mentir más, ni a mamá, ni a papá, ni a la abuela, ni a la maestra, ni a nadie. No debo contestarle a mamá, ni gritarle a papá. No debo mover el moisés de mi hermanita.
Hace un año pasé la comunión, pero mamá nunca entendió que a mí no me gusta ver el Diosito colgado en la cruz. Tampoco confesarme y pedir perdón por los pecados. Yo cumplo las penitencias sentada en mi sillón de mimbre en el rincón de la cocina y a espaldas del mundo, pero no me escucha.
Mamá no entiende porque lo que ella dice que son mis mentiras, no lo son. Son cosas muy mías que me pasan. Mi hermana vive llorando, es molesta, así que le canto, bailo y en esos movimientos el moisés se va de un lado a otro. ¡Una sola vez se cayó! O dos, o tres, pero no más.
Mamá sigue rezando y yo miro hacia la puerta porque me da impresión el señor colgado en la cruz con la corona de espinas en la cabeza.
Mamá me dice que reza por la muerte de quien se sacrificó por nosotros. ¡Pobre Jesús!, a él no lo conocí, pero conozco al gordo, el vecino, el panadero, ese sí se levanta todos los días a las tres de la mañana.
Llega el cura con la cara brillosa por el calor. Mamá se acerca y cuchichean. Después él me llama al confesionario. Es espantoso ese lugar, además pareciera que te vas a desmayar, no llega el aire del ventilador. El papel se me mojó por el sudor, lo leo casi sin entender, parezco tartamuda. El cura me escucha y al terminar, me dice.
—La penitencia son tres padres nuestros.
Pienso, en casa ya cumplí la penitencia, otra vez no es justo. Me levanto, doy la vuelta y lo enfrento en el confesionario, no me importa que haya muchas viejas de uno y otro lado.
—No es justo, en mi casa ya cumplí la penitencia. No me interesa comer el cuerpo de ese señor que me queda pegado en el paladar mientras los curitas se toman todo el vino.
Se levanta, me sujeta del brazo y me lleva al lado de mamá frente a los ojos de todo el pueblo.
—Tu hija se cree lista, es insolente —y le cuenta lo que le dije.
La miro muy seria y digo en voz bien alta para que todos me escuchen.
—Eso lo dice papá.
Marisa Gomez