Un 15 de febrero de 1811 nació en el barrio sanjuanino de El Carrascal un niño que desafiaría su origen humilde para convertirse en el gran educador de América. Domingo Faustino Sarmiento aprendió a leer a los cuatro años y desde joven comprendió que el saber era la única herramienta capaz de transformar una realidad marcada por la pobreza y las guerras civiles. Su camino no fue sencillo: marcado por el exilio en Chile y la lucha política contra el rosismo, utilizó la pluma y el periodismo como trincheras para combatir lo que él denominaba la barbarie.
Como gobernador de San Juan y más tarde como Presidente de la Nación, su gestión estuvo guiada por una visión modernizadora que se materializó en la fundación de ochocientas escuelas, la extensión de líneas férreas y el tendido de cables telegráficos que conectaron al país con el mundo. A pesar de las profundas controversias que despertaron sus posturas políticas y sociales, su tenacidad permitió que en 1884 se sancionara la ley de educación gratuita, laica y obligatoria. Al recordar su nacimiento, celebramos al hombre que, entre libros y batallas, soñó con una república donde todos pudieran participar del festín de la vida a través del conocimiento.
Tal vez, sólo tal vez, si Sarmiento recorriera hoy nuestras aulas, su asombro ante la tecnología digital se transformaría rápidamente en una indignación ferviente. El hombre que vio en el telégrafo y los libros el fin de la ignorancia, vería con dolor que hoy, aun con bibliotecas infinitas en el bolsillo y una acceso a casi todo desde el móvil, la comprensión lectora retrocede y la escuela lucha por recuperar su rol de motor social. Probablemente, su pluma volvería a tronar advirtiendo que la verdadera libertad no reside en la conectividad, sino en la capacidad de razonar, y que cualquier país que descuida la calidad de su enseñanza está condenado a repetir los ciclos de una barbarie moderna que él creyó haber vencido.
E.B.W.