Las chusmas del pueblo dicen que Enriqueta ya se quedó para vestir santos. Y de repente, a sus cincuenta años, entra a la joyería donde ella trabaja, un señor con un parche en el ojo derecho, que se agacha para pasar por la puerta de entrada.
—¡Qué calor! Aquí está fresquito —dice y la desnuda con la mirada.
—Sí, buenos días, ¿qué busca?
—Todo, incluida a usted —la sonrisa es tierna y a la vez pícara. —Pero voy a dejar que me muestre. Confío en su buen gusto.
Los cachetes de Enriqueta se vuelven colorados y sus manos transpiran mientras piensa qué decir.
—¿Es un regalo para su señora?
—No, no estoy casado.
— ¿Para su novia?
—Tampoco tengo novia.
—Entonces… ¿qué le muestro?
—Todo… —le repite, y agrega — ¿su nombre?
—Enriqueta, señor —le dice mientras abre la vitrina de los anillos y entusiasmada, coloca en su dedo anular los de oro 18 quilates, los que tienen incrustaciones de piedras preciosas y después sigue con los collares de una vuelta y de varias. Respira hondo, siente la persistencia de su mirada. Y entre joya y joya el hombre le cuenta que compró un campo muy cerca del pueblo, que necesita una compañera, así como ella, bonita, una señora con buenos modales…Y le confiesa que hace meses que pasa por la vereda, se enamoró de su contoneo al caminar y de los dientes perfectos al reírse.
Enriqueta respira hondo y recuerda que soñaba con casarse, vivir como las princesas, y caminar del brazo de su hombre alrededor de la plaza…
El señor le hace envolver para regalo el anillo de oro con la piedra Rosa de Francia, el que le gusta a Enriqueta.
El noviazgo es inesperado y rápido como las tormentas de granizo.
A la semana, Mamerto, que le lleva treinta años, le propone casamiento y le regala el anillo.
Enriqueta, sin escuchar a nadie de su familia, dice sí.
A los veinte días, son marido y mujer. Y ese mismo día Mamerto le tapa los ojos y la lleva a su campo. Enriqueta se encuentra con un predio lleno árboles de eucaliptus y palos borrachos, también chicharras cantoras, pero no ve la casa por ningún lado. Mamerto camina con ella hasta el final del predio y ahí está.
Enriqueta no lo puede creer. Camina en círculos gritando.
—Viejo mentiroso, estafador. Me trajiste a un rancho, con techo de rancho, piso de rancho y paredes de rancho y allá, la letrina.
Mamerto no dice nada. Espera que se calme.
La abraza, le llena el cuello de besos y cuando le acomoda los rulos sobre la frente, Enriqueta lo aparta con un solo movimiento de brazos y camina en dirección a la tranquera decidida a abandonarlo.
—Mañana viene el arquitecto, ya están los planos para tu castillo —le grita.
Enriqueta regresa corriendo para colgarse del cuello y encajarle uno de esos besos con mordiscón, como acostumbra ella.