Hay vidas que parecen escritas por la pluma de una tragedia griega, y la de Horacio Quiroga fue, sin dudas, una de ellas. Este jueves se cumple un nuevo aniversario del suicidio del autor de Cuentos de la selva, quien decidió terminar con su sufrimiento en el Hospital de Clínicas de Buenos Aires tras ingerir cianuro al enterarse de que padecía un cáncer incurable.
Una vida acechada por la fatalidad
Nacido en Salto, Uruguay, en 1878, Quiroga convivió con la muerte desde sus primeros meses de vida, cuando su padre murió en un accidente de caza. A lo largo de los años, la tragedia fue una sombra persistente: presenció el suicidio de su padrastro y, en un hecho que lo marcaría para siempre, mató accidentalmente a un amigo mientras limpiaba un arma para un duelo.
Este último suceso lo llevó a radicarse en Argentina, donde encontraría en la selva misionera su refugio y la mayor fuente de inspiración para su obra. Allí se convirtió en el primer "escritor profesional" del país, logrando el hito de vivir exclusivamente de lo que producía su máquina de escribir.
El legado de un genio
Su estadía en Misiones dio origen a relatos memorables que hoy son clásicos de la literatura universal, compilados en volúmenes como Cuentos de amor, de locura y de muerte y sus célebres Cuentos de la selva. En sus textos, Quiroga logró retratar como nadie la lucha del hombre contra una naturaleza implacable y los abismos de la mente humana.
Incluso después de su partida, la sombra de la tragedia continuó persiguiendo a su entorno: su primera esposa se había suicidado años antes, y más tarde lo harían sus dos hijos mayores. Hoy, a casi nueve décadas de su muerte, su prosa directa y descarnada sigue siendo la puerta de entrada obligatoria para los amantes del cuento breve.
GX