Díaz-Canel invitó a los cubanos del exilio a invertir en la isla en medio de una agónica crisis económica y social. En redes, la respuesta fue incómoda: ¿quién confiaría su dinero a un régimen que durante años los señaló como enemigos?
La escena tiene algo de ironía histórica.
Con hoteles semivacíos, inversores extranjeros retirándose y una economía en crisis permanente, el gobierno cubano salió a buscar ayuda donde antes encontró enemigos: entre los millones de cubanos que viven fuera de la isla.
En una entrevista con un diario español, el presidente Miguel Díaz-Canel llamó a los emigrados a invertir en Cuba. La respuesta no tardó en llegar.
"¿Ahora sí nos necesitan?", se preguntaban en las redes sociales. "Mientras exista la dictadura no habrá inversión", fue una de las respuestas más repetidas ante la polémica invitación.
El rechazo tiene memoria. Durante décadas, el régimen calificó de "gusanos" a quienes abandonaban el país. La palabra no era un insulto aislado, sino una etiqueta política destinada a señalar a exiliados, opositores y críticos del sistema.
Muchos recuerdan otra prohibición que hoy resulta incómoda para la dictadura: hubo un tiempo en que los cubanos ni siquiera podían hospedarse en los hoteles de la isla, solo estaban disponibles para turistas extranjeros.
La paradoja es evidente. A quienes ayer no se les permitía dormir en esos hoteles, hoy se les pide que inviertan en ellos.
Y ahí aparece el verdadero problema del gobierno cubano. No se trata de falta de dinero. El exilio cubano envía miles de millones de dólares en remesas cada año.
La cuestión es otra: confianza. Y también memoria. La memoria de aquel "odio invencible a quien la oprime" del que escribió José Martí en Abdala, un poema patriótico que generaciones de cubanos aprendieron en la escuela.
Una inversión no es una donación. No se construye con discursos ni con llamados patrióticos. Se construye con reglas claras, garantías y credibilidad.
Y si se apela a la patria para pedir ayuda, muchos se preguntan si quienes llevaron al país a su peor crisis económica, social y migratoria en décadas son precisamente quienes deberían seguir ocupando el poder.
Por eso la polémica no gira alrededor de cuánto dinero podrían aportar los exiliados, sino de una pregunta mucho más incómoda para el régimen: ¿Por qué alguien invertiría en un sistema del que decidió escapar?
L.M.