Aquel amanecer en la localidad santafesina no fue uno más. Fue el bautismo de fuego del flamante Regimiento de Granaderos a Caballo, una unidad de élite creada por San Martín bajo los más estrictos códigos de disciplina y valor. Frente al Convento de San Carlos, 120 granaderos se midieron contra una fuerza realista superior en número, pero no en convicción.
Quince minutos de gloria y sacrificio
La batalla duró apenas un cuarto de hora, pero la intensidad fue total. En el fragor de la carga, el caballo de San Martín fue herido y cayó, aprisionando la pierna del futuro Libertador. En ese instante, la historia pudo haber sido muy distinta si no fuera por el heroísmo de sus hombres.
Allí emergió la figura de Juan Bautista Cabral. Al ver a su jefe indefenso ante las bayonetas enemigas, el sargento no dudó: puso su cuerpo para rescatarlo. Cabral pagó con su vida ese acto de lealtad, pronunciando —según cuenta la tradición— aquellas palabras que resuenan en cada acto escolar: "Muero contento, hemos batido al enemigo".
Un saldo de libertad
El combate terminó con una victoria estratégica para las tropas patriotas. Los realistas sufrieron 40 bajas y debieron retirarse, abandonando su control sobre las costas del Paraná. Del lado argentino, 14 valientes perdieron la vida, convirtiéndose en los primeros mártires de un regimiento que luego cruzaría los Andes para liberar Chile y Perú.
Hoy, mientras el viento sopla en nuestra cordillera, recordamos que la libertad que habitamos se forjó con el coraje de hombres que, como Cabral, entendieron que el sacrificio personal era el cimiento de una nación soberana.
M.G