Como desafiando a la existencia misma o pretender plantarse de pie ante una avalancha para frenarla, hay quienes intentan señalar que el mundial de fútbol de Rusia y todas sus consecuencias, no hacen más que adormecernos o distraer de lo realmente importante que pudiera suceder día a día.
Fabulando e intentando intelectualizar la competencia deportiva más importante del planeta, aún por lo económico, los que miramos por televisión o quienes tienen la posibilidad de asistir no desactivamos nuestras vidas por el control remoto durante esos poco más de noventa minutos que puede durar un partido.
Debatimos, nos enfervorizamos, sostenemos formaciones o técnicos según la visión personal o gusto deportivo; pero de ninguna forma dejamos de observar la realidad cotidiana que implica trabajar, hacer las compras, cargar combustible o abonar los servicios.
Nadie permanece ajeno a comparar el costo para uno de los países líderes del mundo como el que conduce Vladimir Putin, que invirtió caso 12 mil millones de dólares para concretar la sede de la competencia; con lo gastado por el Banco Central de la Argentina (Federico Sturzeneger ayer y ahora Toto Caputo) en poco más de 40 días para intentar mantener un dólar “estable” en 24 pesos, habiendo iniciado en 10 la gestión y hoy superando los 30 en algunas casas de cambio.
Podemos discutir que Messi y Mascherano arman el equipo de Sampaoli o enojarnos con los cientos de periodistas acreditados que juegan el interés económico de las empresas a las que pertenecen; pero no dejamos de repudiar los despidos de cientos de trabajadores, respaldar las movilizaciones o reclamos docentes o proponer alternativas para la nula prestación de servicios públicos.
Es el deseo de muchos, no de todos, que cuando esta columna este en pantalla Argentina haya sobrepasado a Francia y se estudie si el rival es Portugal o los amigos uruguayos, pero mucho más fuerte es el deseo que ningún niño necesite de un comedero comunitario porque almuerza con su familia en cada hogar.
Habrá o no vuelta olímpica en Moscú con el ideal de Messi levantando la misma copa que el Diego o Pasarella, pero nada impedirá que la sociedad, alguna vez titulada de populista por su elección, determine nuevos caminos que impidan la destrucción del tejido social donde los más perjudicados son los pobres.
El rechazo al acuerdo con el FMI, ya reiterado del 2001, sustentará la posibilidad de volver a creer y crecer con la prioridad en educación, la salud, los jóvenes y los viejos.
Volverán a jugarse los mundiales con el sentido comercial, pero se sostendrá en cada argentino con pasión la jugada, el gol y hasta la derrota, casi la misma con que defenderemos nuestros ideales de país y territorio.